Umbral del Ser Capítulo 4
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Capítulo 4

Eleazar esperó unos instantes antes de comenzar a hablar. Su voz transmitía la tranquilidad de quien había repetido aquellas palabras miles de veces y, aun así, seguía pronunciándolas con el mismo respeto.

—Lea, muchas almas llegan aquí creyendo que este lugar es un descanso eterno. En parte lo es. Tendrás momentos de paz, de reencuentros y de profunda restauración. Pero el Umbral del Ser también es un lugar de servicio.

Lo escuché con atención.

—La espera en este plano es activa. Ninguna experiencia vivida se desperdicia. Todo lo que aprendiste durante tu paso por la Tierra puede convertirse ahora en ayuda para otras almas.

Comenzamos a caminar lentamente por un amplio corredor abierto hacia los jardines.

—Hay personas que, al morir, ni siquiera comprenden que han dejado el Sendero Mortal. Permanecen aferradas a sus antiguas casas, a sus pertenencias o a los lugares donde sufrieron, incapaces de aceptar que su experiencia humana ha terminado. Algunas permanecen así durante mucho tiempo, encerradas en su propia confusión. Nuestra tarea es ayudarlas a despertar y conducirlas hasta aquí.

Asentí en silencio.

Jamás había imaginado que algo así pudiera ocurrir.

—También existen almas que todavía viven en la Tierra y necesitan ayuda. Hay niños que nacen con misiones muy especiales y reciben la protección constante de un ángel. Otras personas atraviesan momentos de tanto dolor que, cuando claman con sinceridad por ayuda, varios servidores son enviados para sostenerlas, fortalecerlas o inspirarlas sin que ellas lleguen siquiera a comprender lo que está ocurriendo.

Aquellas palabras despertaron recuerdos de muchas noches en las que yo misma había sentido una paz inesperada después de orar.

Eleazar pareció leer mis pensamientos.

—Sí, Lea. Más de una vez también fuiste ayudada.

Continuó caminando.

—Existen además los escribas. Son almas encargadas de registrar con absoluta fidelidad la vida de los seres humanos que les son confiados. Algunos registran sus pensamientos. Otros sus palabras. Otros sus acciones. Ningún registro existe para condenar, sino para ayudar a cada alma a comprender con total claridad el camino que ha recorrido cuando llega el momento de revisar su experiencia mortal.

Permanecí varios segundos en silencio.

Cada respuesta parecía abrir diez preguntas nuevas.

Eleazar sonrió.

—Y esto es apenas una pequeña parte del trabajo que se realiza aquí.

Se detuvo frente a una amplia escalinata y dirigió la mirada hacia una mujer que esperaba unos metros más adelante.

—Antes de pensar en cuál será tu primera función, quiero presentarte a alguien muy importante.

La mujer comenzó a acercarse.

Su rostro me resultaba completamente desconocido y, al mismo tiempo, despertaba una extraña sensación de cercanía.

Eleazar sonrió.

—Lea... ella es Lauren.

La mujer no esperó a que dijera nada más.

Corrió hacia mí y me abrazó con una emoción imposible de ocultar. Sentí sus brazos rodeándome con un cariño inmenso mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Cuánto esperé este momento... —susurró con la voz quebrada.

Me aparté apenas unos centímetros para mirarla a los ojos.

Ella sonreía y lloraba al mismo tiempo.

—Ha sido un verdadero privilegio acompañarte durante todo tu Sendero Mortal. También un enorme aprendizaje para mí.

La observé sin comprender.

—¿Acompañarme?

Lauren asintió.

—Soy tu ángel protector.

Sentí que el alma se estremecía.

—Deberías haberme reconocido apenas cruzaste el Umbral, pero Leda me pidió un regalo muy especial. Quería ser ella quien te recibiera después de tantos años de espera... y todos estuvimos de acuerdo.

No supe qué decir.

Solo pude abrazarla nuevamente.

Pensé en todas aquellas veces que había creído estar completamente sola. En los peligros que nunca llegué a conocer. En las decisiones que cambiaron el rumbo de mi vida sin que pudiera explicar por qué había elegido un camino y no otro.

Lauren había estado allí.

Siempre.

Eleazar contempló la escena con una sonrisa serena.

—Ha sido una jornada muy intensa para ti. Has recuperado recuerdos, has comprendido muchas cosas y aún queda mucho por descubrir.

Después miró a Lauren.

—Llévala a su lugar de descanso. Mañana comenzaremos a mostrarle el Umbral con mayor profundidad.

Lauren tomó mi mano con una ternura inmensa.

—Ven, Lea. Hay un lugar preparado especialmente para ti.

La seguí en silencio.

Mientras nos alejábamos, comprendí que mi vida humana había terminado, pero que mi historia apenas acababa de abrir un nuevo capítulo.

***

Lauren y yo comenzamos a caminar por un sendero rodeado de árboles y flores silvestres. El silencio entre nosotras era cómodo, como el de dos personas que ya se conocen desde hace mucho tiempo y no necesitan llenar cada instante con palabras.

Sin embargo, mi curiosidad era demasiado grande.

—Lauren... ¿De verdad estuviste conmigo durante toda mi vida?

Ella sonrió.

—Desde el primer instante.

La miré con asombro.

—Entonces... hubo momentos en los que sentí que alguien me protegía... ¿eras tú?

Asintió lentamente.

—Muchas veces.

Guardé silencio unos segundos antes de atreverme a preguntar aquello que tanto deseaba saber.

—Hubo ocasiones en las que mi vida estuvo en peligro y, de alguna manera que nunca pude explicar, todo terminó bien. ¿Qué ocurrió realmente?

Lauren bajó la mirada con una sonrisa serena.

—Más de una vez temí por ti, Lea. Hubo decisiones que podían conducirte por caminos muy difíciles. Siempre respeté tu libertad, porque el albedrío es sagrado, pero dentro de lo que me estaba permitido hacer intenté persuadirte. A veces una intuición que aparecía de repente era una inspiración. Otras veces un pensamiento insistente que te invitaba a detenerte. En ocasiones fueron sueños. ¿Recuerdas aquellos sueños tan claros que parecían dejarte un mensaje?

Asentí emocionada.

Los recordaba perfectamente.

—También estuve contigo cuando llorabas creyendo que nadie podía verte. Hubo noches en las que te sentabas sola, convencida de que habías perdido el rumbo, y yo permanecía a tu lado mientras orabas en silencio.

Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.

—¿También podía sentirte?

—No de la manera en que ahora puedes verme. Pero muchas veces esa paz que llegaba después de tanto llorar... también era parte de mi compañía.

Continuamos caminando.

Lauren respiró profundamente antes de continuar.

—Y hubo momentos mucho más difíciles. Lucio nunca dejó de interesarse por las almas luminosas. En varias ocasiones algunos de los suyos intentaron acercarse para influenciar tus pensamientos, alimentar tus miedos o aprovechar tus heridas. No podían obligarte a hacer nada, porque tu libertad siempre fue respetada. Pero sí podían intentar seducirte hacia la desesperanza.

La observé con atención.

—¿Y tú?

—Yo los enfrentaba. Nunca sola. Siempre junto a otros servidores cuando era necesario. Nuestra tarea era proteger el espacio que nos correspondía proteger, sin interferir jamás con tus decisiones.

Sentí un profundo agradecimiento.

Toda mi vida había creído caminar sola.

Ahora comprendía que nunca había sido así.

El sendero comenzó a ascender suavemente hasta llegar a la cima de una colina.

Al levantar la vista me detuve por completo.

Frente a nosotros se alzaba un hermoso palacio construido con una piedra clara que reflejaba la luz de aquel lugar. Grandes columnas sostenían amplias galerías abiertas hacia los jardines. Desde allí podían verse valles interminables, montañas, cascadas y campos cubiertos de flores que parecían extenderse hasta el horizonte.

Era uno de los lugares más hermosos que había contemplado.

Lauren sonrió al ver mi expresión.

—Este será tu lugar de descanso mientras permanezcas en el Umbral.

No podía apartar la mirada.

Todo transmitía una paz imposible de describir.

—Vendré a visitarte dentro de unos días para saber cómo te estás adaptando y para acompañarte cuando llegue el momento de comenzar tus primeras tareas. Pero ahora creo que necesitas disfrutar de este lugar.

Asentí emocionada.

Lauren tomó mis manos por última vez.

—Bienvenida a casa, Lea.

Nos abrazamos con cariño y comenzó a alejarse por el sendero.

Permanecí unos segundos contemplando el paisaje hasta que escuché un sonido conocido detrás de mí.

Me giré lentamente. Tres figuras corrían hacia mí a toda velocidad. No necesité un solo instante para reconocerlas.

—¡Miyi!

Mi pequeña gata fue la primera en llegar. Saltó directamente a mis brazos mientras comenzaba a ronronear con la misma intensidad de siempre.

Detrás de ella aparecieron Violeta y Ámbar.

Corrían felices, moviendo la cola con una alegría contagiosa. Se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo y terminé arrodillada entre risas y lágrimas mientras las tres intentaban llenarme el rostro de besos.

Las abracé con toda la fuerza de mi alma.

—¡Mis amores...!

Ellas me rodeaban sin dejar de mirarme, como si jamás hubiera pasado el tiempo.

Y entonces comenzaron a regresar los recuerdos.

Miyi durmiendo sobre mis piernas mientras hacia la tarea de la escuela durante largas tardes de invierno.

Violeta corriendo libre por el campo persiguiendo mariposas.

Ámbar esperándome cada tarde junto a la tranquera cuando regresaba a casa.

Las caminatas por las sierras. Las tardes de jardín. Las noches de tormenta, cuando buscaban refugio junto a mí.

Comprendí que el amor que habíamos construido durante tantos años tampoco había terminado con la muerte. Ellas también me habían estado esperando. Las abracé una vez más, con el corazón desbordado de felicidad.

Reí con la misma libertad con la que alguna vez lo hice en la Tierra. Había comenzado una nueva existencia. Y, aun así, el amor seguía encontrando la manera de recibirme primero.