Umbral del Ser Capítulo 5
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Capítulo 5

Al despedirme por unos instantes de Miyi, Violeta y Ámbar, comencé a recorrer el palacio con una curiosidad serena. Cada salón parecía guardar una belleza distinta. Grandes ventanales permitían contemplar las montañas y los jardines, mientras la luz bañaba cada rincón con una calidez que no pertenecía a ningún sol que hubiera conocido en la Tierra.

No sabía exactamente qué buscaba.

Solo caminaba.

Atravesé una amplia galería sostenida por columnas de piedra clara y, al llegar al otro extremo, vi a alguien de espaldas contemplando el paisaje.

Mi corazón se detuvo.

Aun antes de verle el rostro, supe quién era. Él giró lentamente. Y sonrió.

Era Germán.

Pero no el hombre anciano que había dejado atrás en el Sendero Mortal. Frente a mí estaba el Germán que alguna vez había imaginado en sus mejores años. Su mirada conservaba la misma ternura de siempre, pero su rostro irradiaba juventud, fortaleza y una paz que jamás le había visto durante la vida terrenal.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—¿Germán...?

No hizo falta decir nada más.

Corrimos el uno hacia el otro y nos abrazamos con toda la fuerza de dos almas que habían esperado aquel instante durante una vida entera.

Permanecimos así durante largo tiempo.

No existían las palabras capaces de expresar todo lo que aquel abrazo contenía.

Cuando finalmente nos separamos, nuestras frentes permanecieron unidas mientras nos mirábamos a los ojos.

Y entonces ocurrió.

Los recuerdos despertaron al mismo tiempo.

Ya no estaba viendo únicamente a Germán.

Veía a Gad.

El joven que había conocido mucho antes de que existiera la Tierra para nosotros. Recordé las largas conversaciones en el Reino de la Eterna Existencia, los aprendizajes compartidos, las risas, los sueños y el día en que ambos conocimos las experiencias que viviríamos como mortales.

Aún podía escuchar su voz.

—Aunque olvidemos todo... prométeme que, cuando llegue el momento, volveremos a encontrarnos.

Había sonreído mientras tomaba sus manos entre las mías.

—Te lo prometo.

Ahora comprendía por qué, desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron en la Tierra, algo dentro de mí había sentido que lo conocía desde siempre.

Porque era verdad.

Nuestra unión no había comenzado con un encuentro casual.

Había sido una promesa.

Germán sonrió al notar que yo también lo recordaba.

—Lo recuerdas...

Asentí sin dejar de mirarlo.

—Eres Gad.

Él acarició suavemente mi rostro.

—Y tú sigues siendo la misma Lea de la que me enamoré mucho antes de que ambos naciéramos.

Reí entre lágrimas.

—Cumplimos nuestra promesa.

—Sí —respondió con una dulzura infinita—. Nos encontramos en el Sendero Mortal.

Tomó mi mano.

—Ven.

Salimos juntos del palacio y comenzamos a caminar por un sendero que descendía suavemente hacia un inmenso campo de tulipanes rosados.

Miles de flores se mecían al compás de una brisa suave, formando un paisaje tan hermoso que parecía imposible incluso para aquel lugar.

Sonreí emocionada.

—Sabía que te gustaría.

Lo miré sorprendida.

—¿También recuerdas cuánto los amabas?

Gad rio con esa risa tranquila que tantas veces había llenado de paz mi corazón.

—Siempre lo supe.

Caminamos entre los tulipanes tomados de la mano, sin necesidad de apresurar el paso. No había relojes. No existía la prisa. Solo el inmenso privilegio de volver a caminar juntos.

Por primera vez desde que había dejado la Tierra comprendí que algunas promesas son tan profundas que ni siquiera la muerte puede romperlas.

Porque cuando dos almas se eligen desde la eternidad...

Siempre encuentran el camino para volver a encontrarse.

***

Seguimos caminando entre los tulipanes hasta llegar a un pequeño arroyo de aguas tan cristalinas que reflejaban el paisaje como un espejo. Me incliné para contemplarlo y, por un instante, pensé que estaba viendo a otra persona. La mujer que me devolvía la mirada era joven. Conservaba mis rasgos, pero el paso del tiempo había desaparecido. Mi cabello volvía a caer con la suavidad de mi juventud y una delicada luminosidad envolvía todo mi ser.

Llevé una mano a mi rostro y sonreí.

—Soy yo...

Gad se colocó a mi lado y también observó su reflejo. Él había recuperado la juventud con la misma naturalidad. Nos miramos unos segundos y comenzamos a reír.

—Creo que nos sienta bastante bien volver a ser jóvenes —dije divertida.

—Muchísimo mejor que todos los achaques de los últimos años —respondió él, haciéndome reír todavía más.

Era extraño volver a sentir aquella ligereza. El cuerpo ya no pesaba. No había dolor, cansancio ni limitaciones. Solo una sensación de plenitud que nunca había experimentado durante mi vida en la Tierra.

Poco a poco mi alegría dio paso a otro pensamiento.

Miré a Gad.

—Quiero ver a Fabián. ¿Sabes dónde está?

Su expresión se volvió serena.

—Sí, lo sé.

Sentí que el corazón me latía con fuerza.

—¿Está bien?

Él asintió.

—Está muy bien. Y pronto lo verás. Solo te pido un poco de paciencia. Aún hay algunas personas que necesitan recibirte antes.

Respiré profundamente y sonreí. Si Gad me lo decía, confiaba plenamente en él.

Volvió a tomar mi mano.

—Ven. Quiero mostrarte un lugar.

Apenas terminó de hablar, el paisaje desapareció a nuestro alrededor con una naturalidad que me dejó completamente sorprendida. No hubo sensación de movimiento. Simplemente, al siguiente instante, nos encontrábamos en otro lugar.

Frente a nosotros se extendía un inmenso valle cubierto de margaritas blancas que parecían perderse en el horizonte. Una suave brisa hacía danzar las flores mientras el perfume llenaba el ambiente de una paz indescriptible.

Entonces las vi.

A lo lejos había dos mujeres vestidas con delicados vestidos en tonos pastel. Conversaban entre ellas hasta que una levantó la vista y me descubrió.

Llevó ambas manos a su pecho.

Y comenzó a correr hacia mí.

No entendía por qué, pero algo dentro de mi alma la había reconocido antes que mi memoria.

Corrí también.

A medida que nos acercábamos, su rostro comenzó a transformarse suavemente. No era un cambio brusco. Era como si la luz revelara, poco a poco, otra identidad que siempre había estado allí.

Entonces la reconocí.

—¡Mamá!

Nos abrazamos con todas nuestras fuerzas mientras las lágrimas corrían por nuestros rostros. Sentí nuevamente sus manos acariciando mi cabello con la misma ternura con la que lo había hecho tantas veces durante mi vida.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, otro recuerdo despertó.

Mucho antes de ser mi madre...

Había sido Moriah.

La miré completamente emocionada.

—Moriah...

Ella sonrió con dulzura.

—Así fue como nos conocimos por primera vez.

Volví a abrazarla mientras la emoción seguía creciendo dentro de mí.

Entonces dirigí la mirada hacia la otra mujer.

Permanecía observándonos con una sonrisa llena de ternura.

Corrí hacia ella.

—¡Abuela!

Constanza abrió los brazos y me recibió con el mismo amor de siempre. Permanecimos abrazadas durante largo rato, hasta que, una vez más, la memoria comenzó a despertar.

Su rostro también cambió levemente.

Y de pronto comprendí.

No...

Ella no había sido solamente mi abuela.

Muchísimo antes de la Tierra había sido Naara.

Mi querida amiga del Reino.

La compañera con quien tantas veces había aprendido, reído y soñado antes de comenzar nuestra experiencia humana.

Me aparté apenas unos centímetros para contemplarla.

—Naara...

Ella rio entre lágrimas.

—Sabía que terminarías recordándome.

Negué con la cabeza mientras volvía a abrazarla con fuerza.

En ese instante comprendí que el amor nunca había desaparecido.

Solo había esperado pacientemente el momento en que mi alma estuviera preparada para recordar.

***

Gad sonrió al vernos nuevamente reunidas.

—Las dejaré un rato solas. Creo que tienen muchas cosas de las que hablar.

Se acercó, besó mi frente con ternura y tomó mis manos entre las suyas.

—Nos veremos muy pronto.

Asentí sonriendo.

—Te estaré esperando.

Lo observé alejarse lentamente entre el inmenso campo de margaritas hasta que su figura desapareció entre la suave bruma que cubría el valle.

Entonces Moriah tomó uno de mis brazos y Naara el otro.

Comenzamos a caminar sin prisa, disfrutando simplemente de volver a estar juntas. El paisaje parecía acompañar nuestras conversaciones. Las flores se mecían con la brisa y el canto de las aves llenaba el silencio entre una historia y otra.

Recordamos mi vida en la Tierra.

Reímos al hablar de algunas travesuras de mi infancia, de las veces que intenté cocinar y terminé convirtiendo la cocina en un verdadero desastre, de mis ocurrencias cuando era adolescente y de tantas pequeñas anécdotas familiares que, con el paso de los años, se habían convertido en los recuerdos más valiosos.

Por un momento sentí que ninguna de las tres había muerto jamás.

Solo estábamos caminando juntas otra vez.

Después de un largo silencio, Moriah suspiró profundamente.

—Hay algo que necesito decirte.

La miré.

Sus ojos estaban llenos de ternura.

—Muchas veces pensé que, como madre, podría haberlo hecho mejor.

Bajó la mirada.

—Hubo momentos en los que me equivoqué. Otros en los que el cansancio pudo más que la paciencia. A veces me hubiera gustado comprenderte más, abrazarte más, escucharte más...

Negó suavemente con la cabeza.

—Perdóname si alguna vez sentiste que no fui la madre que necesitabas.

Me detuve inmediatamente. Tomé sus manos entre las mías y esperé a que levantara la mirada.

—No, mamá...

Sonreí con toda la paz que ahora habitaba en mi alma.

—Fuiste exactamente la madre que yo necesitaba.

Vi cómo una lágrima resbalaba por su mejilla.

—No necesitaba una madre perfecta. Necesitaba a Moriah... y en la Tierra te llamaste mamá.

Apreté suavemente sus manos.

—Todo lo que viví contigo me ayudó a convertirme en quien debía ser. Incluso los momentos difíciles. También ellos formaban parte del camino que ambas elegimos recorrer antes de nacer.

Moriah rompió a llorar y me abrazó con fuerza.

—Gracias, hija...

La abracé de la misma manera.

—Gracias a ti por aceptar venir conmigo al Sendero Mortal. Sé que tampoco fue una experiencia sencilla para ti.

Naara observaba la escena con una enorme sonrisa.

—Siempre supe que terminarían diciendo exactamente eso.

Las dos la miramos y comenzamos a reír.

—¿Qué? —preguntó fingiendo inocencia.

—Que ibas a interrumpir el momento emotivo —respondí entre risas.

Ella levantó los hombros.

—Alguien tenía que hacerlo. Las conozco desde hace demasiado tiempo.

Las tres terminamos riendo con esa complicidad que solo las almas que se aman desde la eternidad pueden comprender.

Y mientras continuábamos caminando entre las margaritas, comprendí que el amor verdadero nunca exige perfección.

Solo pide la valentía de volver a elegirse, una y otra vez, en cada nueva existencia.