Capítulo 9
L os días siguientes transcurrieron con una serenidad que jamás había conocido. No tenía una nueva misión asignada y aproveché aquel tiempo para caminar por los jardines, contemplar los paisajes y dejar que mi memoria siguiera despertando poco a poco.
Cuanto más recordaba el Reino de la Eterna Existencia, más comprendía que muchas de las respuestas que había buscado durante mi vida en la Tierra siempre habían estado allí, aguardando el momento oportuno para regresar a mi corazón.
Mientras caminaba, comenzaron a aparecer recuerdos de mis años de aprendizaje.
Vi nuevamente a Ezequiel enseñándonos que la verdadera fortaleza no consiste en vencer al enemigo, sino en permanecer fiel a la luz cuando todo alrededor invita a abandonarla. Recordé a Hannah hablándonos de la compasión y de cómo comprender el dolor ajeno era una de las mayores formas de amar. También volvió a mi memoria la voz serena de Abigail, recordándonos que ninguna decisión nacida del amor era pequeña a los ojos del Reino.
Sonreí al recordar a Selah.
Ella siempre encontraba la manera de enseñarnos a contemplar antes de actuar. Solía decir que las almas impacientes resolvían problemas inmediatos, pero las almas sabias transformaban historias enteras porque primero aprendían a escuchar.
Comprendí entonces cuánto de aquellas enseñanzas había puesto en práctica durante mi experiencia humana sin siquiera recordar de dónde provenían.
Seguí caminando hasta llegar a un pequeño curso de agua que descendía entre las piedras formando un murmullo tranquilo. Me senté junto a la orilla y dejé que la suave brisa moviera el vestido rosa que llevaba puesto. Cerré los ojos durante unos instantes y disfruté de aquella paz.
Entonces percibí una presencia.
No era una presencia desconocida.
Abrí los ojos y me puse lentamente de pie.
Al girar, encontré a un hombre de pie a pocos metros de mí.
Su sola presencia transmitía autoridad y una inmensa paz. Vestía con sencillez, pero la luz que lo rodeaba hacía imposible no reconocer que pertenecía a la familia de nuestros reyes.
Intenté recordar.
Entonces la memoria despertó.
Lo había visto alguna vez en el Reino.
Siempre de lejos.
Él sonrió.
—Hola, Lea.
Incliné respetuosamente la cabeza.
—Te recuerdo... aunque nunca llegamos a conocernos.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Soy Ariel.
Sentí una profunda alegría al escuchar su nombre.
Sabía perfectamente quién era.
Uno de los hijos de Eloy y Edén.
—Es un honor conocerte finalmente.
Ariel caminó hasta quedar junto al arroyo.
Durante unos instantes contempló el agua correr entre las piedras.
—He venido porque necesito que comiences una nueva preparación.
Lo miré con atención.
—¿Otra preparación?
Él asintió.
—Sí. Hasta ahora has aprendido a acompañar, proteger, consolar e inspirar. Pero las próximas tareas que podrían serte confiadas exigirán algo más.
Su expresión se volvió más seria, aunque nunca perdió la calidez.
—Necesitas conocer mejor la naturaleza del enemigo.
Sentí un leve estremecimiento.
Ariel continuó.
—Aprenderás sobre protección espiritual, sobre la manera en que Lucio y quienes decidieron seguirlo intentan influenciar a las almas y sobre cómo responder desde la luz sin abandonar nunca el amor. No lucharás con violencia, Lea. Ningún servidor del Reino lo hace. Aprenderás a proteger sin odiar, a resistir sin dejar de amar y a permanecer firme incluso cuando la oscuridad parezca avanzar.
Respiré profundamente.
Comprendía la importancia de aquellas palabras.
—Acepto aprender.
Ariel sonrió con satisfacción.
—Sabía que esa sería tu respuesta.
Permanecimos unos segundos en silencio antes de que una pregunta naciera espontáneamente en mi interior.
—¿Ya existe una nueva asignación para mí?
Ariel me miró con serenidad.
—Sí.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Eleazar te la comunicará muy pronto.
Guardó un breve silencio.
—Precisamente por eso debes prepararte desde ahora. La misión que se acerca será distinta a todas las anteriores y necesitarás recordar mucho más de lo que hasta hoy has recordado.
Sentí una mezcla de entusiasmo y responsabilidad.
Ariel volvió a contemplar el curso de agua.
—Confío plenamente en ti, Lea.
Sus palabras despertaron en mí el mismo deseo que había sentido antes de cada nuevo aprendizaje en el Reino.
Sonreí.
—Entonces estoy lista para comenzar.
Ariel asintió con satisfacción.
—Eso esperaba escuchar.
La brisa volvió a recorrer el valle mientras el agua seguía fluyendo con la misma serenidad.
Y comprendí que, una vez más, mi existencia estaba a punto de abrir un nuevo sendero de aprendizaje.
***
Ariel me condujo por senderos que ascendían entre montañas hasta alcanzar una de las cumbres más altas que había visto desde mi llegada al Umbral. Desde allí podía contemplarse una inmensa extensión de valles, bosques, cascadas y jardines que parecían perderse en el horizonte. Una suave brisa acariciaba el paisaje mientras el silencio transmitía una paz difícil de describir.
Permanecimos unos instantes contemplando aquella inmensidad.
—Quería traerte aquí porque desde este lugar resulta más sencillo comprender lo que voy a enseñarte —dijo Ariel.
Lo miré con atención.
—Cuando Victoria te preparó para servir como ángel de la guarda, te entregó un manto. ¿Recuerdas por qué?
Asentí.
—Representaba el compromiso de proteger, amar y consolar a las almas que me fueran confiadas.
Ariel sonrió.
—Exactamente. Aquel manto simboliza el servicio desde la ternura y la compañía. Pero no todas las misiones requieren la misma preparación.
Su expresión adquirió un tono más solemne.
—Hay ocasiones en las que algunas almas permanecen atrapadas en lugares de profunda oscuridad. No porque el Reino las haya abandonado, sino porque el dolor, el miedo o el engaño les impiden responder a la luz que las llama.
Sentí un escalofrío.
—¿Y nosotros vamos a buscarlas?
—Siempre que nos es permitido hacerlo.
Ariel dio unos pasos y extendió su mano hacia el horizonte.
—Jamás olvides esto, Lea. No luchamos contra las almas. Luchamos por ellas. Nuestro propósito nunca es vencer personas, sino abrir caminos para que puedan volver a ver la luz.
Aquellas palabras quedaron grabadas profundamente en mi corazón.
Entonces Ariel volvió a mirarme.
—Para la misión que pronto recibirás, el manto de Victoria ya no será suficiente.
Frente a nosotros comenzó a formarse una intensa luz dorada. Poco a poco fue tomando la forma de una armadura delicadamente trabajada. No inspiraba temor. Su belleza transmitía fortaleza, pureza y esperanza.
Permanecí contemplándola sin poder apartar la mirada.
Ariel tomó cuidadosamente el peto.
—Esta armadura no existe para atacar.
Fue colocándolo sobre mí con una delicadeza casi paternal.
—Existe para proteger.
Después acomodó las hombreras.
—Cada una de sus partes representa una virtud que deberás conservar aun en medio de la mayor oscuridad.
Colocó sobre mi pecho una pieza luminosa.
—La verdad protegerá tu corazón.
Después ajustó los brazales.
—La justicia guiará tus acciones.
Sujetó el cinturón.
—La integridad sostendrá cada una de tus decisiones.
Finalmente colocó una capa clara sobre la armadura.
—Y el amor será siempre tu mayor defensa.
Observé mis manos.
La armadura era extraordinariamente liviana. No limitaba mis movimientos. Era como si hubiera sido creada especialmente para mí.
—No sentirás su peso —explicó Ariel—, pero sí su protección. Recuerda siempre que ninguna armadura del Reino funciona por sí sola. Es la fidelidad del alma la que le da fuerza.
Respiré profundamente.
Comenzaba a comprender que aquella preparación era distinta a todas las anteriores.
—¿Qué clase de misión me espera?
Ariel guardó silencio unos instantes.
—Muy pronto serás enviada a rescatar un alma que se ha perdido.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—No te daré más detalles todavía. Primero debes aprender a reconocer la oscuridad sin dejar que ella encuentre un lugar dentro de ti.
Levanté la vista hacia el horizonte.
Quizás e servicio no siempre consistía en acompañar a quien caminaba. A veces podría significaba entrar en los lugares donde otros ya no encontraban la salida.
Y, aun así...Seguir llevando la luz del Reino.
***
Los días siguientes estuvieron dedicados por completo a mi preparación.
Ariel me condujo a distintos lugares del Umbral donde, junto a otros servidores, aprendí aquello que jamás había imaginado que existía. Comprendí que no todas las almas lograban atravesar el Umbral apenas terminaba su experiencia humana. Algunas permanecían aferradas a las casas donde habían vivido, a personas que amaban profundamente o a acontecimientos dolorosos que eran incapaces de soltar. Otras ni siquiera comprendían que habían muerto.
—Nunca las juzgues —me repetía Ariel una y otra vez—. Cada alma carga una historia que tú no alcanzas a ver completamente. Tu misión nunca será condenarla. Tu misión será ayudarla a recordar que aún existe un camino hacia la luz.
También aprendí a reconocer la manera en que Lucio y quienes lo seguían intentaban aprovechar aquella confusión. No podían obligar a ninguna alma a permanecer en la oscuridad, pero sí alimentar sus miedos, su resentimiento, su culpa o su desesperación para mantenerla lejos del Umbral.
Aquello me impresionó profundamente.
—Recuerda siempre esto —decía Ariel mientras caminábamos entre las montañas—. La oscuridad nunca crea. Solo intenta deformar aquello que ya existe. El miedo, el orgullo, el odio y la culpa son sus herramientas favoritas.
Cada enseñanza iba acompañada de ejercicios. Aprendí a permanecer serena aun cuando todo a mi alrededor parecía llenarse de sombras. Aprendí a sostener la paz cuando otras almas gritaban desesperadas. Aprendí que el primer campo de batalla siempre era el propio corazón.
—Si alguna vez permites que el miedo gobierne tus decisiones, habrás dejado de escuchar la voz del Reino —me explicó Ariel—. Por eso la mayor protección no está en la armadura, sino en mantener tu espíritu unido a la luz.
Comprendía cada vez mejor el significado de aquellas palabras.
Cuando Ariel consideró que mi preparación había concluido, volvimos a la cumbre donde había recibido la armadura.
El viento soplaba con fuerza.
Él permaneció unos instantes en silencio antes de extender ambas manos.
Entre ellas comenzó a formarse una intensa luz dorada que poco a poco tomó la forma de una espada.
Era hermosa.
Su hoja parecía hecha de la misma claridad que envolvía el Reino, mientras el puño estaba delicadamente trabajado con símbolos que despertaban en mí antiguos recuerdos.
La observé completamente sorprendida.
Ariel la sostuvo frente a mí.
—Es hora de que también recibas esto.
Tomé la espada con respeto.
Era extraordinariamente liviana.
La observé durante unos instantes antes de sonreír.
—Debo confesarte algo.
Él arqueó levemente una ceja.
—No termino de comprender qué hace una espada en una batalla espiritual.
Ariel rio suavemente.
—Era exactamente la pregunta que esperaba.
Guardó unos segundos de silencio antes de responder.
—Porque esta no es una espada para herir.
Bajó la mirada hacia la hoja luminosa.
—Jamás fue creada para atacar a nadie.
Volvió a mirarme.
—Es un símbolo.
Esperé en silencio.
—Habrá ocasiones en las que las huestes de Lucio intentarán intimidarte o impedir que cumplas tu misión. No podrán destruirte, pero sí intentar sembrar temor en tu corazón o aislar al alma que buscas rescatar.
Levantó entonces una mano hacia el cielo.
—Cuando eso ocurra, levantarás esta espada.
Lo hizo lentamente.
En el mismo instante en que la hoja apuntó hacia lo alto, una inmensa columna de luz descendió envolviéndolo por completo. Después comenzó a expandirse hasta formar un gran halo protector alrededor de nosotros.
La oscuridad que momentos antes parecía acercarse retrocedió inmediatamente.
Permanecí contemplando aquella escena con profundo asombro.
Ariel bajó nuevamente la espada.
La luz permaneció algunos segundos antes de desvanecerse lentamente.
—¿Lo comprendes ahora?
Asentí emocionada.
—No protege la espada...
Él sonrió.
—Protege el Reino que responde a quien la levanta con fe y fidelidad.
Miré nuevamente la hoja luminosa entre mis manos.
Ya no veía un arma.
Veía una promesa.
Una promesa de que nunca tendría que enfrentar la oscuridad sola.
Ariel apoyó una mano sobre mi hombro.
—Recuerda siempre esto, Lea. Tu mayor fuerza nunca será la armadura. Tampoco la espada.
Esperó hasta que levanté la mirada.
—Tu mayor fuerza será saber que jamás caminas sola.
Guardé aquellas palabras en lo más profundo de mi alma.
Porque comprendí que, incluso en medio de la misión más difícil, bastaría con levantar aquella espada hacia el cielo para recordar que toda la luz del Reino seguía caminando conmigo.