Umbral del Ser
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Prólogo
He acompañado a muchas almas. He visto nacer mundos, abrirse senderos y concluir existencias. He contemplado el brillo de quienes partían llenos de entusiasmo hacia la experiencia humana y también las lágrimas de quienes regresaban creyendo haber fracasado.
Cada alma deja una huella distinta en el corazón de quienes tenemos el privilegio de prepararlas para su viaje.
Y hoy vuelvo a pensar en Lea.
La conocí mucho antes de que la Tierra pronunciara su nombre. Mucho antes de que respirara por primera vez, de que aprendiera a caminar, de que descubriera el amor, el dolor o la pérdida. La conocí cuando todavía habitaba el Reino de la Eterna Existencia, cuando su alma se preparaba con humildad y entusiasmo para atravesar el Sendero Mortal.
Recuerdo sus preguntas.
Su deseo constante de comprender.
Su sensibilidad.
Su anhelo de convertirse en una mujer fuerte sin perder la dulzura que siempre la distinguió.
Como una de sus maestras, tuve el honor de acompañarla durante su preparación. Vi cómo desarrollaba la paciencia cuando todo parecía exigir rapidez. Vi crecer en ella la compasión, la integridad, la fidelidad y la valentía. Aprendió que la verdadera fortaleza no consiste en vencer a los demás, sino en permanecer fiel a la luz incluso cuando el camino se vuelve oscuro.
Después llegó el momento más difícil para toda alma.
Olvidar.
Porque nadie puede vivir plenamente la experiencia humana recordando el hogar del que proviene. El olvido no es un castigo. Es el acto de confianza más grande que un alma puede ofrecer al propósito que ha elegido.
Y Lea aceptó ese desafío.
Descendió al Sendero Mortal llevando únicamente aquello que había logrado grabar en lo más profundo de su esencia. Lo demás quedó dormido, aguardando el momento oportuno para despertar.
Desde entonces la observé en silencio.
La vi crecer.
La vi reír.
La vi amar con una entrega que pocas almas poseen.
También la vi llorar cuando creyó que nadie la veía. La vi enfrentar pérdidas que parecían demasiado grandes para su corazón. La vi dudar de sí misma. La vi sentirse cansada. La vi preguntarse, una y otra vez, si realmente estaba haciendo lo correcto.
Y cada vez que caía...
Volvía a levantarse.
No porque fuera perfecta.
Sino porque nunca dejó de buscar el bien, incluso en medio de su propio dolor.
Eso es lo que distingue a las almas nobles.
No la ausencia de heridas, sino la decisión de no permitir que esas heridas apaguen la luz que llevan dentro.
Hoy su experiencia en el Sendero Mortal ha llegado a su fin.
Mientras el mundo despide a la mujer que conoció durante una vida, nosotros contemplamos con alegría el regreso de una hija muy amada.
Sus hermanos la extrañaron durante todo este tiempo.
Nuestros reyes, Eloy y Edén, siguieron cada uno de sus pasos con el mismo amor con el que un día la vieron partir. Nunca dejó de estar presente en nuestros pensamientos. Nunca dejó de formar parte de este Reino.
Porque aquí el amor no conoce la distancia.
Sin embargo, este no es el momento del reencuentro.
Aún no.
La existencia de Lea continúa.
Lo que ha vivido en la Tierra fue solo una parte del camino que libremente eligió recorrer. Ahora la esperan nuevos aprendizajes, nuevas responsabilidades y desafíos que pondrán a prueba todo aquello que cultivó durante su vida humana.
Tengo plena confianza en ella.
Sé de la mujer en la que se convirtió.
Pero, sobre todo, sé del alma que siempre ha sido.
Una guerrera de la luz.
Noble en sus intenciones.
Fiel a sus convicciones.
Valiente incluso cuando el miedo caminaba a su lado.
Por eso hoy no la recibo con tristeza.
La observo con el mismo orgullo con el que una maestra contempla a una discípula que ha honrado cada enseñanza, aun sin recordar que alguna vez la recibió.
Ve, querida Lea.
Camina sin temor.
Has cruzado el Sendero Mortal.
Ahora otro horizonte se abre ante ti.
Y mientras nosotros aguardamos con paciencia el día en que vuelvas a abrazarnos en el Reino de la Eterna Existencia, existe un lugar que ya ha comenzado a llamarte.
El Umbral del Ser te espera.
-Leda-