Umbral del Ser Capítulo 8
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Capítulo 8

Regresé al palacio con el corazón profundamente conmovido. La misión junto a Leonor había terminado, pero su historia seguía latiendo dentro de mí. Comprendía ahora por qué tantos servidores del Umbral hablaban del privilegio de acompañar una vida. No era solo proteger. Era aprender a amar sin esperar nada a cambio.

Apenas crucé la entrada, Miyi apareció corriendo hacia mí, seguida de Violeta y Ámbar. Las tres se arremolinaron a mi alrededor como si hubieran sentido mi regreso desde mucho antes de verme. Reí mientras las abrazaba una por una.

—Yo también las extrañé.

Después de compartir un largo rato con ellas, salí nuevamente hacia los jardines. Naara me esperaba sentada bajo un viejo árbol, contemplando el paisaje.

—¿Cómo fue tu primera misión? —preguntó apenas me vio acercarme.

Sonreí mientras me sentaba a su lado.

—Mucho más intensa de lo que imaginaba.

Le conté cómo había acompañado a Leonor desde el instante de su nacimiento, las veces que intenté inspirarla, las ocasiones en que debí protegerla de las influencias de Lucio y sus seguidores, el día en que comprendí que su experiencia humana estaba llegando a su fin y el privilegio de acompañarla hasta su lugar de descanso.

Naara escuchó cada palabra sin interrumpirme.

Cuando terminé, permanecimos unos instantes en silencio.

—Ahora entiendes por qué servir transforma tanto a quien sirve como a quien es ayudado —dijo finalmente.

Asentí.

—Sí... siento que yo también aprendí durante toda su vida.

Sonrió con dulzura.

—Así ocurre siempre.

Miré alrededor casi por instinto.

—¿Has visto a Gad?

Naara negó suavemente con la cabeza.

—No. Sé que continúa cumpliendo una asignación. Seguramente volverá cuando la concluya.

Sonreí.

Ya no me inquietaba esperar.

En aquel lugar el tiempo tenía otro significado.

Pocos minutos después apareció Constanza.

O, mejor dicho, Naara... aunque todavía me costaba dejar de llamarla por el nombre con el que la había amado durante tantos años en la Tierra.

Se acercó con una expresión llena de entusiasmo.

—Tengo una noticia.

La miré con curiosidad.

—Eleazar acaba de asignarme mi primera misión como escriba.

Sonreí inmediatamente.

—¡Qué hermoso!

Ella asintió emocionada.

—Dentro de muy poco nacerá un niño en la Tierra y seré la encargada de registrar toda su experiencia humana. Sus pensamientos, sus palabras y sus acciones. Nunca imaginé que me confiarían una tarea así.

La abracé con alegría.

—Estoy segura de que lo harás muy bien.

Conversamos un rato más hasta que ambas debieron continuar con sus respectivas actividades.

Yo, en cambio, sentí la necesidad de estar un momento sola.

Caminé lentamente hacia el inmenso campo de tulipanes rosados que rodeaba el palacio. La brisa movía suavemente las flores mientras el cielo parecía teñirse de una luz cálida y serena. Me dejé envolver por aquel silencio lleno de vida.

Pensé en Leonor.

Pensé en Lauren.

En Victoria.

En Eleazar.

En todo lo que había aprendido desde mi llegada al Umbral.

Comprendí que servir no consistía únicamente en hacer grandes cosas. Muchas veces bastaba una pequeña inspiración, una presencia silenciosa o una flor llevada por el viento para cambiar el rumbo de una vida.

Sonreí.

Entonces escuché una voz.

—Jazmín...

Me detuve de inmediato.

Hacía mucho tiempo que nadie pronunciaba aquel nombre.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.

La voz volvió a llamarme.

—Jazmín...

Giré lentamente.

Y el tiempo pareció detenerse.

A pocos metros de mí permanecía un hombre que conocía mejor que nadie.

Sus ojos seguían teniendo la misma calidez.

Su sonrisa era exactamente la que tantas veces había iluminado mis días en la Tierra.

Las lágrimas comenzaron a nublar mi mirada.

No podía creerlo.

—¿Fabián...?

Él sonrió.

Y, sin apartar los ojos de los míos, abrió lentamente sus brazos.

***

Permanecí inmóvil durante apenas un instante. Después corrí hacia él. Fabián hizo lo mismo.

Nos encontramos en medio del campo de tulipanes y nos abrazamos con una fuerza que parecía contener una vida entera. Permanecimos largo rato así, sin hablar. No hacía falta. Las lágrimas que corrían por nuestros rostros decían mucho más que cualquier palabra.

Cuando por fin nos separamos, nuestras manos permanecieron unidas.

Nos miramos a los ojos.

Y la memoria volvió a despertar.

Ya no estaba viendo solamente a Fabián.

Veía a León.

Aquel amigo entrañable del Reino de la Eterna Existencia con quien había compartido incontables aprendizajes antes de nacer. Recordé nuestras conversaciones interminables, nuestras risas, las largas caminatas por los jardines del Reino y aquella complicidad que siempre nos unió.

Sentí que el corazón volvía a llenarse de emoción.

—León...

Él sonrió.

—Ahora lo recuerdas.

Asentí sin poder dejar de mirarlo.

—Siempre fuiste tú...

Tomó mis manos con delicadeza.

—Cuando llegó el momento de partir en la Tierra fue muy difícil dejarte. Sabía cuánto ibas a sufrir y cuánto iba a extrañarte. Pero también sabía que mi parte del camino junto a ti había llegado a su fin.

Bajó la mirada unos instantes antes de continuar.

—Y sabía otra cosa.

Volvió a sonreír.

—Debía dejar espacio para Gad.

Aquellas palabras no despertaron dolor en mí.

Despertaron comprensión.

León continuó hablando con una serenidad que solo podía nacer de quien llevaba mucho tiempo recordándolo todo.

—Así estaba acordado desde el principio. Cada uno de nosotros tendría un lugar distinto en tu experiencia humana. Ninguno reemplazaba al otro. Ninguno ocupaba el lugar del otro.

Sentí que las lágrimas volvían a brotar.

—Te amo...

Mi voz apenas fue un susurro.

—Siempre vas a ser alguien inmensamente especial para mí.

Él acarició suavemente mis manos.

—Y yo también te amo, Lea.

Sus ojos se llenaron de una ternura inmensa.

—Siempre serás una de las almas más importantes de mi existencia.

Guardó unos segundos de silencio.

—Pero ahora que ambos hemos recuperado completamente la memoria del Reino y también la de nuestras vidas en la Tierra, puedo comprender con claridad lo que antes solo intuía.

Sonrió.

—Nuestro amor siempre fue el amor inmenso entre dos almas afines. Entre dos almas gemelas en el sentido más profundo de la amistad. Fuimos compañeros, confidentes, apoyo mutuo y familia mucho antes de nacer.

Sentí que cada una de sus palabras encontraba un lugar perfecto dentro de mí.

No disminuían lo que habíamos vivido.

Lo engrandecían.

—Siempre estaré para ti —continuó—. Y sé que tú siempre estarás para mí. Eso nunca cambiará.

Respiré profundamente.

Entonces comprendí que León llevaba más tiempo en el Umbral que yo.

Había tenido más tiempo para recordar.

Más tiempo para comprender.

Sonreí.

—Tú ya lo sabías... ¿verdad?

Él asintió.

—Hace mucho tiempo.

Miré hacia el horizonte, donde los tulipanes parecían perderse entre la luz.

Todo cobraba sentido.

No había competencia entre los amores.

Solo distintos lugares dentro del mismo corazón.

Volví a mirarlo.

—¿Vendrás a visitarme?

León sonrió con esa calidez que siempre lo había caracterizado.

—Todas las veces que pueda.

Apretó suavemente mis manos.

—Y cuando tú quieras venir a verme, también estaré esperándote.

Sus ojos brillaban de emoción.

—Porque te amo, Lea. Porque formas parte de mi alma. Porque agradezco cada día que compartimos en la Tierra, pero también todos aquellos que vivimos antes de la mortalidad, cuando simplemente éramos dos amigos aprendiendo juntos en el Reino.

Las lágrimas volvieron a escapar de mis ojos.

—Y sé que seguiremos siéndolo por toda la eternidad.

Sonreí.

Ya no había despedidas pendientes entre nosotros.

Solo la inmensa tranquilidad de saber que algunos vínculos son tan profundos que ni la muerte, ni el tiempo, ni las distintas experiencias de la existencia pueden romperlos.

Nos abrazamos una vez más.

Esta vez ya no había dolor.

Solo gratitud.

Y la certeza de que, pasaran los siglos que pasaran, León y yo siempre volveríamos a encontrarnos como lo que realmente habíamos sido desde el principio.

Dos almas profundamente afines.

Dos amigos para toda la eternidad.