Umbral del Ser Capítulo 16
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Capítulo 16

El regreso al Umbral del Ser estuvo lleno de emoción. Las almas rescatadas eran recibidas con abrazos, lágrimas y palabras de bienvenida por quienes llevaban mucho tiempo esperándolas. Algunas comenzaban a recordar sus verdaderos nombres; otras permanecían en silencio, profundamente conmovidas al descubrir que jamás habían sido olvidadas.

Cuando el último de los rescatados cruzó el Umbral, Eleazar se acercó hasta nosotros acompañado por Booz y Laura.

Sus rostros reflejaban una inmensa alegría.

—Bienvenidos a casa —dijo Eleazar.

Nos abrazó uno por uno.

Después miró al grupo con orgullo.

—Han hecho un gran trabajo. Hoy muchas almas volvieron a encontrar el camino gracias a ustedes.

Booz sonrió.

—El Reino celebra cada alma que decide regresar a la luz.

Laura añadió con ternura:

—Y ustedes han sido instrumentos de ese amor.

Miré a Lorenza, Refugio y Aníbal. Los cuatro estábamos agotados, pero una profunda paz llenaba nuestros corazones.

Fue entonces cuando percibí una presencia muy conocida.

Giré lentamente.

Una mujer caminaba hacia nosotros con la misma serenidad que recordaba desde el Reino. Su sola presencia transmitía sabiduría y una inmensa paz.

No pude evitar sonreír.

—¡Abigail!

Corrí a abrazarla.

Ella me recibió con el mismo cariño con el que tantas veces lo había hecho durante mis años de aprendizaje.

También Eleazar, Booz y Laura la saludaron afectuosamente.

Era evidente que el vínculo entre ellos iba mucho más allá del tiempo.

Abigail sonrió al observarnos.

—Traigo el amor de nuestra madre Edén y de nuestro padre Eloy.

Aquellas palabras llenaron el ambiente de una emoción difícil de describir.

—Ellos conocen cada esfuerzo que realizan aquí. Agradecen profundamente que sigan llevando luz a quienes permanecen perdidos y que nunca dejen de creer que toda alma puede recordar el camino de regreso.

Sentí que mis ojos se humedecían.

Todavía me emocionaba escuchar mencionar a nuestros Padres.

Después de compartir unos momentos con todos, Abigail se acercó a mí.

—¿Me acompañas a caminar?

Asentí con alegría.

Juntas nos internamos en un bosque que nunca antes había recorrido. Los árboles estaban cubiertos de delicadas flores en tonos lavanda y una suave fragancia llenaba el aire. Todo invitaba al descanso y a la contemplación.

Caminamos durante algunos minutos sin necesidad de hablar.

Finalmente, Abigail rompió el silencio.

—Cuéntame, Lea... ¿cómo has estado?

Sonreí.

—Muy distinta a como llegué.

Ella asintió.

—Lo imaginaba.

Guardé silencio unos instantes antes de responder.

—He descubierto que servir transforma tanto al que ayuda como al que es ayudado. Pensé que iba a enseñar, pero terminé aprendiendo mucho más de lo que imaginaba. Aprendí que la paciencia también es amor. Que ninguna misión se sostiene por nuestras fuerzas. Que incluso las almas más perdidas conservan una pequeña chispa del Reino esperando ser despertada.

Abigail escuchaba con atención.

—¿Y qué dudas permanecen en tu corazón?

Respiré profundamente.

—A veces me pregunto si seré suficiente para las misiones que todavía vendrán. Cuando estuve frente a Lucio comprendí que la oscuridad es mucho más profunda de lo que imaginaba. También comprendí cuánto necesito depender del Reino y no de mí misma.

Abigail sonrió con dulzura.

—Entonces has aprendido una de las lecciones más importantes.

La miré con curiosidad.

—Las almas que creen que todo depende de ellas terminan agotándose. Las que recuerdan que solo son portadoras de la luz del Reino nunca caminan solas.

Sentí que aquellas palabras encontraban un lugar muy profundo dentro de mí.

Abigail tomó una pequeña flor de lavanda y la dejó entre mis manos.

—No permitas que las grandes misiones apaguen la sencillez de tu corazón. Sigue mirando cada alma como la mirabas cuando acompañabas a Leonor o cuando abrazaste a Georgina. Es allí donde el Reino encuentra sus mejores servidores.

Sonreí emocionada.

Mientras continuábamos caminando entre el bosque perfumado de lavanda, comprendí que aún tenía muchísimo por aprender.

Y, por primera vez desde mi llegada al Umbral, sentí que ya no era solamente una alumna.

Poco a poco...

También comenzaba a convertirme en una verdadera maestra del amor del Reino.

***

Mientras David y yo caminábamos entre los tulipanes, distinguí a lo lejos una figura que avanzaba hacia nosotros con una sonrisa serena.

Era Francisco.

O, como ahora ambos recordábamos, Oram.

Al verlo, David sonrió con emoción.

—¡Papá!

Francisco abrió los brazos y padre e hijo se abrazaron largamente. Permanecí contemplándolos con el corazón lleno de gratitud. Durante tantos años los había visto sostenerse mutuamente en la Tierra. Ahora ambos se reencontraban sin el peso del cansancio, de la enfermedad ni del tiempo.

Cuando terminaron de abrazarse, Francisco se acercó hasta mí y tomó una de mis manos.

—Mira la familia que construimos...

Su voz se quebró por la emoción.

Los tres permanecimos unos instantes en silencio, contemplándonos. No hacían falta demasiadas palabras. Cada uno recordaba los años compartidos, las alegrías, los errores, las pérdidas y todo el amor que había nacido durante nuestra experiencia mortal.

David rompió el silencio.

—Si pudiera volver a vivir una sola cosa... volvería a elegirlos a ustedes dos como mis padres.

Sentí que las lágrimas humedecían nuevamente mis ojos.

Francisco apoyó una mano sobre el hombro de nuestro hijo.

—Y nosotros volveríamos a elegirte a ti.

Nos abrazamos los tres.

Fue un abrazo largo, lleno de gratitud. Ya no existían las prisas ni el miedo a una despedida. Solo quedaba el inmenso privilegio de saber que el amor construido en la Tierra jamás se había perdido.

Mientras seguíamos conversando, vimos acercarse dos figuras por el sendero.

Moriah sonreía con la misma ternura de siempre y, a su lado, caminaba Naara.

David levantó inmediatamente la vista.

—¡Abuela!

Corrió hacia Moriah y la abrazó con la misma emoción con la que un niño vuelve a encontrar a quien tanto extrañó.

Ella lo sostuvo entre sus brazos, acariciando su cabello.

—Mi querido nieto...

Las lágrimas también corrían por su rostro.

—Estoy tan orgullosa de ti.

Cuando se separaron, Naara dio un paso al frente.

Observó a David con una inmensa ternura.

—Déjame mirarte...

Él sonrió con respeto.

—Bisabuela...

Naara lo abrazó lentamente.

—Durante tanto tiempo observé tu vida desde el Reino... y ahora por fin puedo abrazarte.

David permanecía profundamente conmovido. Miró a las dos mujeres y luego a Francisco y a mí.

—Jamás imaginé que volveríamos a estar todos juntos.

Moriah sonrió.

—El amor del Reino siempre encuentra el momento para reunir a las familias.

Los cinco comenzamos a caminar entre los tulipanes mientras compartíamos recuerdos de la Tierra. Reíamos al recordar anécdotas familiares, momentos sencillos y pequeños detalles que, vistos desde la eternidad, habían terminado siendo algunos de los tesoros más grandes de nuestras vidas.

Mientras los observaba, comprendí que las generaciones no terminaban con la muerte.

Simplemente continuaban encontrándose una y otra vez.

Y en aquel instante, caminando junto a mis seres queridos entre un mar de tulipanes, sentí que el Reino también sabía regalar momentos donde el único propósito era disfrutar, agradecer... y volver a sentirse en familia.

***

Mientras seguíamos conversando entre los tulipanes, vi acercarse a León. Apenas David lo vio, una enorme sonrisa iluminó su rostro.

—¡Fabián!

Corrió a abrazarlo con el mismo cariño con el que tantas veces lo había abrazado en la Tierra.

León correspondió aquel abrazo con emoción.

—Qué alegría volver a verte, hijo.

David se separó apenas unos centímetros y sonrió.

—Siempre te voy a llamar Fabián.

León rio.

—Y yo siempre voy a responder.

Ambos caminaron unos pasos recordando los años compartidos. David le agradeció por haber acompañado a mamá cuando él ya había formado su propia familia y no podía estar presente todos los días.

—La hiciste muy feliz —le dijo con sinceridad—. Siempre te voy a agradecer haber llegado a su vida.

León apoyó una mano sobre su hombro.

—Fue ella quien hizo feliz la mía. Amarla fue uno de los regalos más grandes que recibí durante mi experiencia en la Tierra. Y haber podido compartir también parte de mi vida contigo y con tus hermanos fue un privilegio.

Los tres sonreímos con emoción.

Entonces León levantó lentamente la vista, como si escuchara una voz que nosotros todavía no percibíamos.

Después me miró.

—Lea... los maestros Samuel y Diana quieren verte.

Sentí que una nueva misión me estaba esperando.

David tomó inmediatamente mi mano.

—¿Ya tienes que irte?

Sonreí con ternura.

—Sí, hijo.

Bajó la cabeza con cierta tristeza.

—Siento que recién volvimos a encontrarnos.

Acaricié su rostro igual que cuando era un niño.

—Lo sé.

Guardé unos segundos de silencio antes de sonreír.

—Pero ahora ya no existen las despedidas como las que conocimos en la Tierra.

David levantó la mirada.

—Nos espera una eternidad juntos.

Sus ojos comenzaron a llenarse de paz.

Lo abracé una vez más.

—Cada misión termina. Cada encuentro vuelve a repetirse. Aquí ya no contamos el tiempo como antes. Solo caminamos hacia adelante.

David asintió lentamente.

—Entonces te esperaré.

Sonreí.

—Y yo siempre volveré.

Besé su frente con todo el amor de una madre.

Después miré a Francisco, a León, a Moriah y a Naara. Los cinco me despidieron con una sonrisa serena. Mientras me alejaba junto a León, comprendí que el Reino tenía una forma muy distinta de entender las despedidas.

Porque cuando la eternidad está por delante...

Ningún adiós vuelve a ser definitivo.