Umbral del Ser Capítulo 6
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Capítulo 6

Le había dedicado varios días a recorrer los jardines, conversar con quienes poco a poco iba reencontrando y permitir que mi alma asimilara todo lo que estaba recordando. Sin embargo, comprendía que aquel tiempo de descanso no sería permanente.

Una mañana, Lauren llegó a buscarme.

—Eleazar quiere verte.

Asentí y caminamos juntas hasta el edificio donde lo había conocido. Durante el trayecto observé a muchas almas desempeñando distintas tareas. Algunas estudiaban junto a sus maestros; otras partían acompañadas por ángeles hacia el Sendero Mortal; otras regresaban de sus misiones con una serenidad que despertaba mi curiosidad.

Cuando entramos, Eleazar nos recibió con la misma expresión firme y amable de nuestro primer encuentro.

—Me alegra verte, Lea. ¿Cómo te has sentido estos días?

Sonreí.

—En paz. Todavía siento que todo es nuevo, pero cada día recuerdo un poco más quién soy.

Él asintió con satisfacción.

—Eso era exactamente lo que esperábamos.

Se levantó y caminó hasta un gran mapa donde innumerables puntos de luz aparecían y desaparecían constantemente.

—Ha llegado el momento de asignarte tu primera misión.

Sentí una mezcla de entusiasmo y responsabilidad.

Eleazar volvió a mirarme.

—Comenzarás sirviendo como ángel de la guarda de una niña que dentro de poco iniciará su experiencia en la Tierra.

Guardé silencio unos segundos.

Nunca imaginé que esa sería mi primera tarea.

—No estarás sola —continuó—. Antes deberás prepararte. Mi hermana Victoria será la encargada de enseñarte todo lo necesario sobre esta misión. Ella ha dedicado gran parte de su existencia a formar a quienes servirán como guardianes de las almas durante el Sendero Mortal.

Miró hacia Lauren y sonrió.

—Y, por supuesto, Lauren también estará contigo. Nadie mejor que ella para acompañarte. Después de todo, conoce muy bien lo que significa cuidar de un alma durante toda una vida.

Lauren sonrió con humildad.

—Será un honor.

Sentí una profunda emoción.

Pensar que ahora sería yo quien protegería a otra persona como tantas veces habían hecho conmigo llenaba de sentido todo cuanto estaba viviendo.

—Acepto con alegría —respondí sin dudar—. Haré todo lo posible por servir de la mejor manera.

Eleazar inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo sé.

Permanecimos unos instantes en silencio, hasta que una pregunta que llevaba varios días rondando mi mente terminó por escapar de mis labios.

—Eleazar... ¿puedo preguntarte algo?

—Por supuesto.

Respiré hondo.

—¿Qué ocurre cuando... dos esposos llegan aquí?

Él me observó con atención.

—Amé profundamente a Fabián. Después de su partida compartí mi vida con Gad y también lo amé con todo mi corazón. Ahora los dos están aquí... y no logro comprender cómo puede ser eso posible.

Eleazar sonrió con una paciencia que transmitía paz.

—Es una de las preguntas que casi todas las almas formulan al llegar.

Esperé su respuesta.

—No te preocupes por eso ahora, Lea.

Su voz era serena.

—En el Umbral comenzarás a comprender que el tiempo no transcurre como lo hacía en la Tierra y que los vínculos tampoco responden a las mismas leyes humanas. El amor aquí no compite, no desplaza ni divide. Se comprende desde una profundidad que todavía estás empezando a recordar.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Cuando llegue el momento adecuado, entenderás por qué tu corazón fue capaz de amar a ambos sin traicionarse a sí mismo. Descubrirás que la eternidad tiene respuestas que la experiencia humana jamás habría podido comprender.

Aquellas palabras no respondieron completamente mi pregunta.

Pero, curiosamente, fueron suficientes.

Sonreí con tranquilidad.

—Entonces tendré paciencia.

Eleazar correspondió mi sonrisa.

—Y mientras tanto, prepárate. Muy pronto una pequeña alma abrirá los ojos en la Tierra sin imaginar que una antigua guerrera del Reino caminará a su lado durante toda su vida.

Sentí que mi corazón volvía a llenarse de propósito. Mi descanso había terminado. Una nueva misión estaba a punto de comenzar.

***

Lauren me condujo hasta un amplio salón abierto hacia un valle cubierto de flores. La arquitectura era tan armoniosa que parecía formar parte del propio paisaje. Al fondo, junto a una gran ventana desde la que podían verse montañas y cascadas, una mujer aguardaba de pie.

Su sola presencia imponía respeto.

Era alta, elegante y profundamente serena. Su vestido en tonos marfil y rosados descendía hasta el suelo con una delicadeza imposible de describir, mientras una suave luminosidad envolvía todo su ser. No transmitía dureza, sino una autoridad nacida del amor y de la sabiduría.

Lauren inclinó ligeramente la cabeza.

—Victoria... te presento a Lea.

La mujer sonrió.

—Bienvenida.

Su voz era firme y, al mismo tiempo, cálida.

—He esperado este encuentro.

Me acerqué con respeto.

—Es un honor conocerte.

Victoria caminó lentamente hacia una gran terraza desde donde se contemplaba gran parte del Umbral.

—Eleazar me ha contado que aceptaste servir como ángel de la guarda.

Asentí.

—Así es.

Ella apoyó ambas manos sobre la baranda de piedra y permaneció unos segundos observando el horizonte.

—Entonces lo primero que debes comprender es la verdadera naturaleza de nuestra misión.

Giró para mirarme.

—Muchos creen que un ángel de la guarda existe para evitar todo sufrimiento. No es así.

Guardé silencio.

—Ninguno de nosotros puede interferir con el albedrío humano. Tampoco podemos impedir las pruebas que cada alma aceptó vivir antes de nacer en el Reino de la Eterna Existencia. Esas experiencias forman parte de su crecimiento y les pertenecen.

Sus palabras despertaron en mí recuerdos de mis propios aprendizajes.

—Nuestra tarea es otra.

Victoria sonrió.

—Debemos proteger cuando nos es permitido hacerlo. Amar sin condiciones. Consolar en el dolor. Inspirar esperanza cuando el alma está a punto de rendirse. Recordarle, sin palabras, que nunca está sola.

Sentí que aquellas palabras encontraban un lugar muy profundo dentro de mí.

—A veces bastará una intuición. Otras, un sueño. En ocasiones, una paz inesperada en medio de la desesperación. Nunca obligamos. Nunca decidimos por ellos. Solo acompañamos.

Asentí comprendiendo, ahora desde el otro lado, muchas experiencias que yo misma había vivido.

Victoria continuó.

—No caminarás sola. Cada alma contará también con ángeles escribas que registrarán con absoluta fidelidad sus pensamientos, sus palabras y sus acciones. Todos cumplimos funciones distintas, pero servimos un mismo propósito.

Después su expresión adquirió un tono más serio.

—También debes recordar algo que jamás podrás olvidar. Lucio y quienes decidieron seguirlo continúan trabajando entre los hombres. Buscarán sembrar miedo, orgullo, desesperanza, odio y división. No pueden destruir la libertad de un alma, pero sí intentarán influenciarla constantemente.

Sentí el peso de aquella responsabilidad.

Victoria percibió mi inquietud y sonrió con dulzura.

—No temas. Ningún servidor del Reino combate desde la violencia. Nuestra fuerza siempre será el amor.

Se acercó hasta un gran arcón de madera clara y extrajo un hermoso manto de color rosa suave.

Lo sostuvo entre sus manos unos instantes antes de colocarlo sobre mis hombros.

Sentí que aquella tela era extraordinariamente liviana.

—Este manto simboliza el servicio que hoy comienzas. No representa poder sobre las almas, sino el compromiso de protegerlas con humildad.

Después volvió a mirarme.

—Ahora debes elegir un elemento de la naturaleza que servirá como vínculo con el alma que cuidarás.

La observé con curiosidad.

—¿Un elemento?

No comprendía del todo.

Lauren sonrió divertida.

—A mí me ocurrió exactamente lo mismo.

Victoria la miró con afecto.

—¿Recuerdas cuál elegiste?

Lauren asintió.

—Los jazmines.

Al escuchar aquella respuesta no pude evitar sonreír.

—Con razón siempre sentí tanta paz cuando los percibía cerca de mí.

Lauren rio suavemente.

—Cada vez que me era permitido inspirarte, procuraba hacerlo a través de aquello que tu corazón reconocía como bello.

Permanecí unos instantes pensando.

Mi mirada recorrió el inmenso valle que se extendía frente a nosotras hasta detenerse sobre una pequeña flor blanca cuyas semillas comenzaban a desprenderse con la brisa.

Sonreí.

—Ya lo sé.

Victoria esperó mi respuesta.

—Quiero elegir un diente de león.

Las dos sonrieron.

—¿Por qué ese? —preguntó Victoria.

Observé cómo el viento llevaba sus diminutas semillas hacia distintos lugares.

—Porque una sola brisa puede hacer que viaje muy lejos. Me recuerda que, a veces, una inspiración pequeña puede cambiar por completo el rumbo de una vida.

Victoria asintió con satisfacción.

—Es una hermosa elección.

Se acercó y acomodó con delicadeza el manto sobre mis hombros.

—Cuando llegue el momento de persuadir al alma que te será confiada, podrás utilizar ese vínculo. Quizá ella no comprenda por qué un diente de león la hace detenerse, sonreír o cambiar de dirección. Pero, si el momento es el adecuado y está dispuesta a escuchar, ese pequeño detalle puede convertirse en el susurro que su corazón necesita.

Miré nuevamente el valle.

Comenzaba a comprender que incluso la más pequeña de las flores podía convertirse en un lenguaje entre el cielo y la Tierra.

Y sentí que estaba un paso más cerca de comenzar la misión para la que había sido preparada desde mucho antes de nacer.