Capítulo 2
No pasó mucho tiempo antes de que otro vehículo se detuviera frente a la cabaña. Pablo bajó casi sin detener el motor. Caminaba con paso apurado, como quien aún conserva la esperanza de que todo sea un error. A su lado venía Ron, su hijo de diez años, completamente confundido por el llanto de los adultos.
Mi hijo cruzó la puerta y, al verme sobre la cama, toda esperanza desapareció de su rostro.
Se acercó lentamente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observándome en silencio. Después cayó de rodillas junto a la cama y tomó una de mis manos entre las suyas.
—Mamá... —susurró con la voz quebrada.
Apoyó la frente sobre mis dedos y comenzó a llorar como hacía muchos años no lo veía llorar.
—Gracias... gracias por todo el amor que nos diste. Gracias por enseñarme tanto... por estar siempre... por no dejarme sentir solo nunca.
Respiró hondo intentando contener las lágrimas, pero fue inútil.
—Has sido un ejemplo para mí en tantas cosas... Ojalá pueda honrar todo lo que me enseñaste. Ojalá algún día mis hijos hablen de mí con el mismo orgullo con el que yo voy a hablar siempre de ti.
Sentí que una emoción inmensa me envolvía.
Quise acariciar su cabello como tantas veces lo había hecho desde niño, pero mi mano volvió a atravesarlo sin que él pudiera percibir mi presencia.
Entonces los recuerdos comenzaron a aparecer uno tras otro.
Vi al pequeño Pablo dando sus primeros pasos , mientras yo lo esperaba con los brazos abiertos. Recordé las noches en que el miedo a las tormentas lo llevaba hasta mi habitación buscando refugio. Las tardes en que preparábamos tortas juntos mientras él terminaba con harina hasta en las pestañas. Sus preguntas interminables sobre el mundo y aquella dulzura que siempre lo distinguió de sus hermanos.
Con los años esa ternura no desapareció.
Solo creció.
Se convirtió en un hombre noble, amable, de esos que saludan con una sonrisa sincera, que escuchan antes de hablar y que encuentran tiempo para cuidar de los demás aun cuando la vida también les exige lo suyo.
Siempre había sentido un orgullo inmenso por mis tres hijos.
Pero el menor conservaba intacta esa sensibilidad que tantas veces había reconocido en él desde que era apenas un niño.
Sonreí entre lágrimas.
No porque creyera que había sido una madre perfecta.
Sino porque, al mirar a Pablo, comprendía que, pese a todos mis errores, había logrado sembrar amor.
Y ninguna siembra es más valiosa que esa.
***
La llegada de David fue distinta. No entró llorando. Entró en estado de shock.
Sus pasos eran lentos, inseguros, como si una parte de él se negara a aceptar lo que todos los demás ya sabían. Apenas cruzó la puerta, buscó con la mirada a Pablo.
—No... —repitió varias veces moviendo la cabeza—. No puede ser...
Pablo se acercó enseguida y lo abrazó con fuerza.
—Tranquilo... mamá va a estar bien.
Sabía que no hablaba del cuerpo que descansaba en la habitación. Hablaba de mí. De mi alma. Era la única forma que encontró de sostener a su hermano en medio de aquel dolor.
David respiraba con dificultad.
—No entiendo... —dijo entre lágrimas—. Mamá estaba bien... tenía salud... ¿Qué pudo haber pasado? No puede ser... no puede ser...
Pablo no respondió. Simplemente continuó abrazándolo mientras David intentaba encontrar una explicación donde ya no la había.
Cuando por fin reunió el valor suficiente para entrar en la habitación, el silencio se hizo aún más profundo.
Se acercó despacio hasta la cama.
Durante unos segundos se quedó inmóvil contemplando mi rostro, como si esperara que en cualquier momento abriera los ojos y le sonriera.
Después se quebró.
Se arrodilló junto a mí y apoyó una mano sobre mi mejilla.
—Perdón... —susurró con la voz completamente rota—. Perdóname, mamá.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que intentara detenerlas.
—Perdón por haberte dejado sola tantas veces... Perdón por no haber venido más... Perdón por pensar siempre que todavía teníamos tiempo.
Sentí que aquellas palabras nacían de un lugar muy profundo.
Y comprendí inmediatamente de dónde venían.
David nunca me había querido menos.
Simplemente había dedicado gran parte de su vida a cuidar de Francisco, su padre. Había estado pendiente de sus necesidades, de su salud, de sus momentos difíciles. Siempre creyó que yo estaba bien, que era fuerte, que podía esperar un poco más.
Y ahora esa fortaleza que tantas veces vio en mí se había convertido, injustamente, en motivo de culpa.
Me acerqué hasta él.
Me arrodillé a su lado, aunque sabía que no podía verme.
Observé su rostro lleno de lágrimas y sentí el mismo impulso que había sentido cuando era niño y se lastimaba jugando en el campo.
Quise abrazarlo.
Quise secar su llanto.
Quise decirle que nunca había estado decepcionada de él.
Incliné mi rostro hacia el suyo y, aunque sabía que mis palabras no llegarían a sus oídos, se las regalé igualmente.
—Te amo, hijo.
Mi voz era apenas un susurro.
—Quiero que estés en paz.
Acaricié su cabello con una mano que él no podía sentir.
—Nunca me dejaste sola. Viviste haciendo lo mejor que pudiste con el corazón que tenías. Yo siempre lo supe.
David continuó llorando sobre mi pecho inerte.
Pero, por un instante, tuve la extraña sensación de que su respiración se serenaba apenas un poco.
Quizá no podía escuchar mis palabras. Quizá no podía sentir mis manos.
Pero el amor... El amor siempre encuentra caminos que el cuerpo no necesita para hacerse presente.
***
Las horas transcurrieron con una calma extraña hasta que llegó el momento del funeral.
Caminé junto a la mujer de blanco sin alejarme demasiado de quienes amaba. A medida que nos acercábamos, comprendí que aquella despedida no era solo para mi familia. Había muchas personas que habían decidido regalarme unos minutos de su tiempo para decir adiós.
Observé cada rostro con detenimiento.
Algunos habían formado parte de mi vida durante décadas. Otros solo habían compartido conmigo un tramo del camino. Había vecinos, amigos, antiguos compañeros, personas con las que alguna vez trabajé y otras a quienes apenas había conocido. Sin embargo, todas estaban allí.
Sentí una inmensa gratitud.
Nunca imaginé cuánto cariño había sembrado sin darme cuenta.
Mi mirada se detuvo sobre los innumerables ramos de flores que rodeaban el féretro. Había tulipanes de todos los colores, jazmines cuyo perfume parecía abrazarlo todo y delicadas rosas que llenaban el ambiente de una belleza serena. Sonreí. Cualquiera que hubiera entrado en aquel lugar habría sabido, sin necesidad de preguntar, cuáles habían sido mis flores favoritas.
También vi llegar a muchos de mis lectores.
Algunos llevaban uno de mis libros entre las manos. Otros abrazaban a mis hijos o permanecían en silencio junto a ellos. Escuché historias que jamás había sabido que existían. Personas que contaban cómo una novela las había acompañado durante un duelo, cómo una frase les había devuelto la esperanza o cómo mis personajes se habían convertido en compañía durante noches difíciles.
Comprendí que escribir siempre había sido mucho más que publicar libros.
Había sido una forma de abrazar personas que nunca llegué a conocer.
Después busqué a mi familia.
Allí estaban mis nueve nietos.
Los contemplé uno por uno intentando grabar sus rostros en mi memoria.
Grecia permanecía abrazada a David con esa fortaleza tranquila que siempre la había caracterizado. Qué mujer extraordinaria había encontrado mi hijo. Noble, generosa y profundamente amorosa. A su alrededor estaban sus cuatro hijos: Esteban, Gerónimo, Jonatán y la pequeña Etelvina, cuya dulzura iluminaba cualquier lugar al que llegaba.
Un poco más allá estaban Daniel y Emma, sosteniéndose mutuamente mientras Evan y Chloe permanecían abrazados a ellos sin comprender del todo por qué los adultos lloraban tanto.
También vi a Pablo junto a Vera. Ella acariciaba el cabello de Astor mientras Liam sostenía la mano de Ron con una madurez que me enterneció profundamente.
Los observé durante largos minutos.
Nueve pequeños corazones.
Nueve nuevas historias que continuarían cuando la mía ya hubiera terminado.
Entonces mi mirada encontró a Francisco.
El tiempo había dejado huellas profundas en su rostro. Caminaba despacio, apoyándose con discreción mientras pasaba un brazo sobre los hombros de David y luego de Pablo. Después abrazó a Daniel y permaneció junto a sus nietos, intentando sostener a todos cuando él mismo apenas conseguía sostenerse.
Lo seguí con la mirada hasta que llegó junto a mi féretro.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después apoyó una mano temblorosa sobre la madera y bajó la cabeza.
Cuando habló, apenas pude reconocer aquella voz que había acompañado tantos años de mi vida.
—Perdóname, Jazmín...
Las lágrimas comenzaron a caer sin que intentara ocultarlas.
—Gracias por la familia tan hermosa que me regalaste. Gracias por nuestros hijos... por nuestros nietos... por cada momento que compartimos.
Respiró con dificultad antes de continuar.
—Perdóname por no haberte sabido cuidar. Perdóname por no haberte valorado como merecías mientras todavía podía decírtelo.
Sentí un profundo nudo en el alma.
Me acerqué hasta él despacio.
Observé aquel hombre que también había envejecido conmigo, con quien compartí sueños, errores, silencios, alegrías y heridas. Ninguna historia de amor es perfecta. La nuestra tampoco lo había sido. Habíamos aprendido a vivir, muchas veces, al mismo tiempo que intentábamos aprender a amarnos.
Me habría gustado tomar su rostro entre mis manos, como tantas veces hice cuando era más joven.
En cambio, solo pude susurrar:
—Ya estás perdonado, Francisco.
Una brisa suave atravesó el salón y movió levemente algunos pétalos de jazmín que descansaban junto a mi féretro.
No supe si alguien más lo notó.
Pero, por primera vez desde que había despertado en el Umbral, comprendí que el amor verdadero nunca termina con la muerte.
Solo aprende una nueva forma de permanecer.
***
Cuando el cementerio comenzó a quedarse en silencio y las últimas personas se marcharon, permanecí junto a mi tumba observando cómo el sol descendía lentamente detrás de las sierras. Pensé que todos se habían ido, pero unos minutos después vi regresar a Daniel. Esperó a que el último automóvil desapareciera por el camino y se acercó despacio. Se sentó frente a mi tumba, sobre el césped aún húmedo, y permaneció largo rato en silencio, contemplando mi nombre grabado en la piedra.
Finalmente respiró hondo y habló.
—No sé cómo hacer esto, mamá... No puedo imaginar un mundo donde tú no estés.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras acariciaba la tierra recién removida.
—Siempre sentí que me conocías mejor que nadie. Antes de que hablara, tú ya sabías lo que me pasaba. Antes de que necesitara ayuda, tú ya estabas ahí. Nunca tuve que explicarte quién era... porque sentía que tú me conocías desde siempre.
Aquellas últimas palabras despertaron algo muy profundo dentro de mí.
Desde siempre.
Cerré los ojos y un recuerdo comenzó a desplegarse con una claridad absoluta. Ya no estaba en la Tierra. Caminaba por los inmensos jardines del Reino de la Eterna Existencia junto a un joven de mirada luminosa. Conversábamos durante horas. Yo lo guiaba en sus aprendizajes, respondía sus preguntas y celebraba cada nuevo descubrimiento. Lo quería profundamente.
Entonces recordé su nombre.
Dan.
Mi corazón se estremeció. Daniel... antes de ser mi hijo, había sido Dan, un alma a la que había acompañado durante su formación en el Reino. Y otro recuerdo apareció inmediatamente. Ambos contemplábamos el sendero que nos conduciría a la experiencia humana cuando conocimos las vidas que viviríamos en la Tierra.
—¿Serás mi madre? —me preguntó con una sonrisa imposible de olvidar.
Asentí emocionada.
Nunca olvidaré la felicidad con la que corrió a abrazarme.
—¡Entonces volveremos a encontrarnos!
—Sí —le respondí mientras lo abrazaba con fuerza—. Volveremos a encontrarnos.
Sabíamos que al cruzar al Sendero Mortal olvidaríamos ese instante. También sabíamos que el amor encontraría la forma de reconocerse una vez más.
Abrí lentamente los ojos y contemplé a Daniel llorando frente a mi tumba. Comprendí por qué, desde el mismo instante en que lo sostuve por primera vez entre mis brazos, había sentido que conocía aquella alma desde mucho antes de haberla visto nacer.
—Ya comienzas a ver con mayor claridad.
La voz hizo que girara lentamente.
La mujer vestida de blanco seguía a mi lado, pero ya no era una figura difusa. Su luz continuaba envolviéndola, aunque ahora podía distinguir con absoluta nitidez su rostro. Sentí que el alma se me llenaba de alegría.
—Leda...
Ella sonrió con la ternura de quien espera durante años un reencuentro largamente anhelado.
—Bienvenida, querida Lea.
Corrí hacia ella sin pensarlo. Nos abrazamos con una emoción que ninguna palabra humana podría describir. No era el abrazo de dos personas que volvían a verse. Era el abrazo de una maestra y su discípula, de dos almas que se conocían desde antes del tiempo.
Cuando nos separamos, tomó mi mano con la misma dulzura con la que tantas veces lo había hecho durante mi preparación en el Reino. Miré por última vez hacia la Tierra. Daniel se alejaba lentamente para reunirse con sus hermanos. Sonreí en paz. Sabía que volveríamos a encontrarnos cuando llegara el momento.
Leda apretó suavemente mi mano.
—Ven, Lea. El Sendero Mortal ha terminado. Ahora comienza una nueva etapa de tu existencia.
Asentí sin volver la vista atrás.
Y juntas cruzamos el Umbral del Ser.