Capítulo 14
El tiempo continuó transcurriendo en el Umbral del Ser con ese ritmo tan distinto al de la Tierra. Un día, mientras caminaba por los jardines del palacio, sentí una presencia conocida acercarse. Me detuve lentamente.
Era Francisco.
Al verlo, la memoria volvió a despertar una vez más. Ya no veía solamente al hombre con quien había compartido tantos años de mi vida en la Tierra. Veía también a Oram. Aquel compañero del Reino de la Eterna Existencia con quien había aprendido mucho antes de comenzar nuestra experiencia mortal.
Sonreí emocionada. Él hizo lo mismo. Nos acercamos lentamente y nos abrazamos durante largo rato, sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Cuando finalmente nos separamos, caminamos juntos por los jardines mientras recordábamos nuestra vida en la Tierra.
Oram rompió el silencio.
—Muchas veces pensé que podría haber sido un mejor esposo.
Suspiró con serenidad.
—Cometí errores. Hubo momentos en los que debí comprenderte más, escucharte más y valorar mejor el enorme regalo que era compartir la vida contigo.
Lo miré con ternura. Ya no existía en mí ningún reproche. Solo gratitud. Él sonrió con emoción.
—Pero también quiero que sepas algo.
Sus ojos brillaron mientras hablaba.
—Nuestros hijos son maravillosos. Nuestros nietos también. Cuando los veo, comprendo que todo lo bueno que construimos sigue vivo en ellos. Y estaré eternamente agradecido por la familia que formamos juntos en la Tierra.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
Tomé sus manos entre las mías.
—Conozco esos sentimientos, Oram.
Él me miró sorprendido.
—Los escuché.
Guardó silencio.
—El día que partí de la Tierra permanecí junto a mi cuerpo durante el funeral. Estabas allí. Escuché cada palabra que pronunciaste junto a mi tumba. Escuché cuando me agradeciste por nuestra familia y cuando me pediste perdón por aquello que sentías que no habías hecho bien.
Oram bajó la cabeza, profundamente conmovido.
—Pensé que nunca llegarías a saberlo.
Sonreí.
—Lo supe desde el mismo instante en que lo dijiste.
Nos abrazamos nuevamente. Esta vez ya no había culpas. Solo la inmensa gratitud de dos almas que comprendían que, con sus aciertos y sus errores, habían construido una hermosa familia durante su paso por el Sendero Mortal.
Antes de despedirnos, Oram apoyó una mano sobre mi hombro.
—Prometamos seguir cuidándonos... de la manera que el Reino nos permita.
Asentí sonriendo.
—Siempre.
Los años continuaron transcurriendo.
Fui enviada a nuevas misiones como ángel de la guarda y acompañé a distintas almas durante su experiencia humana. Cada vida me enseñó algo diferente. Aprendí a reconocer los silencios del corazón, a inspirar esperanza en medio del dolor y a comprender que un pequeño gesto podía cambiar el rumbo de toda una existencia.
También participé en nuevos rescates.
Cada misión era distinta. Algunas resultaban sencillas. Otras exigían toda la preparación que Ariel y Victoria habían dedicado a mi formación. Aprendí a enfrentar las huestes de Lucio sin dejar que el miedo encontrara lugar dentro de mí. Descubrí que la luz del Reino siempre era más poderosa que la oscuridad cuando un alma permanecía fiel al amor.
Con el paso del tiempo, los propios servidores del Umbral comenzaron a confiar en mí para misiones cada vez más complejas.
Yo también había cambiado.
Ya no era la recién llegada que observaba todo con asombro.
Ahora comprendía mejor mi lugar dentro de aquel inmenso propósito.
Hasta que, una mañana, mientras caminaba entre los tulipanes, un mensajero se acercó respetuosamente.
—Lea... Eleazar solicita tu presencia.
Sonreí.
Presentía que algo importante estaba por comenzar. Sin imaginarlo todavía...
***
Cuando llegué al salón de Eleazar comprendí que aquella reunión era distinta a todas las anteriores. Junto a él se encontraban Booz y Laura, dos de sus hermanos. Los saludé con respeto y, antes de hablar de la misión, Laura sonrió.
—Traemos un mensaje para ti.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—Emanuel nos pidió que te transmitiéramos su amor. Ha seguido tus misiones y quiere agradecerte por llevar la luz y la verdad del Reino a lugares donde la oscuridad parecía haber vencido. Confía plenamente en ti para lo que viene.
Aquellas palabras me conmovieron profundamente.
Entonces Booz tomó la palabra.
—Ha llegado el momento de una misión diferente. Existe un lugar muy hostil dentro de los umbrales. Allí permanecen muchas almas perdidas, confundidas y atormentadas por las huestes de Lucio. Sabemos, además, que el propio Lucio frecuenta ese lugar.
Un escalofrío recorrió mi alma.
Laura desplegó una representación del lugar. Apenas podían distinguirse pequeñas luces en medio de una inmensa oscuridad.
—No irás sola. Refugio, Aníbal y Lorenza formarán parte del equipo de rescate.
Asentí en silencio, hasta que comprendí algo.
—¿Quién dirigirá la misión?
Los tres me miraron al mismo tiempo.
—Tú —respondió Eleazar.
Bajé la mirada por un instante.
—No estoy segura de ser la persona indicada.
Booz sonrió con serenidad.
—Precisamente lo eres porque conoces mejor que nadie a Lucio. Lo conociste en el Reino mucho antes de tu experiencia humana. Fuiste testigo de su rebeldía, conoces su manera de sembrar miedo y engaño, y ya lo has enfrentado durante varias misiones. Sabes cómo piensa y conoces su astucia.
Sentí el enorme peso de aquella responsabilidad.
—Pero nunca he liderado una misión de esta magnitud.
Laura se acercó y apoyó una mano sobre mi hombro.
—¿Recuerdas a Leda?
Una sonrisa apareció inevitablemente en mi rostro.
—Claro que sí.
—Ella te preparó durante años. Te enseñó a escuchar antes de actuar, a servir antes que mandar y a amar antes que juzgar. Sin que lo supieras, también te estaba formando para liderar.
Los recuerdos de mi querida maestra llenaron mi corazón de paz.
Eleazar me miró con afecto.
—No te elegimos porque seas la más fuerte. Te elegimos porque nunca has dejado de actuar desde el amor. Esa es la clase de líder que necesita esta misión.
Respiré profundamente.
Sentía respeto, responsabilidad e incluso algo de temor. Sabía que enfrentar casi directamente a Lucio no sería sencillo.
Pero también recordé las palabras de Leda, de Ariel, de Victoria y de Moriah. Ninguno de ellos había confiado en mis fuerzas, sino en la luz del Reino que habitaba en mí.
Levanté la mirada y sonreí.
—Acepto la misión.
Los tres sonrieron.
Mientras abandonaba el salón tenía el sentimiento de que aquella sería la misión más difícil de toda mi existencia en el Umbral del Ser... y presentía que, cuando volviera de ella, ya no sería la misma.
***
El grupo llegó hasta la cumbre de una inmensa montaña. Desde allí contemplábamos un valle cubierto por sombras, donde la luz apenas lograba abrirse paso. A lo lejos podían distinguirse las ruinas de lo que alguna vez había sido un pueblo. El aire era frío, pesado y transmitía una extraña sensación de desolación.
Permanecí unos instantes observando el lugar. El viento hacía ondear nuestros mantos. El mío, de un suave color rosado, cubría la armadura que Ariel me había entregado, mientras la espada descansaba junto a mi costado. A mi lado, el manto ocre de Lorenza, el azul profundo de Refugio y el marrón de Aníbal se agitaban con la misma fuerza del viento.
Respiré profundamente antes de mirar a mis compañeros.
—Recuerdo una de las primeras enseñanzas que recibí en el Reino. Nos dijeron que el verdadero valor de un alma nunca se mide por su fuerza, por su conocimiento o por las batallas que ha librado, sino por la intensidad del amor que es capaz de desarrollar por los demás.
Los tres permanecieron en silencio escuchándome.
—Las almas que encontraremos ahí abajo probablemente no sepan quiénes somos. Quizá incluso nos rechacen. Pero deseo que, aun sin conocernos, puedan sentir el amor que viene del Reino. Porque solo ese amor puede recordarles que existe una luz capaz de iluminar incluso la jornada más oscura.
Aníbal bajó la mirada por unos instantes.
—Debo reconocer que siento miedo. No sé exactamente qué vamos a encontrar ahí abajo.
Me acerqué y apoyé una mano sobre su hombro.
—El miedo no nos hace débiles, Aníbal. Solo nos recuerda que necesitamos caminar unidos.
Lorenza sonrió.
—Por eso confío en ti, Lea. Sé quién eres. Sé que eres un alma antigua y que has aprendido mucho desde el Reino hasta hoy. Confío en tu discernimiento y seguiré tus decisiones.
Refugio también dio un paso al frente.
—Yo nunca he enfrentado seres como los que habitan este lugar. Pero sí confío en la luz del Reino. Si caminamos permaneciendo en ella, no estaremos solos.
Sonreí agradecida.
Miré una vez más el inmenso valle cubierto por sombras.
Sabía que, una vez que comenzáramos el descenso, ya no habría vuelta atrás.
Tomé la espada entre mis manos.
—Entonces... llevemos esperanza donde hace demasiado tiempo solo existe oscuridad.
Los cuatro comenzamos a descender lentamente hacia el Valle de las Sombras, mientras el viento seguía agitando nuestros mantos y el silencio parecía anticipar que aquella misión cambiaría nuestras vidas para siempre.