Umbral del Ser Capítulo 10
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Capítulo 10

Regresé al palacio cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas. Aún llevaba la armadura sobre mi cuerpo y la espada descansaba junto a mi costado. Mientras caminaba por los jardines, repasaba una y otra vez cada una de las enseñanzas de Ariel.

No tardé en encontrar a Moriah.

Se encontraba cuidando unas flores junto a uno de los senderos. Apenas me vio aparecer, levantó la vista y sonrió.

—Mira nada más... —dijo cruzándose de brazos con una sonrisa divertida—. Si te hubiera visto llegar así cuando eras adolescente, te habría preguntado inmediatamente dónde pensabas ir vestida de esa manera.

No pude contener la risa.

—Y yo te habría respondido que no entendías la moda.

Las dos estallamos en carcajadas.

—No, hija... —continuó riendo—. Estoy bastante segura de que te habría dicho: "Mientras vivas bajo este techo, ninguna hija mía sale con una espada."

Negué con la cabeza sin dejar de reír.

—Y yo habría terminado guardándola en el ropero para que no la vieras.

Seguimos riendo unos instantes, disfrutando de aquellos pequeños recuerdos de nuestra vida en la Tierra.

Cuando la risa fue apagándose, me senté a su lado.

—Ariel terminó mi preparación.

Ella observó la armadura con orgullo.

—Lo imaginé.

Le conté todo lo que había aprendido. Las almas que no lograban trascender, las huestes de Lucio intentando mantenerlas atrapadas en la oscuridad, el significado de la armadura y la espada, y la misión que pronto recibiría.

Moriah escuchó atentamente sin interrumpirme.

Cuando terminé, permaneció unos segundos en silencio.

—¿Sabes? —dijo finalmente—. Yo también tuve una misión parecida hace mucho tiempo.

La miré sorprendida.

—¿De verdad?

Ella asintió.

—¿Recuerdas a Luis?

Sentí un nudo en el pecho.

¿Cómo olvidarlo?

—Claro que lo recuerdo.

Bajé la mirada.

—Fue uno de los dolores más grandes de tu vida cuando eras Inés. Ver cómo se ahogó... y acompañarte después de aquello... Como hija, nunca fue fácil verte sufrir de esa manera.

Moriah tomó mi mano.

—Después de mi llegada al Umbral, Eleazar me encomendó una misión muy especial.

La observé con atención.

—Debía ir a buscarlo.

Sentí un profundo asombro.

—¿A Luis?

Ella asintió lentamente.

—No había logrado encontrar el camino hacia la luz. La forma en que terminó su experiencia humana lo había dejado profundamente desorientado. Permanecía aferrado a los últimos instantes de su vida, incapaz de comprender que todo había terminado.

Guardó unos segundos de silencio.

—No fue sencillo, Lea.

Su mirada parecía volver a aquel recuerdo.

—Intenté hablarle muchas veces y no conseguía que me escuchara. Estaba atrapado por el miedo, la culpa y la confusión. Las huestes de Lucio aprovechaban ese estado para mantenerlo cada vez más lejos del Umbral.

Sentí un escalofrío.

—¿Y cómo lograste traerlo?

Moriah sonrió con una paz inmensa.

—Dejé de intentar convencerlo.

Fruncí levemente el ceño.

—Comprendí que no necesitaba grandes discursos. Necesitaba amor.

Apretó suavemente mi mano.

—Me limité a permanecer junto a él. Le recordé quién era. Le hablé del Reino. Le hice sentir nuevamente el calor del hogar del que provenía. Poco a poco dejó de mirar la oscuridad y comenzó a mirar la luz.

Sus ojos brillaban de emoción.

—Entonces comprendió que la vida terrenal era solo una pequeña parte de su verdadera existencia.

Sentí que aquellas palabras quedaban grabadas profundamente en mi corazón.

Moriah acarició mi mejilla.

—Por eso no tengas miedo de la misión que recibirás.

Negué lentamente con la cabeza.

—Aun así... siento respeto.

Ella sonrió.

—Y eso es bueno. Solo quienes respetan la responsabilidad que reciben están preparados para ejercerla.

Permanecimos unos instantes contemplando el horizonte.

Después volvió a hablar.

—Hay algo más que quiero que recuerdes.

La miré.

—Tú eres un alma especial, Lea.

Sus palabras fueron pronunciadas con una convicción absoluta.

—Eres una guerrera desde mucho antes de tu vida en la Tierra. Incluso antes de llegar al Umbral. Cuando todavía vivíamos en el Reino ya conociste a Lucio. Ya lo enfrentaste cara a cara cuando decidió apartarse de la luz. Permaneciste firme entonces... y volverás a hacerlo ahora.

Sentí que antiguos recuerdos comenzaban a despertar muy lentamente en algún rincón de mi alma.

Moriah tomó la espada que descansaba junto a mí y la sostuvo entre sus manos.

—No pongas tu confianza en esta espada.

Después la devolvió con delicadeza.

—Pon tu confianza en Aquel de quien proviene la luz que la sostiene.

Sus ojos se llenaron de ternura.

—Una chispa del Reino vive en ti, Lea. El amor de nuestro Padre Eloy nunca ha dejado de habitar tu alma. Esa es tu verdadera fortaleza.

Sonreí emocionada.

Ella apoyó ambas manos sobre las mías.

—Y si alguna vez debes levantar esa espada hacia el cielo...

Esperó un instante antes de concluir.

—No será el acero quien te protegerá.

Será el amor del Reino respondiendo al llamado de una hija que nunca ha dejado de pertenecer a la luz.

Aquellas palabras llenaron mi corazón de una paz tan profunda que todo temor desapareció.

Por primera vez desde que Ariel me habló de la misión que se acercaba, comprendí que no sería yo quien rescataría un alma.

Sería el Reino obrando a través de mí.

***

A la mañana siguiente, Eleazar me esperaba en el mismo salón donde meses atrás había recibido mi primera misión como ángel de la guarda. Ariel también estaba allí, junto a un gran mapa donde innumerables puntos de luz aparecían y desaparecían constantemente.

Ambos me recibieron con una sonrisa serena.

—Ha llegado el momento, Lea —dijo Eleazar.

Respiré profundamente.

Sabía que esta vez la misión sería distinta.

Eleazar extendió una de sus manos y, frente a nosotros, comenzó a formarse una escena luminosa. Poco a poco apareció una calle solitaria, iluminada apenas por algunos faroles. Era de noche.

Entonces la vi.

Una mujer caminaba deprisa abrazando su bolso contra el pecho. Su rostro reflejaba el cansancio de quien terminaba una larga jornada de trabajo, pero también la ilusión de regresar a casa.

—Se llama Georgina —explicó Eleazar.

Observé atentamente la escena.

—Era madre de tres pequeños niños. Aquella noche solo pensaba en llegar para abrazarlos, preparar la cena y acostarlos.

Sentí un profundo nudo en el pecho.

La escena continuó desarrollándose ante mis ojos.

Un grupo de delincuentes apareció de improviso. Intentaron quitarle sus pertenencias. Georgina se resistió. Todo ocurrió demasiado rápido. Un disparo. Silencio.

Vi cómo su cuerpo caía lentamente sobre la vereda mientras la vida abandonaba el Sendero Mortal.

No pude evitar bajar la mirada.

Eleazar guardó unos segundos de silencio antes de continuar.

—Su experiencia humana terminó esa misma noche.

Respiré hondo.

—¿Qué ocurrió después?

La imagen volvió a cambiar.

Vi a Georgina incorporarse confundida, creyendo que seguía con vida. Intentó pedir ayuda. Intentó tocar a quienes corrían hacia el lugar. Nadie la veía.

Después comenzó a caminar.

Una y otra vez.

Siempre el mismo recorrido.

Desde el lugar donde exhaló su último aliento hasta la casa donde la esperaban sus hijos.

Mi corazón comenzó a doler.

—No comprende que ha muerto.

Eleazar negó lentamente con la cabeza.

—No.

La escena volvió a transformarse.

Georgina atravesaba desesperada la puerta de su hogar buscando a sus pequeños. Pero el tiempo había seguido avanzando. La casa ya no era la misma. Otras personas vivían allí. Ella las observaba completamente confundida. No entendía por qué sus hijos habían desaparecido. No entendía por qué nadie respondía cuando los llamaba. No entendía por qué nadie podía verla. Sentí que las lágrimas comenzaban a llenar mis ojos.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

Eleazar guardó silencio unos instantes.

—Mucho.

Observé nuevamente la escena. Vi cómo los nuevos habitantes comenzaban a sentir una inquietud difícil de explicar. Escuchaban pasos durante la noche. Percibían una presencia constante. Algunos soñaban repetidamente con una mujer llorando mientras buscaba a sus hijos.

Finalmente abandonaban la casa convencidos de que aquel lugar estaba cargado de una energía extraña. Pero Georgina nunca intentó asustarlos. Solo seguía buscando. Siempre buscando.

Eleazar volvió a hablar.

—Mientras tanto, las huestes de Lucio visitan con frecuencia ese lugar.

Levanté la mirada. La escena cambió nuevamente. Vi sombras acercándose lentamente a Georgina. No podían obligarla a permanecer allí. Pero alimentaban constantemente su desesperación, su culpa y su miedo. Le susurraban que había sido abandonada. Que nadie la recordaba. Que jamás volvería a encontrar a sus hijos. Cada mentira la alejaba un poco más de la luz. Sentí que apretaba involuntariamente el puño de la espada.

Ariel dio un paso hacia mí.

—Recuerda lo que aprendiste.

Respiré profundamente. Poco a poco recuperé la calma. Eleazar me observó con serenidad.

—Esta será tu misión.

Permanecí contemplando el rostro de Georgina durante varios segundos. Podría haber sido cualquiera. Podría haber sido yo. Una madre que solo deseaba volver a casa.

—¿Hay alguna posibilidad de rescatarla?

Eleazar sonrió con firmeza.

—Siempre existe mientras un alma conserve dentro de sí la capacidad de responder al amor.

Asentí.

Sentía una mezcla de tristeza y determinación.

—¿Qué debo hacer?

Eleazar caminó hasta quedar frente a mí.

—Acercarte a ella sin invadirla. Ganarte su confianza. Ayudarla a recordar quién es realmente. Hacerle comprender que la muerte no fue el final y que sus hijos continuaron viviendo porque así debía ser.

Guardó un breve silencio.

—Y cuando llegue el momento...

Miró la espada que llevaba conmigo.

—Si la oscuridad intenta impedirlo, recuerda todo lo que Ariel y Victoria te enseñaron.

Observé una vez más el rostro de Georgina. Ya no veía solamente una misión. Veía una madre. Una mujer cuyo corazón había quedado detenido en el instante mismo en que pensó por última vez en sus hijos.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.