Capítulo 1
Lo primero que percibí no fue una imagen, sino un aroma. Dulce, delicado, inconfundible. Jazmines. Respiré por instinto, aunque ya no necesitaba hacerlo, y busqué con la mirada el origen de aquel perfume. Sobre la cómoda, junto a la ventana, descansaba un pequeño ramo de flores blancas. Sonreí al reconocerlo. Lo había cortado yo misma la tarde anterior, cuando el sol comenzaba a esconderse. Recuerdo haber pensado que a la mañana siguiente abriría las ventanas para que el aire fresco llenara la habitación y el perfume de los jazmines me acompañara mientras comenzaba un nuevo día. Nunca imaginé que ese día no llegaría para mí.
Mi mirada descendió lentamente hasta encontrar mi cuerpo. Permanecía inmóvil sobre la cama, con una serenidad que nunca había visto en mi propio rostro. Me acerqué despacio y lo contemplé con una gratitud inesperada. Aquel cuerpo había sido mi hogar durante toda una vida. Había sentido el frío y el calor, el cansancio, la enfermedad, los abrazos, las lágrimas y la alegría. Había soportado cada una de mis batallas sin pedirme nada a cambio.
Observé mi cabello. Entre los mechones del color de siempre comenzaban a destacar algunos hilos plateados que durante mucho tiempo intenté ocultar y que, con los años, aprendí a aceptar con cariño. Eran el reflejo del tiempo vivido. Después miré mis manos, apoyadas con calma sobre el pecho. Las uñas seguían pintadas de rosa pastel, mi color favorito desde hacía tantos años. Sonreí. Siempre me había transmitido paz. Era un color sencillo, pero para mí representaba la ternura, la esperanza y la belleza de las cosas pequeñas.
Recorrí la habitación con la mirada. Todo permanecía exactamente donde debía estar: los libros sobre la mesa, la taza junto a la ventana, la manta doblada sobre el sillón y, frente a la cama, el cuadro de tulipanes que yo misma había pintado años atrás. Me acerqué a contemplarlo. Recordé aquella tarde mezclando una y otra vez los colores hasta encontrar el tono exacto de rosa que imaginaba para los pétalos. Nunca fui una gran artista, pero ese cuadro siempre consiguió regalarme tranquilidad. Quizá por eso nunca dejé de colgarlo en mi habitación.
—¿Cómo te sientes, Lea?
La voz llegó a mi lado con una dulzura que no despertó miedo alguno. Giré lentamente y vi, a pocos pasos de mí, una silueta femenina envuelta en una luz blanca. Sus contornos todavía eran difusos, como si perteneciera a un lugar que mis ojos apenas comenzaban a reconocer.
La observé durante unos segundos. Extrañamente, su presencia me resultaba familiar.
—Extraña —respondí con honestidad—. Muy extraña.
Guardé silencio un instante antes de añadir:
—Lo primero que recordé fue mi nombre... Lea.
Al pronunciarlo sentí que algo profundo encontraba nuevamente su lugar dentro de mí, como si siempre hubiera sido ese nombre el que realmente me pertenecía.
La figura pareció sonreír mientras su silueta adquiría un poco más de nitidez.
—¿Entiendes lo que está ocurriendo?
Volví la mirada hacia mi cuerpo y una certeza serena nació en mi interior.
—Sí... Creo que mi experiencia en el Sendero Mortal ha terminado.
No hubo miedo al decirlo. Solo una paz difícil de explicar.
La mujer asintió con suavidad.
—Así es. Pero antes de continuar, puedes despedirte de este hogar. Tómate el tiempo que necesites. Algunas despedidas también forman parte del camino.
Observé una vez más la habitación que había sido testigo de tantos momentos de mi vida. Cada rincón guardaba una historia, un recuerdo, una parte de mí. Sentí gratitud, pero ya no apego.
Asentí con una sonrisa serena.
—Me gustaría recorrerla una última vez.
La mujer extendió su mano. No para guiarme, sino para acompañarme.
Y juntas comenzamos el último recorrido por la casa que, durante tantos años, llamé hogar.
***
Le di una última mirada a la habitación antes de salir. La mujer de blanco caminaba a mi lado sin pronunciar una sola palabra. Su presencia era serena, casi imperceptible, como si comprendiera que aquel momento me pertenecía solo a mí.
Atravesamos la puerta principal y el aire fresco de la mañana volvió a envolverme con el perfume de la tierra húmeda y las flores. Mi casa... Mi pequeña cabaña de campo. Sonreí al contemplarla desde afuera. Durante tantos años había sido mucho más que una vivienda; había sido mi refugio, el lugar donde aprendí a disfrutar del silencio, donde escribí, lloré, soñé y encontré paz.
Las sierras rodeaban el paisaje con la misma majestuosidad de siempre. La brisa hacía bailar las copas de los árboles y las primeras luces del día comenzaban a iluminar cada rincón del campo. Todo seguía allí, exactamente igual que el día anterior, como si el mundo aún no supiera que para mí había terminado una etapa.
Mis pasos me llevaron hasta la huerta. Las hileras de lechugas, tomates, aromáticas y verduras crecían con la misma dedicación con la que las había cuidado durante años. Recordé tantas mañanas comenzando el día con las manos hundidas en la tierra, convencida de que pocas cosas hacían tanto bien al alma como sembrar algo y esperar pacientemente su tiempo para florecer.
Más allá, los rosales lucían cargados de flores. Siempre había pensado que las rosas eran caprichosas, pero cuando uno aprendía a entenderlas respondían con una generosidad inmensa. Sonreí al ver que también seguían allí las lavandas, las hortensias y decenas de plantas que había ido incorporando con los años hasta convertir el jardín en un pequeño refugio para mariposas y pájaros.
Levanté la vista hacia el fondo del campo.
A lo lejos distinguí a los caballos.
Pastaban con absoluta tranquilidad, ajenos a todo lo ocurrido durante la noche. Los había comprado años atrás para recorrer aquellas tierras que tanto amaba. Con el tiempo dejaron de ser solo míos. Mis hijos y, más tarde, mis nietos hicieron de ellos compañeros de aventuras. Cuántas tardes los vi regresar riendo, con las mejillas coloradas por el viento y el corazón lleno de libertad.
Sentí una profunda paz al saber que ellos seguirían disfrutando de aquel lugar.
Entonces un pensamiento cruzó mi mente.
Maite.
Miré hacia el camino de entrada casi por instinto. No debía faltar mucho para que llegara. Cada mañana aparecía con esa sonrisa enorme que parecía iluminar la casa antes incluso de abrir la puerta. Siempre decía que el campo tenía algo que la hacía respirar distinto.
Mi serenidad se quebró por primera vez.
Sentí un nudo en el alma al imaginar lo que estaba a punto de vivir. La vi llegar en mi mente, dejar las llaves sobre la mesa, llamarme sin obtener respuesta y caminar hasta mi habitación creyendo que todavía dormía.
La imaginé acercándose a la cama. Pronunciando mi nombre. Intentando despertarme una y otra vez. Y comprendiendo, poco a poco, que ya no iba a abrir los ojos.
—No... —susurré con tristeza—. Ojalá pudiera evitarle ese momento.
La mujer de blanco permaneció en silencio unos instantes antes de responder con una voz tan serena como el paisaje que nos rodeaba.
—Todos los que aman atraviesan una despedida, Lea. Nadie puede recorrer el Sendero Mortal sin conocer el dolor de decir adiós.
Volví a mirar la casa.
Comencé a tomar conciencia de que mi partida no solo era parte de mi proceso de existencia y tenía un efecto en mí.
También tendría un efecto grande sobre la existencia de quienes aún continuaban en el Sendero Mortal.
***
Maite llegó unos minutos después. La vi bajar de su pequeño automóvil tarareando una canción, como hacía casi todas las mañanas. Llevaba una bolsa con pan recién horneado y un ramo de flores silvestres que, seguramente, había cortado en el camino. Sonreí al verla. Durante tantos años había llenado aquella casa de conversaciones, risas y una calidez que iba mucho más allá de su trabajo.
Entró llamándome con la naturalidad de siempre.
—¿Señora?... ¿Ya está despierta?
No obtuvo respuesta.
La vi recorrer la cocina, dejar el pan sobre la mesada y caminar hacia mi habitación. Al principio sonrió, creyendo que aún dormía. Después frunció el ceño.
—Señora Jazmín... —dijo en un tono más bajo.
Se acercó despacio hasta la cama.
Todo ocurrió en cuestión de segundos. Su rostro perdió el color. La bolsa que llevaba en las manos cayó al suelo y el aire pareció escaparse de su pecho. Temblando, se inclinó sobre mi cuerpo e intentó despertarme una y otra vez.
—¡Jazmín!... ¡Jazmín, por favor!... ¡Despierta!
Corrí hacia ella por puro impulso.
—Maite... estoy aquí.
Me arrodillé a su lado y apoyé una mano sobre su hombro.
No reaccionó.
—Maite... mírame...
Intenté abrazarla. Intenté secar las lágrimas que comenzaban a correr por sus mejillas. Le hablé una y otra vez, convencida de que, si encontraba las palabras correctas, lograría tranquilizarla.
Pero mis manos atravesaban las suyas como si fueran aire. Mi voz nunca llegaba a sus oídos. Ella no podía verme. No podía escucharme. No podía sentirme.
Por primera vez desde que desperté, sentí frustración. No por haber muerto. Sino por descubrir que ya no podía consolar a quienes amaba.
La mujer vestida de blanco permanecía a unos pasos de distancia. No intervino. Comprendí que aquel descubrimiento también formaba parte del camino que debía recorrer.
El silencio de la casa comenzó a romperse con llamados telefónicos, pasos apresurados y voces que llegaban desde el exterior.
No pasó mucho tiempo hasta que otro automóvil se detuvo frente a la cabaña.
Emma.
La reconocí apenas cruzó el portón.
Bajó casi corriendo, con los ojos inundados de lágrimas. Al entrar en la habitación, su mirada buscó la mía por un instante, como si una parte de ella todavía esperara encontrarme de pie para decirle que todo era un malentendido.
Pero solo encontró mi cuerpo.
Se acercó lentamente hasta la cama y cayó de rodillas a mi lado.
Tomó mis manos entre las suyas.
Las acarició con una delicadeza infinita.
—Gracias... —susurró entre sollozos—. Gracias por haber sido mucho más que una suegra para mí. Gracias por quererme como una hija cuando más lo necesité.
Sentí que el corazón se me llenaba de una ternura inmensa.
Y, casi sin darme cuenta, un recuerdo floreció ante mis ojos.
Era el día de su boda.
Faltaban apenas unos minutos para que comenzara la ceremonia cuando la encontré escondida detrás del salón, sentada sobre el césped. Respiraba con dificultad y las lágrimas corrían por su rostro.
—No puedo hacerlo —me dijo entonces—. Siento que me falta el aire.
Me senté a su lado sin decir una palabra. Tomé sus manos entre las mías y respiré profundamente varias veces para que pudiera seguir mi ritmo.
—Mírame, Emma.
Esperó unos segundos.
—Respira conmigo.
Inhalamos.
Exhalamos.
Una y otra vez.
Poco a poco sus hombros dejaron de temblar. Su respiración recuperó la calma y el miedo comenzó a disiparse.
Cuando levantó la vista, volvió a sonreír.
—Gracias...
—No tienes que ser perfecta —le dije mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja—. Solo tienes que caminar hacia el hombre que amas.
Minutos después la vi avanzar por el pasillo con una serenidad completamente distinta.
Y ese día no sentí que mi hijo estuviera ganando una esposa. Sentí que yo también estaba recibiendo una hija.
Volví al presente mientras Emma seguía sosteniendo mis manos ya frías.
Sonreí.
Si había algo de lo que podía partir en paz, era de los vínculos que el amor había construido.
Porque la familia no siempre nace de la sangre. A veces nace, simplemente, de elegir permanecer.