Umbral del Ser Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando Naara y yo cruzamos hacia la Tierra, el corazón comenzó a latirme con fuerza. La casa era distinta, los árboles habían crecido y el tiempo había dejado su huella en cada rincón. Apenas atravesamos la puerta vi a Daniel y sentí una inmensa alegría. Ya no veía solamente a mi hijo. Veía también a Dan, aquella alma luminosa del Reino que un día me había preguntado si volvería a ser su madre.

Corrí hacia él por instinto.

Aunque sabía que no podía abrazarlo, permanecí a su lado contemplándolo con todo mi amor.

Emma también estaba allí. Seguía sosteniendo a mi hijo con la misma dulzura que había conocido durante su vida. Pero la felicidad del reencuentro duró apenas unos segundos.

Había un profundo dolor en aquella casa.

Daniel tenía el cabello mucho más blanco. Las primeras arrugas marcaban su rostro y sus ojos reflejaban el agotamiento de quien llevaba demasiado tiempo preocupado por alguien a quien amaba profundamente.

Entonces comprendí.

Los años habían seguido pasando para ellos.

Mientras para mí el tiempo había adquirido otro significado, el Sendero Mortal continuaba avanzando.

Mi mirada buscó inmediatamente a Chloe.

Ya no era aquella niña que tantas veces había llevado de la mano entre los rosales del campo.

Era una mujer.

Y estaba sufriendo.

Permanecía sentada sobre su cama con la mirada perdida. Su cuerpo estaba allí, pero su corazón parecía haberse quedado muy lejos. El vacío que habitaba en ella era tan profundo que casi podía sentirse.

Naara y yo nos acercamos lentamente.

Ambas llevábamos el manto que Victoria nos había entregado muchos años atrás. El suyo tenía un delicado color agua. El mío conservaba el suave tono rosado con el que había acompañado tantas vidas.

Entonces los vimos.

Varias huestes del enemigo permanecían alrededor de Chloe, aprovechando cada instante de soledad para sembrar pensamientos de desesperanza, culpa y desamor.

No podían obligarla a creerlos. Pero insistían una y otra vez.

Naara dio un paso al frente. Extendió su manto y una intensa luz comenzó a rodearnos.

Las sombras retrocedieron inmediatamente. No desaparecieron. Solo se alejaron lo suficiente para permitirnos acercarnos. Aproveché aquel instante. Me senté junto a Chloe. Comencé a hablarle suavemente, aunque sabía que sus oídos no podían escucharme. Le recordé las tardes en el campo cuando corría entre los tulipanes. Le hablé de las tortas que preparábamos juntas, de las historias que inventábamos mientras dibujábamos y de las veces que terminaba dormida sobre mis piernas mientras yo le acariciaba el cabello.

Poco a poco su expresión comenzó a cambiar. Sin comprender por qué, una sonrisa muy pequeña apareció en su rostro. Después otra imagen llegó a su memoria. Y otra. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Abuela...

Susurró mi nombre como si acabara de recordarme después de muchísimo tiempo.

—Abuela... te extraño tanto...

Sentí que el alma se me quebraba.

Me acerqué todavía más. Comencé a tararear la misma canción que tantas noches le había cantado cuando era pequeña y no conseguía dormir. Aunque no podía escuchar mi voz, algo dentro de ella parecía reconocer aquella melodía.

Su respiración comenzó a serenarse. Las lágrimas siguieron cayendo, pero ya no con la misma desesperación. Poco a poco cerró los ojos. Hasta quedarse profundamente dormida.

Naara apoyó una mano sobre mi hombro.

—Todavía tenemos una oportunidad más.

La miré.

Ella observaba a Chloe con ternura.

—Podemos llegar hasta sus sueños.

Sentí una profunda esperanza.

—¿Las dos?

Naara negó suavemente con la cabeza.

—Es mejor que vayas tú.

Fruncí levemente el ceño.

—¿Y tú?

Sonrió.

—Alguien debe permanecer aquí cuidando de su cuerpo mientras su alma se abre al mundo de los sueños.

Se acercó hasta la cama y apoyó ambas manos sobre la cabeza de Chloe.

Después me miró.

—Hazlo tú, Lea. Ella necesita escuchar la voz de su abuela.

Respiré profundamente.

Me acerqué lentamente.

Apoyé también mis manos sobre la cabeza de mi nieta.

Cerré los ojos.

Y sentí cómo el mundo comenzaba a desvanecerse a mi alrededor.

Por primera vez desde mi llegada al Umbral...

Iba a entrar conscientemente en el mundo de los sueños de alguien a quien amaba.

***

El mundo onírico de Chloe era muy distinto a todo lo que había imaginado.

Apenas llegué, sentí una oscuridad profunda. No era un lugar vacío, sino un paisaje construido con sus propios miedos, tristezas y pensamientos. Caminaba sola entre una neblina espesa, como si buscara una salida que no conseguía encontrar. A lo lejos percibía sombras que intentaban acercarse a ella, susurrándole las mismas mentiras que durante el día atormentaban su mente.

La observé con el corazón encogido. Estaba asustada. No podía dejar que aquel fuera el escenario de nuestro encuentro.

Cerré los ojos y recordé el lugar donde tantas veces yo misma había encontrado paz durante mi vida en la Tierra.

Los tulipanes.

Poco a poco, la oscuridad comenzó a desvanecerse. La neblina cedió lugar a una suave brisa y, donde antes solo había desolación, comenzó a extenderse un inmenso campo de tulipanes rosados. El cielo recuperó la luz y el aire volvió a llenarse de tranquilidad.

Chloe dejó de caminar.

Miró a su alrededor completamente sorprendida. Podía sentir cómo el miedo comenzaba a abandonar lentamente su corazón.

Permanecí unos instantes observándola desde la distancia.

Todavía no debía verme como Lea. Ella necesitaba encontrar a la persona que su alma estaba buscando.

Entonces permití que mi apariencia cambiara. Volví a ser Jazmín. La abuela que ella recordaba.

Caminé lentamente entre los tulipanes hasta que Chloe levantó la vista.

Nuestros ojos se encontraron.

Su expresión cambió por completo.

—¿Abuela...?

Sonreí.

Abrí lentamente los brazos. No hizo falta decir una sola palabra.

Chloe comenzó a correr hacia mí con la desesperación de una niña que vuelve a encontrar el lugar donde siempre se sintió segura.

Se lanzó a abrazarme.

La sostuve con toda la fuerza de mi alma mientras ella lloraba desconsoladamente.

—Te extraño mucho... —decía entre lágrimas—. Te necesito.

Acaricié suavemente su cabello.

—Yo también te amo, mi vida.

Esperé a que poco a poco recuperara la calma.

Entonces tomé su rostro entre mis manos.

—Escúchame bien.

Ella asintió sin dejar de llorar.

—Algún día volveremos a estar juntas. Te lo prometo. Pero ese día todavía no ha llegado.

Vi cómo intentaba responder, pero apoyé un dedo sobre sus labios.

—Ahora tienes una misión muy importante.

Me miró con atención.

—Necesito que seas fuerte.

Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—Cuida mucho de tu papá.

Sentí un profundo amor al pronunciar aquellas palabras.

—Daniel también está sufriendo. Te necesita más de lo que imaginas.

Respiré profundamente antes de continuar.

—Y no permitas que la tristeza robe la alegría que Dios sembró en tu corazón. Cuando te veo sufrir de esa manera... yo también me entristezco.

Chloe rompió nuevamente en llanto y volvió a abrazarme.

—Lo voy a intentar, abuela...

Sonreí mientras besaba su frente.

—Eso es todo lo que te pido.

El viento comenzó a mover suavemente los tulipanes. El paisaje empezó a desvanecerse poco a poco.

Chloe seguía abrazándome cuando el sueño comenzó a desaparecer. La última imagen que vio fue mi sonrisa.

Abrí lentamente los ojos. Había regresado a su habitación.

Naara continuaba junto a la cama, velando por ella con la misma serenidad con la que una madre cuida el sueño de un hijo.

Nos miramos sin necesidad de hablar.

Las dos nos inclinamos al mismo tiempo y besamos con ternura la frente de Chloe.

Ella permanecía profundamente dormida. Pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella noche descansó en paz.

Cuando regresamos al Umbral, pensé en lo bendecida que era por tener junto a mi a mi gran amiga y abuela, si había una persona ideal para ayudarme a ayudar a mi nieta, esa era mi querida abuela.

***

Cuando Naara y yo regresamos al palacio, el cielo del Umbral comenzaba a teñirse de tonos dorados. Ambas caminábamos en silencio, todavía conmovidas por lo que habíamos vivido junto a Chloe.

Al llegar a los jardines distinguimos dos figuras conversando junto al estanque.

Mi corazón sonrió antes que mis labios.

Era Moriah.

Y a su lado estaba Luis.

O, mejor dicho, Omar.

Ahora recordaba perfectamente aquel nombre. Mucho antes de compartir una vida en la Tierra junto a mi madre, él había sido Omar, un alma noble y luminosa del Reino.

Me alegró profundamente verlos juntos. Moriah levantó la vista y sonrió al vernos acercar.

—¿Cómo está nuestra niña? —preguntó con preocupación.

Naara y yo nos sentamos junto a ellos y comenzamos a contarles todo lo sucedido. Les hablamos de la tristeza que habitaba el corazón de Chloe, de las huestes que intentaban alimentarla, del permiso que habíamos recibido para entrar en sus sueños y del abrazo que pude darle cuando volvió a verme como su abuela Jazmín.

Mientras hablábamos, los ojos de Moriah comenzaron a humedecerse.

—Gracias... —susurró—. Saber que pudo sentir un poco de nuestro amor me llena de paz.

Omar sonrió con ternura.

—El amor siempre encuentra la manera de llegar.

Moriah permaneció unos segundos en silencio antes de mirarme.

—Hace poco también recibí un permiso muy especial.

La observé con atención.

—Pude visitar en sueños a David.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. Mi querido David. Mi primer hijo.

—¿Cómo está?

Moriah sonrió con una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Muy cansado.

Bajó la mirada unos instantes.

—Me dijo que me extrañaba mucho... y que también te extrañaba a ti.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—También habló de Francisco. Me contó que cuidarlo se ha vuelto cada vez más difícil. Los años pesan sobre él y David permanece a su lado con una entrega admirable, aunque el cansancio ya comienza a notarse en su cuerpo y en su alma.

Sentí una profunda ternura.

Podía verlo en mi memoria siendo un niño que buscaba mi mano para cruzar la calle y, al mismo tiempo, imaginarlo ahora sosteniendo a su padre anciano con el mismo amor con el que alguna vez fue sostenido.

—Siempre fue así... —susurré—. Nunca dejó de cuidar a quienes ama.

Moriah asintió.

—En el sueño me abrazó como cuando era pequeño. Me dijo que, si pudiera pedir una sola cosa, sería volver a sentarse una tarde con nosotros, almorzar juntos y conversar como antes.

Sonreí entre lágrimas. Qué sencillos eran, al final, los grandes deseos del corazón humano.

Naara apoyó suavemente una mano sobre la mía.

—Eso también llegará algún día.

Levanté la vista hacia el horizonte. Sabía que aún faltaba tiempo para ese reencuentro.

Pero también sabía algo que durante mi vida en la Tierra nunca había podido comprender del todo. Ninguna despedida vivida desde el amor es definitiva. Solo es una pausa dentro de una historia mucho más grande. Y esa certeza llenó mi corazón de una paz que ninguna distancia podía quitarme.