Capítulo 15
Descendimos lentamente por el Valle de las Sombras. Cada paso hacía más pesado el ambiente. El aire era frío, el cielo permanecía cubierto por una niebla gris y un silencio inquietante envolvía las ruinas que se extendían frente a nosotros.
Pronto comenzamos a verlas.
Eran decenas de almas que vagaban sin rumbo. Algunas permanecían inmóviles, sentadas sobre piedras o entre edificios derruidos, con la mirada perdida. Otras caminaban una y otra vez por los mismos senderos, repitiendo gestos de una vida que ya había terminado. Algunas lloraban en silencio. Otras llamaban desesperadamente a personas que ya no podían responderles.
Nos acercamos con prudencia.
Refugio fue el primero en hablar con un anciano que permanecía sentado frente a una casa destruida.
—¿Cómo te llamas?
El hombre tardó varios segundos en responder.
—No... no lo recuerdo.
Aníbal se arrodilló junto a una mujer que abrazaba algo invisible contra su pecho.
—¿Qué ocurrió contigo?
Ella comenzó a llorar.
—Tengo que volver... mis hijos me están esperando.
Lorenza caminó junto a un joven que no dejaba de recorrer el mismo camino una y otra vez.
—Tu vida en la Tierra ya terminó.
El muchacho negó con violencia.
—¡No! Todavía tengo cosas que hacer.
Cada encuentro era distinto.
Había almas profundamente tristes, otras completamente desorientadas y algunas que, poco a poco, comenzaban a escuchar cuando les hablábamos del Reino y de la posibilidad de encontrar nuevamente la luz.
Pero también estaban los otros.
Los más difíciles.
Almas que llevaban tanto tiempo rodeadas por las huestes de Lucio que habían terminado adoptando su misma actitud. Se burlaban de quienes lloraban, disfrutaban sembrando miedo entre los más débiles e intentaban convencernos de que todo esfuerzo era inútil.
—¿Todavía creen que alguien puede salir de aquí? —rio uno de ellos.
Otro señaló a una mujer que lloraba desconsoladamente.
—Déjenla. Pronto dejará de luchar, igual que todos.
Los observé con tristeza.
No eran maldad en estado puro.
Eran almas profundamente heridas que habían olvidado quiénes habían sido alguna vez.
Respiré profundamente y avancé un paso.
—Todavía hay esperanza para ustedes.
Algunos rieron. Otros simplemente nos dieron la espalda.
En ese mismo instante, el ambiente cambió. El frío se volvió mucho más intenso. El viento dejó de soplar.
Y una voz, tan helada que parecía apagar toda forma de vida a su alrededor, atravesó el valle entero.
—Les aconsejo... que se marchen.
El silencio fue absoluto.
Sentí cómo mis compañeros se tensaban a mi lado. Levanté lentamente la vista.
Desde la profundidad de las sombras, una figura comenzaba a acercarse al grupo.
No era una de las almas perdidas. Era una de las huestes de Lucio. Y su sola presencia bastó para que todo el valle pareciera contener la respiración.
***
La figura terminó de salir de entre las sombras. Su sola presencia hizo que el aire se volviera todavía más frío. Vestía una túnica oscura y una expresión de absoluto desprecio permanecía dibujada en su rostro. Detrás de él comenzaron a aparecer otras huestes que observaban la escena sin intervenir.
El extraño recorrió lentamente con la mirada a cada uno de nosotros.
Primero a Refugio.
Después a Lorenza.
Luego a Aníbal.
Finalmente, sus ojos se detuvieron en mí.
Una sonrisa cargada de cinismo apareció en su rostro.
—Así que eres tú...
Permaneció unos instantes observándome en silencio.
—Te conozco muy bien, Lea.
Sentí cómo mis compañeros permanecían atentos detrás de mí.
El ser dio un paso más.
—Siempre tan... insistente.
Su sonrisa se hizo aún más desagradable.
—Recuerdo perfectamente el día en que viniste al rescate de aquellos amigos tuyos. Ya entonces resultabas bastante molesta. Veo que el Reino sigue confiando demasiado en ti.
No respondí.
Simplemente sostuve su mirada.
Él continuó.
—No tienes nada que hacer aquí.
Abrió los brazos señalando el valle.
—Estas almas ya están perdidas. Puedes hablarles, consolarlas o intentar llenarlas de esperanza. No cambiará absolutamente nada.
Respiré profundamente.
Sentí el peso de la armadura sobre mi cuerpo y la mano descansó, casi por instinto, sobre el puño de la espada.
Entonces hablé.
—El que no tiene nada que hacer aquí eres tú.
El valle quedó en silencio.
—Estas almas no te pertenecen. Deja de atormentarlas. Déjalas recordar quiénes son realmente.
Su expresión dejó de sonreír.
Durante unos instantes ninguno de los dos habló.
Solo nos observábamos.
A nuestro alrededor, las almas comenzaron a retroceder llenas de temor. Algunas corrían a esconderse entre las ruinas. Otras se abrazaban unas a otras intentando protegerse. Incluso varias de las huestes que acompañaban a aquel ser dieron algunos pasos hacia atrás, expectantes por lo que pudiera ocurrir.
Yo permanecí inmóvil.
Erguida.
Serena.
Con la mano firme sobre la empuñadura de la espada.
Detrás de mí podía sentir la presencia de Lorenza, Refugio y Aníbal. Ninguno retrocedía.
Entonces...
Desde lo más profundo de las sombras...
Escuché una voz.
—Lea...
Mi corazón dio un vuelco.
Aquella voz...
La conocía.
Hacía muchísimo tiempo que no la escuchaba.
Y, sin embargo, jamás había logrado olvidarla.
Giré lentamente la cabeza hacia la oscuridad de donde provenía.
Por un instante, incluso el frío del valle dejó de importar.
Porque comprendí que quien acababa de pronunciar mi nombre... había formado parte de mi vida mucho antes de llegar al Sendero Mortal.
***
El silencio se apoderó del valle. Las sombras comenzaron a abrirse lentamente, como si obedecieran la llegada de alguien mucho más importante que todas las huestes que hasta ese momento nos habían rodeado.
Entonces apareció.
Lucio.
Seguía siendo exactamente como lo recordaba desde el Reino. Alto, elegante, de una belleza extraordinaria y un porte imposible de ignorar. Si alguien lo hubiera encontrado durante su vida en la Tierra, habría pensado que estaba frente a un hombre magnífico, poderoso, incluso admirable. Pero yo conocía la verdad. Comprendía, más que nunca, que el verdadero valor de un ser jamás puede medirse por la belleza de su apariencia, sino por el brillo de su alma. Y la de Lucio se había apagado hacía muchísimo tiempo. Mientras lo observaba, no pude evitar sentir tristeza al recordar que alguna vez había sido uno de los hijos más queridos de Eloy.
Lucio sonrió con desprecio.
—Así que realmente eres tú, Lea... La querida hija de Eloy.
Comenzó a caminar lentamente a mi alrededor.
—Cuando regreses al Reino, envíale mis saludos a tu padre. Cuéntame... ¿qué te pareció la experiencia humana? ¿Valieron la pena tantas lágrimas, tanto sufrimiento y tantas despedidas? Podrías haberte ahorrado todo eso si hubieras aceptado mi plan en lugar del de Emanuel. Pero claro... Emanuel siempre fue el hijo adorado.
Continuó sonriendo con cinismo.
—Lárguense de aquí. Este lugar me pertenece. ¿Qué haces realmente aquí? ¿Salvar almas... o convertirte en la heroína del cuento? Ni siquiera tú estás convencida de que puedes liderar esta misión. Tus hermanos creen demasiado en ti. Seguramente Eleazar tuvo mucho que ver con esto. Siempre tan optimistas. Hace tiempo que nadie enviaba mensajeros hasta este lugar. Sabía que tarde o temprano volverían a intentarlo. Y todo este esfuerzo... ¿para qué? —dijo señalando a las almas que nos rodeaban—. No son más que despojos humanos. Almas rotas. Perdidas. Ni siquiera me interesan.
Di un paso al frente sin apartar la mirada de él.
—No vine a conversar contigo.
Mi voz resonó con firmeza.
—Vine por ellos.
Lucio dejó de sonreír.
Entonces giré hacia todas las almas que permanecían escondidas entre las ruinas y elevé la voz para que todos pudieran escucharme.
—Escúchenme. Muchos de ustedes creen que fueron olvidados, pero eso no es verdad. Existe un Reino que jamás dejó de esperarlos. Existe un Padre que nunca dejó de amarlos. Existe un hogar donde no hay miedo, ni culpa, ni dolor. Si desean descansar, ese lugar existe. Si desean reencontrarse con quienes aman, ese lugar existe. Si desean volver a sentir paz, ese lugar existe. Mucho antes de nacer aceptaron el plan de Emanuel y de Eloy para vivir su experiencia en la Tierra. Solo necesitan recordarlo. No sigan vagando en esta oscuridad. Confíen en mí. Les prometo que hay algo infinitamente mejor esperándolos.
El valle entero quedó en silencio.
Una anciana comenzó a llorar. Después un hombre cayó de rodillas. Una joven levantó lentamente la cabeza. Poco a poco los recuerdos comenzaron a despertar en muchas de aquellas almas.
Lucio rugió con furia.
—¡Basta!
Las huestes avanzaron violentamente hacia nosotros.
Sin dudarlo levanté mi espada hacia el cielo.
—¡Padre Eloy... ayúdanos!
A mi lado, Lorenza, Refugio y Aníbal hicieron exactamente lo mismo. Las cuatro espadas señalaron el cielo y, al instante, una inmensa columna de luz descendió sobre nosotros formando un escudo protector que iluminó todo el Valle de las Sombras.
Las huestes retrocedieron incapaces de soportar aquella claridad.
Las almas comenzaron a llorar desconsoladamente.
—¡Llévennos con ustedes!
—¡Ya no queremos seguir aquí!
—¡Por favor... ayúdennos!
Sonreí con el corazón lleno de gratitud.
—Levántense... es hora de volver a casa.
Una tras otra comenzaron a caminar hacia nosotros. El valle, que durante tanto tiempo solo había conocido desesperación, comenzaba a llenarse nuevamente de esperanza.
Guiamos a la inmensa mayoría de aquellas almas hacia el Umbral del Ser. Mientras nos alejábamos, un grito de rabia estremeció todo el valle.
Era Lucio.
Su furia resonó entre las ruinas mientras la luz del Reino se llevaba consigo a quienes, libremente, habían decidido recordar el camino de regreso a casa.