Capítulo 12
Regresé al palacio con el corazón en paz. La misión junto a Georgina había concluido y, mientras caminaba entre los jardines, comprendí que cada rescate dejaba una huella también en quien era enviado a ayudar.
Apenas crucé el gran pórtico vi a una joven esperándome junto al sendero de los tulipanes. Su sonrisa me resultó inmediatamente familiar.
—¿Brittany...? —pregunté con emoción.
Ella sonrió aún más.
—Hace mucho tiempo que nadie me llama así.
Al escuchar su voz, los recuerdos comenzaron a despertar.
—Ophelia...
Corrimos a abrazarnos con la misma alegría con la que tantas veces nos habíamos abrazado durante nuestra vida en la Tierra. Permanecimos unos instantes sin decir nada, simplemente felices de volver a encontrarnos con la memoria completamente despierta.
—Te extrañé mucho —le dije.
—Yo también. Y seguí muy de cerca tu llegada al Umbral. Sabía que tarde o temprano nos encontraríamos.
Comenzamos a caminar entre el inmenso campo de tulipanes. Mientras avanzábamos recordamos nuestra amistad en el Sendero Mortal, las largas conversaciones, las veces que una sostuvo a la otra en momentos difíciles y todas aquellas pequeñas demostraciones de cariño que, vistas desde la eternidad, habían tenido mucho más valor del que imaginábamos.
Ophelia sonrió con nostalgia.
—Qué curioso... En la Tierra creíamos que éramos nosotras quienes nos encontrábamos por casualidad.
Reí.
—Y ahora sabemos que nuestra amistad había comenzado muchísimo antes.
Ella asintió.
—Como tantas otras cosas.
Seguimos caminando unos metros más hasta que su expresión se volvió más reflexiva.
—Hace poco terminé una misión bastante difícil.
La miré con atención.
—¿Qué ocurrió?
Respiró profundamente.
—Un grupo muy grande de personas partió de la Tierra al mismo tiempo, de una manera trágica. La confusión era enorme. Muchas almas no comprendían lo que había sucedido y otras permanecían buscando desesperadamente a sus familiares.
Guardó unos segundos de silencio.
—No fue una misión para una sola persona. Tuvimos que acudir varios ángeles y servidores del Umbral. Cada uno acompañó a distintas almas, ayudándolas a serenarse y a comprender que su existencia no había terminado.
Sentí un profundo respeto.
—Debió haber sido muy difícil.
—Lo fue. Pero también fue una de las experiencias donde más claramente vi la misericordia de Eloy. Nunca abandona a nadie, incluso cuando una tragedia alcanza a muchas personas al mismo tiempo.
Sonreí.
—Yo también pude verlo.
Entonces le conté todo lo ocurrido con Georgina. Cómo la encontré atrapada entre el lugar donde había perdido la vida y la casa donde seguía buscando a sus hijos. Le hablé de las huestes de Lucio, de la luz que descendió cuando levanté la espada y del instante en que comprendió que sus hijos habían crecido y estaban bien.
Ophelia escuchaba con los ojos llenos de emoción.
—Entonces pudiste traerla de regreso.
Asentí.
—Sí. Y comprendí que, muchas veces, lo único que un alma necesita es recordar que sigue siendo profundamente amada.
Ophelia sonrió.
—Esa siempre ha sido la respuesta del Reino.
Nos detuvimos a contemplar el paisaje.
El viento movía suavemente los tulipanes mientras la luz bañaba las montañas del Umbral.
Después de unos instantes de silencio, ambas sonreímos al mismo tiempo.
—Qué inmensa es la misericordia de Eloy... —susurré.
—Más grande que cualquier oscuridad —respondió Ophelia.
Y, mientras continuábamos caminando entre las flores, comprendí que esa misericordia era la verdadera fuerza que sostenía cada misión, cada rescate y cada alma que, tarde o temprano, encontraba el camino de regreso a casa.
***
Encontré a Gad caminando por el sendero que bordeaba el lago. Apenas nuestras miradas se cruzaron, sonreímos y aceleramos el paso hasta encontrarnos en un abrazo lleno de paz.
—Te extrañé —le dije.
—Y yo a ti.
Permanecimos unos instantes contemplando el paisaje antes de comenzar a caminar juntos.
—¿Cómo ha estado tu misión? —pregunté.
Gad sonrió.
—Muy bien. Acabo de terminar mi segunda experiencia como ángel de la guarda.
Lo miré con curiosidad.
—¿Y qué se siente?
Rio suavemente.
—Maravilloso. Uno cree que ya aprendió mucho, pero cada alma es distinta. Nunca dejamos de aprender. Cada vida nos enseña algo nuevo sobre el amor, la paciencia y la misericordia.
Asentí comprendiendo perfectamente a qué se refería.
—Yo también lo sentí con Leonor... y hace poco con Georgina.
Continuamos caminando unos metros hasta que decidí contarle algo que llevaba varios días en mi corazón.
—Estuve con Fabián.
Gad me miró con una sonrisa serena.
—Lo sé.
Sonreí.
—Ahora recuerdo que antes de la Tierra era León.
Él asintió.
—León y yo ya nos encontramos hace algún tiempo.
Lo observé sorprendida.
—¿Sí?
—Claro. Hablamos mucho de ti.
No pude evitar reír.
Gad tomó mi mano.
—Lea, sé perfectamente lo importante que León fue y siempre será para ti. Y me alegra que hayan podido reencontrarse. No hay nada que temer ni nada que ocultar. Él ocupa un lugar muy especial en tu alma, y eso está bien.
Sentí que aquellas palabras me llenaban de paz.
—Gracias.
Él sonrió.
—Porque yo también tengo a alguien muy especial.
Lo miré con curiosidad.
—¿Rocío?
Gad asintió.
—Sí. Aunque ahora recuerdo que, en el Reino, se llamaba Dora.
Sonrió con cariño al pronunciar su nombre.
—Fue mi esposa durante una de mis experiencias en la Tierra. Compartimos una hermosa vida y un gran amor. De vez en cuando nos encontramos, conversamos, nos ponemos al día y compartimos las misiones en las que cada uno está sirviendo.
Comprendí entonces que el amor eterno no borraba los vínculos; simplemente los ordenaba desde una comprensión mucho más profunda.
Después su expresión cambió levemente.
—También he estado preocupado por otra persona.
—¿Quién?
Guardó unos segundos de silencio.
—Olga... mi madre en la Tierra.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué ocurre con ella?
—Todavía no ha logrado comprender la transición. Permanece aferrada a su antigua vida y continúa rechazando toda ayuda.
Bajó la mirada.
—He pedido permiso para ir personalmente a buscarla, pero todavía no me ha sido concedido.
—¿Entonces quién ha ido?
—Otros servidores del Umbral.
Respiró profundamente.
—Han intentado ayudarla varias veces... pero sin éxito.
Lo miré con tristeza.
—Debe ser muy difícil.
Él asintió.
—Lo es.
Permanecimos unos instantes caminando en silencio.
Finalmente, Gad volvió a hablar.
—Hay algo que todos debemos aprender aquí, Lea. No todas las misiones terminan como esperamos.
Lo escuché atentamente.
—El Reino jamás obliga a un alma a regresar. Podemos acercarnos, consolar, mostrar la verdad y ofrecer el camino hacia la luz. Pero el albedrío sigue siendo sagrado. Si un alma decide permanecer aferrada a su dolor, a su miedo o a sus creencias, debemos respetar esa decisión y esperar.
Recordé inmediatamente a Georgina.
Comprendí cuánto había significado que ella aceptara tomar mi mano.
—Entonces... también aquí existe la espera.
Gad sonrió.
—Siempre. Porque el amor verdadero sabe esperar sin dejar de amar.
Tomó nuevamente mi mano entre las suyas.
—Y algún día, cuando Olga esté preparada para escuchar, el Reino volverá a llamarla.
Le devolví la sonrisa.
—Y sé que ese día alguien estará allí para recibirla.
Gad levantó la vista hacia el horizonte.
—Como siempre ha ocurrido.
Y seguimos caminando juntos, comprendiendo una vez más que, en la eternidad, la paciencia también era una de las formas más profundas del amor.
***
Aquella tarde me encontraba sentada en el jardín del palacio jugando con Miyi. La veía perseguir mariposas entre los tulipanes y luego regresar a buscar mis caricias, exactamente igual que lo hacía durante nuestra vida en la Tierra. Sonreía al recordar aquellos días cuando escuché unos pasos acercándose por el sendero.
Era Naara.
Apenas me vio, sonrió con ternura.
—Hay imágenes que nunca se borran del alma —dijo mientras observaba a Miyi acurrucarse sobre mis piernas—. Todavía puedo verte siendo una niña, corriendo por el jardín con ella. Eran inseparables.
Reí suavemente.
—Y seguimos siéndolo.
Naara se sentó a mi lado. Su expresión reflejaba una mezcla de alegría y emoción.
—Tengo una noticia.
La miré con curiosidad.
—Eleazar nos ha concedido un permiso muy especial.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué clase de permiso?
—Podremos visitar por un momento a nuestra familia en la Tierra.
Sentí que una inmensa alegría llenaba mi alma.
—¿De verdad? ¿Podré volver a ver a mis hijos y a mis nietos?
Naara asintió con una sonrisa.
—Sí. Pero recuerda que estos permisos son excepcionales. No siempre podemos acercarnos a ellos. El Reino cuida mucho que las experiencias del Sendero Mortal se desarrollen con libertad.
Asentí comprendiendo.
—Entonces... ¿por qué ahora?
La sonrisa de Naara se desvaneció lentamente.
—Porque Eleazar recibió un informe de los ángeles de la guarda.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
—¿Ha ocurrido algo?
Naara tomó mi mano.
—Chloe.
El nombre de mi nieta atravesó mi corazón.
—¿Qué le sucede?
—Está atravesando una depresión muy profunda. Su mente se encuentra enferma y el peso que lleva sobre el alma se ha vuelto muy grande. Sus ángeles de la guarda han pedido ayuda y Eleazar consiguió un permiso especial para que podamos acercarnos.
Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.
—Mi pequeña...
Naara acarició mi mano con ternura.
—No podremos cambiar sus decisiones ni quitarle sus pruebas. Pero sí podremos rodearla de luz, fortalecer a quienes la aman y recordarle, desde el silencio del alma, que no está sola.
Respiré profundamente. Comprendía perfectamente la diferencia. No íbamos a resolver su dolor. Íbamos a acompañarla.
Naara sonrió con dulzura.
—Para ti es tu nieta.
Después llevó una mano a su pecho.
—Para Moriah es su bisnieta.
Levantó la vista hacia el horizonte.
—Y para mí... es mi tataranieta.
Las dos permanecimos unos instantes en silencio, sintiendo el inmenso privilegio de contemplar cómo el amor seguía uniendo generaciones enteras.
Me puse de pie y tomé aire.
—Estoy lista.
Naara también se levantó.
—Entonces vamos.
Hoy una joven necesita que el calor del Reino vuelva a rozar su corazón. Y, aunque quizá nunca llegue a saber que estuvimos allí, el amor de una familia que la acompaña desde la eternidad también puede convertirse en una forma de esperanza.
Juntas emprendimos el camino hacia la Tierra, llevando con nosotras una luz que ninguna oscuridad podía apagar.