Capítulo 3
Lo primero que llamó mi atención fue el paisaje. Esperaba encontrar un lugar desconocido, difícil de comprender. En cambio, frente a mí se extendía un inmenso jardín. Era un campo amplio y sereno, cubierto de flores de todos los colores que imaginaba y de muchos otros que jamás había visto sobre la Tierra. Una brisa suave recorría el lugar haciendo danzar los pétalos, mientras una luz cálida lo envolvía todo sin que pudiera distinguir de dónde provenía.
Permanecí en silencio contemplándolo. Había paz. Una paz tan profunda que parecía abrazar el alma.
Leda sonrió al observar mi reacción.
—Bienvenida al Umbral del Ser, Lea.
Pronunció aquellas palabras con una serenidad que me hizo comprender que acabábamos de cruzar hacia un lugar completamente distinto al Sendero Mortal.
Caminamos lentamente entre los senderos floridos. Todo parecía vivo. No solo las flores o los árboles. El propio aire transmitía una sensación de armonía imposible de explicar.
—Debo confesarte algo —dijo Leda mientras continuábamos avanzando—. Esto no es algo que acostumbre hacer.
La miré con curiosidad.
—Pedí un permiso especial a nuestro padre, Eloy. Quería ser yo quien te acompañara durante esta transición.
La emoción llenó mi pecho.
—¿Lo hiciste por mí?
Ella asintió.
—Te observé durante toda tu experiencia humana. Vi cada una de tus alegrías, tus luchas, tus pérdidas y también las veces que sentiste que ya no podías continuar. Me sentí profundamente orgullosa al verte levantarte una y otra vez. Muchas de las virtudes que cultivaste mientras aprendías en el Reino florecieron durante tu vida en la Tierra, aun cuando no recordabas de dónde provenían.
Bajé la mirada emocionada.
Durante toda mi vida había sentido que avanzaba a ciegas.
Ahora comprendía que nunca había estado sola.
Leda tomó mi mano con afecto.
—Has hecho un gran trabajo, Lea. Pero tu existencia no termina aquí. Al igual que en el Reino y durante el Sendero Mortal, ahora comienzan nuevos desafíos. Y necesitarás la misma fortaleza que tantas veces demostraste.
Continuamos caminando algunos metros en silencio hasta que su expresión se volvió más seria.
—Hay algo importante que debes recordar. La maldad de Lucio y de quienes decidieron seguirlo continúa extendiéndose sobre todos los mundos.
Sentí un estremecimiento.
Aquel nombre despertaba recuerdos que todavía permanecían incompletos.
—Durante tu experiencia humana, el velo del olvido también cumplía una función de protección. Tú y las demás personas no podían ver con sus propios ojos a Lucio ni a quienes trabajan para él. Su influencia existía, pero permanecía oculta para la mayoría de las almas encarnadas.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Aquí es diferente.
La miré en silencio.
—En este plano podrás ver aquello que antes permanecía invisible. Comprenderás con mayor claridad el conflicto que existe desde hace mucho tiempo y el papel que muchas almas desempeñan en él.
No sentí miedo.
Solo una profunda responsabilidad.
Leda volvió a sonreír.
—No todo será trabajo. Has llegado hasta aquí después de una larga experiencia humana y eres merecedora de un tiempo de descanso. Existe un lugar preparado especialmente para ti y muy pronto podrás conocerlo. Pero también debes saber que esperamos seguir contando contigo.
La observé con atención.
—Cada alma que llega al Umbral posee dones, conocimientos y experiencias que pueden ponerse al servicio de los demás. Con el tiempo se te asignarán distintas funciones. Algunas serán sencillas. Otras exigirán todo aquello que aprendiste antes de nacer y durante tu paso por la Tierra.
Sentí que algo dentro de mí despertaba con entusiasmo.
Era una sensación extraña.
No se parecía al cansancio con el que había terminado mi vida humana.
Se parecía más al deseo de volver a ser útil.
Leda se detuvo y me miró con la misma ternura con la que tantas veces me había enseñado en el Reino.
—Dime, Lea... ¿te sientes preparada para todo lo que viene? ¿Estás lista para que te lleve ante mi hermano Eleazar? Él es quien dirige todas las funciones administrativas del Umbral del Ser y será el encargado de orientarte en esta nueva etapa.
Respiré profundamente, aunque ya no necesitara hacerlo.
Miré una vez más aquel inmenso jardín que acababa de recibir mis primeros pasos y sentí una paz difícil de describir.
Después sonreí.
—Sí, Leda.
Mi respuesta nació sin una sola duda.
—Estoy lista. Quiero ayudar. Quiero servir en todo aquello que sea necesario.
Leda sonrió con orgullo.
—Sabía que esa sería tu respuesta.
Y juntas continuamos caminando hacia el lugar donde una nueva etapa de mi existencia estaba a punto de comenzar.
***
Seguimos caminando durante un largo rato. A cada paso el paisaje parecía volverse aún más extraordinario. Jamás había contemplado una belleza semejante. Montañas imponentes se elevaban en el horizonte, cubiertas por una vegetación exuberante que parecía brillar con luz propia. Entre ellas descendían cascadas cristalinas que alimentaban pequeños ríos de aguas transparentes. Los valles se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cubiertos de flores de innumerables especies y colores. Algunas me resultaban familiares; otras jamás habían existido en la Tierra.
Todo transmitía vida.
No era únicamente hermoso. Era perfecto.
—Cada lugar de este mundo tiene un propósito —explicó Leda al notar mi asombro—. Con el tiempo conocerás muchos de ellos.
Continuamos avanzando hasta llegar a una gran construcción de piedra clara, rodeada por jardines y senderos perfectamente cuidados. No era un palacio ni un templo. Su arquitectura transmitía solidez, orden y serenidad al mismo tiempo.
Al acercarnos, un hombre salió a recibirnos.
Su sola presencia imponía respeto.
Era alto, de mirada firme y profundamente serena. No inspiraba temor, sino una autoridad que nacía de la sabiduría y de la experiencia. Al verlo comprendí que muchas almas debían acudir a él buscando orientación.
Sus ojos se iluminaron apenas distinguió a Leda.
—Hermana...
Ella sonrió con afecto.
—Eleazar.
Se abrazaron con la naturalidad de quienes llevaban mucho tiempo sirviendo en lugares distintos, pero seguían profundamente unidos.
Después él dirigió su atención hacia mí.
—Bienvenida, Lea. Nos alegra mucho recibirte en el Umbral del Ser.
Incliné ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Gracias.
Eleazar volvió a mirar a Leda.
—¿Cómo están nuestros hermanos?
Leda sonrió.
—Trabajando como siempre.
Los tres reímos suavemente.
—Todos te envían un cariño muy especial. También para Booz, Laura, Samuel, Diana, Ariel y Victoria. Dicen que esperan poder reencontrarse con ustedes cuando las tareas lo permitan.
Eleazar asintió con una sonrisa tranquila.
—Diles que aquí también los recordamos con mucho afecto. El servicio nos lleva por caminos distintos, pero seguimos siendo una sola familia.
Mientras los escuchaba conversar, algo comenzó a despertar dentro de mí.
Aquellos nombres...
No me resultaban desconocidos.
Cerré los ojos apenas un instante y los recuerdos comenzaron a regresar con una intensidad inesperada.
Recordé el Reino de la Eterna Existencia.
Recordé a mis maestros.
Recordé a Selah enseñándome con infinita paciencia. Recordé a Hannah, a Abigail, a Zakariel y a tantos otros con quienes había aprendido antes de comenzar mi experiencia humana.
Pero aquellos nombres eran diferentes.
Booz.
Laura.
Samuel.
Diana.
Ariel.
Victoria.
Jamás había aprendido con ellos.
Sin embargo, recordaba haberlos escuchado nombrar muchas veces mientras vivía en el Reino.
Sabía quiénes eran. O, al menos, sabía cuál era su misión. Fruncí levemente el ceño, intrigada.
—Leda... —pregunté en voz baja—. No recuerdo haber conocido a esos maestros.
Ella me miró con ternura.
—Porque nunca fueron tus maestros.
Guardó un breve silencio antes de continuar.
—Ellos sirven aquí, en el Umbral del Ser. Mientras tú y muchas otras almas nos preparábamos en el Reino para la experiencia humana, ellos ya desempeñaban distintas funciones en este lugar. Algún día conocerás sus historias. Descubrirás que, al igual que todos nosotros, también recorrieron un largo camino antes de llegar hasta aquí.
Miré nuevamente a Eleazar.
Comprendí entonces que estaba entrando en un mundo completamente nuevo.
El Reino de la Eterna Existencia seguía existiendo.
Pero el Umbral del Ser tenía sus propios servidores, sus propios desafíos y una misión que apenas comenzaba a descubrir.
Y, de alguna manera que todavía no alcanzaba a comprender, ahora yo también formaría parte de todo aquello.
***
Leda y yo permanecimos unos instantes más junto a la entrada del gran edificio. Sabíamos que había llegado el momento de despedirnos. La observé con una mezcla de gratitud y nostalgia. Apenas había vuelto a encontrarla y ya debía continuar otro camino.
Ella tomó mis manos entre las suyas y sonrió con esa serenidad que siempre la había caracterizado.
—Volveremos a vernos, Lea. Este no es un adiós. Solo el comienzo de una nueva etapa.
Asentí, intentando guardar en mi corazón cada una de sus palabras.
—Gracias por venir a buscarme.
Leda acarició suavemente mis manos.
—No podía permitir que otra persona te acompañara. Se lo pedí especialmente a nuestro padre Eloy... y él comprendió cuánto significaba para mí recibirte.
Sentí que la emoción volvía a llenar mi alma.
Antes de marcharse, su expresión se volvió aún más cálida.
—Hay algo más que debo decirte.
Esperé en silencio.
—Eloy me pidió especialmente que te transmitiera este mensaje. Quería que nunca lo olvidaras, sin importar todo lo que vivirás a partir de ahora.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Me pidió que te recordara que eres una hija profundamente amada del Reino. Que nunca has dejado de serlo. Que tanto él como nuestra madre Edén te aman con todo su corazón y que jamás dejaron de acompañarte, incluso durante los momentos en que te sentiste más sola.
Aquellas palabras atravesaron mi alma como un rayo de luz.
De pronto comenzaron a regresar incontables recuerdos.
Me vi en la Tierra, durante noches de profundo dolor, mirando el cielo sin saber a quién dirigía mis oraciones. Recordé las veces que, agotada, había cerrado los ojos pidiendo ayuda a una fuerza que no sabía nombrar. Recordé las ocasiones en que me sentí completamente perdida y, aun así, una paz inexplicable terminaba envolviéndome.
Entonces comprendí.
Nunca había sido una fuerza desconocida.
Era el eco de un amor que mi alma jamás había olvidado por completo.
Aunque mi mente humana no pudiera recordarlo, existía dentro de mí una memoria mucho más antigua. La memoria de un Reino que me había visto nacer. De un Padre y una Madre que nunca dejaron de amarme. De hermanos, maestros y amigos que habían seguido cada uno de mis pasos con la paciencia de quien sabe que toda alma necesita recorrer su propio camino.
Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.
No eran lágrimas de tristeza.
Eran lágrimas de reencuentro.
Leda sonrió emocionada.
—Ahora lo recuerdas.
Asentí lentamente.
—Sí... ahora entiendo por qué, incluso en los días más oscuros de mi vida, nunca perdí del todo la esperanza.
Ella apoyó una mano sobre mi mejilla.
—Porque el amor del Reino siempre encontró la manera de llegar hasta ti.
Nos abrazamos una vez más.
Esta vez no hubo nostalgia.
Solo la certeza de que volveríamos a encontrarnos.
Leda dio unos pasos hacia atrás y me regaló una última sonrisa antes de emprender el camino de regreso.
Permanecí observándola hasta que su figura desapareció entre los jardines del Umbral.
Entonces respiré profundamente y volví la mirada hacia Eleazar.
Mi vida en el Sendero Mortal había terminado.
Y, por primera vez desde que desperté, sentí que también había regresado una parte de mí que creía perdida para siempre.