Umbral del Ser Capítulo 11
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Capítulo 11

Apenas crucé hacia aquel umbral comprendí que era diferente a todo lo que había conocido hasta entonces.

El paisaje seguía siendo el mismo de la Tierra. Las calles, las casas, los árboles y el viento permanecían en su lugar. Sin embargo, todo estaba envuelto por una sensación de frío y de profunda soledad.

Comprendí entonces algo que nunca había experimentado.

Los dos planos coexistían.

El mundo de los vivos y aquel umbral ocupaban el mismo espacio físico, pero quienes pertenecían a uno no podían percibir con claridad al otro. Solo en ocasiones muy particulares ambas realidades parecían rozarse.

Mientras avanzaba por aquella calle sentía las presencias humanas muy cerca. Personas caminaban, conversaban, reían o regresaban a sus hogares sin imaginar que, apenas a unos pasos de ellas, otras almas permanecían atrapadas sin comprender qué les había ocurrido.

Entonces la vi.

Georgina caminaba lentamente desde el lugar donde había dado su último aliento hasta la antigua casa de sus hijos. Sus movimientos transmitían un cansancio inmenso. Había tristeza en cada uno de sus pasos.

Me acerqué despacio.

—Georgina...

Ella se volvió sobresaltada. Al verme retrocedió unos pasos. Su mirada se detuvo sobre mi armadura. Después observó la espada que llevaba junto a mí.

—¿Quién eres?

Su voz temblaba.

—¿Por qué pareces una guerrera?

Sonreí con dulzura.

—Porque, de alguna manera, lo soy.

Su expresión seguía llena de desconfianza.

—Pero soy mucho más que eso.

Guardé unos segundos de silencio.

—También fui una madre.

Aquellas palabras parecieron detener su miedo.

—Tuve tres hijos varones.

Vi cómo algo cambiaba en su mirada.

—¿Tres hijos?

Asentí.

—Sí. Los vi crecer, equivocarse, levantarse una y otra vez. También conocí el miedo de no poder protegerlos siempre.

Por primera vez desde que llegué, Georgina dejó de mirar mi armadura.

Comenzó a mirarme a mí. Nos sentamos sobre el cordón de la vereda. Durante largo rato hablamos únicamente de nuestros hijos. Ella me contó cómo era cada uno cuando eran pequeños. El mayor intentaba cuidar siempre de sus hermanos. El del medio hacía preguntas, sobre todo. El menor todavía buscaba refugio entre sus brazos cada vez que tenía miedo.

Mientras hablaba, una sonrisa aparecía por momentos en su rostro.

Después desaparecía otra vez.

Finalmente rompió a llorar.

Lloró con una intensidad que parecía contener todos los años que llevaba atrapada en aquel lugar.

—No pude volver...

Su voz apenas podía escucharse.

—Solo quería llegar a casa.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Me estaban esperando... y nunca llegué.

Sentí que el alma se me estremecía.

Me acerqué lentamente.

—No pude abrazarlos una vez más. No pude explicarles nada. Los dejé solos.

Las palabras comenzaron a salir una detrás de otra.

—Fue mi culpa. Debí haber tomado otro camino. Debí salir antes del trabajo. Debí entregar el bolso. Debí correr. Debí...

Me arrodillé frente a ella.

—Georgina...

Levantó lentamente la mirada.

—¿Quién puso todas esas culpas sobre tus hombros?

Ella permaneció en silencio unos segundos.

Después miró alrededor con temor.

—Ellos...

Su voz apenas era un susurro.

—Las sombras.

Sentí cómo la oscuridad comenzaba a moverse entre los edificios.

—Me hablan todo el tiempo. Me dicen que todo fue mi culpa. Que mis hijos crecieron sin mí porque los abandoné. Que nadie me recuerda. Que nadie puede ayudarme.

Respiré profundamente.

—Nada de eso es verdad.

Ella negó inmediatamente con la cabeza.

—¡Sí lo es!

Sus ojos volvieron a llenarse de desesperación.

—¡Vete! Déjame sola. Tú no entiendes nada.

Permanecí donde estaba.

No respondí a su enojo.

Esperé.

Cuando volvió a guardar silencio, hablé con la mayor suavidad que pude.

—Sé muchas cosas sobre tus hijos.

Ella levantó la cabeza lentamente.

—Sé que el mayor creció sintiendo un profundo orgullo por la madre que tuvo. Sé que el del medio heredó tu enorme capacidad de cuidar a los demás. Sé que el menor todavía habla de ti con lágrimas en los ojos cuando recuerda tu abrazo.

Georgina me observaba completamente inmóvil.

Las lágrimas comenzaron a caer nuevamente.

—¿Cómo... cómo sabes eso?

Sonreí.

—Porque ellos siguieron viviendo.

Guardó silencio.

Entonces hice la pregunta que había esperado desde que llegué.

—Georgina... ¿te gustaría volver a verlos?

Sus ojos se abrieron llenos de esperanza.

—¿Puedo?

Sentí que el momento comenzaba a acercarse.

—Sí.

Respiré profundamente antes de continuar.

—Pero para volver a encontrarte con ellos primero necesitas comprender una verdad muy difícil.

Ella esperó en silencio.

Tomé sus manos entre las mías.

—Ya no perteneces a este lugar.

Las lágrimas comenzaron a recorrer nuevamente su rostro.

Por primera vez...

No eran solo lágrimas de dolor.

También eran lágrimas de una esperanza que, después de tanto tiempo, volvía lentamente a despertar.

***

El ambiente cambió de un momento a otro. La temperatura descendió bruscamente y la tenue claridad que rodeaba aquel lugar comenzó a apagarse. Georgina se estremeció antes incluso de mirar a su alrededor.

—No... —susurró con desesperación—. Ya vienen.

Un murmullo comenzó a rodearnos. Eran voces. Muchas voces. No distinguía cuántos eran, pero sentía sus presencias acercándose entre las sombras de las casas y los árboles. Sus figuras parecían desdibujarse constantemente, como si estuvieran hechas de oscuridad.

Recordé inmediatamente las palabras de Ariel.

"No olvides quién eres. La oscuridad siempre intentará entrar primero en tu corazón."

Las huestes comenzaron a hablarle a Georgina.

—Tus hijos ya no te recuerdan.

—Los abandonaste.

—Fue tu culpa.

—Nadie vino a buscarte.

—Nunca saldrás de este lugar.

Cada frase parecía abrir nuevamente las heridas que llevaba tantos años cargando. Georgina comenzó a llorar, se cubrió los oídos con ambas manos y cayó de rodillas.

—¡Déjenme...! ¡Déjenme en paz!

Me arrodillé junto a ella y la abracé con fuerza, cubriéndola con el manto que Victoria me había entregado.

—Mírame, Georgina.

Pero las voces también comenzaron a dirigirse hacia mí.

—No podrás ayudarla.

—También fracasarás.

—No eres tan fuerte como crees.

Por un instante sentí cómo aquellas palabras buscaban sembrar dudas dentro de mí.

Entonces recordé el Reino.

Recordé a Eloy, a Edén, a Leda, a Moriah y las enseñanzas de Ariel.

Respiré profundamente.

La paz volvió a llenar mi alma.

Tomé la espada con mi mano derecha y la levanté hacia el cielo.

Las sombras rieron.

—¿Crees que esa espada puede detenernos?

Sonreí serenamente.

—No. Pero sí puede hacerlo la luz del Reino.

En ese mismo instante una inmensa columna de luz descendió sobre nosotras. El resplandor envolvió a Georgina y a mí formando un gran halo protector. Las sombras retrocedieron inmediatamente, incapaces de atravesar aquella claridad.

Georgina levantó lentamente la cabeza y contempló la luz con lágrimas en los ojos.

—¿Qué es esto...?

La abracé aún con más fuerza.

—Es el amor del Padre que nunca dejó de buscarte.

Las huestes permanecieron observándonos desde la distancia. No habían desaparecido. Solo esperaban una nueva oportunidad.

Y comprendí que aquella no sería la última batalla.

Pero también comprendí algo mucho más importante.

Mientras una sola chispa del Reino permaneciera viva en el corazón de un alma, la oscuridad jamás tendría la última palabra.

***

Las sombras permanecieron a la distancia, incapaces de acercarse mientras la luz del Reino nos envolvía.

Poco a poco Georgina dejó de temblar.

Su respiración comenzó a serenarse y, de pronto, algo cambió en su mirada.

—Los recuerdo... —susurró.

Cerró lentamente los ojos.

Una sonrisa, pequeña y temblorosa, apareció en su rostro.

—Recuerdo cuando el mayor aprendió a andar en bicicleta y no dejaba de decirme que algún día me llevaría a pasear. Recuerdo al del medio llenando la casa de preguntas... y al más pequeño durmiéndose abrazado a mí cada noche.

Las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas, pero esta vez no nacían de la desesperación.

Nacían del amor.

—Esos recuerdos son tuyos —le dije con dulzura—. Nadie puede arrebatártelos.

Ella abrió los ojos y me miró.

—¿De verdad están bien?

Sonreí.

—Ven conmigo.

Tomé su mano y, por un instante, el lugar volvió a transformarse.

La oscuridad desapareció.

Frente a nosotras comenzaron a desplegarse imágenes de la Tierra.

Georgina observó a sus tres hijos convertidos en hombres. Los vio abrazar a sus esposas, jugar con sus propios hijos, trabajar, reír y continuar construyendo sus vidas. También los vio detenerse, de vez en cuando, frente a una fotografía suya y hablar de ella con cariño.

Uno de ellos dijo en voz baja:

—Mamá estaría orgullosa de nosotros.

Georgina rompió a llorar.

Ya no eran los tres pequeños que buscaba desesperadamente. Habían crecido. La vida había continuado. Y, aunque su ausencia había dolido profundamente, el amor que les había dejado seguía vivo en ellos.

Llevó una mano a su pecho.

—Ya no me necesitan como antes...

Negué suavemente con la cabeza.

—No como aquella noche. Pero nunca dejarán de necesitar el amor que sembraste en sus corazones.

Georgina permaneció largo rato contemplándolos. Después sonrió con una paz que no había visto en ella desde que la conocí.

—Entonces... puedo irme tranquila.

Apreté su mano.

—No los estás abandonando. Solo estás continuando tu propio camino. Ellos también lo harán y, cuando llegue el momento, volverán a encontrarse.

Ella respiró profundamente y, por primera vez, miró hacia adelante en lugar de mirar hacia atrás.

—Estoy lista.

La luz volvió a envolvernos.

Juntas comenzamos a caminar dejando atrás aquel lugar donde había permanecido atrapada durante tantos años.

Cada paso parecía aliviar el peso que llevaba sobre el alma. La oscuridad quedaba cada vez más lejos, mientras una paz desconocida comenzaba a llenar su corazón.

Al cruzar el Umbral, un inmenso jardín nos recibió con la misma calidez con la que un día me había recibido a mí.

A unos metros nos esperaban Eleazar y Ariel.

Ambos sonrieron al vernos llegar.

Me acerqué junto a Georgina y, con una emoción difícil de contener, dije:

—Eleazar... Ariel... ella es Georgina.

Eleazar dio un paso al frente y la miró con inmensa ternura.

—Bienvenida al Umbral del Ser.

Georgina bajó la cabeza, todavía con lágrimas en los ojos.

—Pensé que jamás encontraría el camino.

Ariel sonrió.

—El Reino nunca dejó de buscarte.

Miré a Georgina.

Su rostro ya no reflejaba el miedo con el que la había encontrado.

Solo quedaba el cansancio de una larga espera... y la paz de quien, por fin, había encontrado el camino de regreso a casa.

Mientras la observaba, comprendí que aquella misión no solo había rescatado a una madre. También había fortalecido a una guerrera del Reino.