Capítulo decimosexto — El último periodo #2
Yo no busqué la cámara. Busqué la zona de familiares.
La encontré en medio segundo: Vera de pie sobre el asiento, con la bufanda de dinosaurios ondeando, gritando con los ojos cerrados y los dos puños arriba, y Cris a su lado, de pie también, aplaudiendo con las manos por encima de la cabeza y llorando sin disimulo.
Mi hija me vio buscarla, y me señaló con el dedo, y se señaló a sí misma, y alzó el stick imaginario: te he visto, papá.
Yo levanté el stick dos dedos. El saludo de los que se conocen de verdad.
Aguantamos los siete minutos que quedaban como se aguantan las catedrales: con todo el peso encima.
Los Titanes sacaron al portero a falta de dos, seis contra cinco, y el pabellón entero se puso en pie y no volvió a sentarse.
Bloqueé un tiro suyo con el muslo, el disco más fuerte que recibí en toda la temporada, un dolor que se llevó la respiración y me devolvió diez años; Kuba despejó el rebote; el portero atrapó el último disparo con el pecho, con veinte segundos, y no lo soltó, y los veinte segundos fueron los más largos de mi vida, más largos que los once meses de 2023, más largos que todas las esperas de todas las salas de resonancia.
Cuando la bocina sonó, no oí la bocina: oí el pabellón.
Mil cincuenta personas haciendo el ruido del alivio, que es el ruido más viejo del mundo, el de una comunidad entera soltando a la vez el aire que llevaba años guardando.
2-1. La serie era nuestra, 3-1, y los Árticos de Madrid estaban en la final de la liga, y el pabellón entero era una sola garganta.
En el hielo, antes de levantar el brazo a la grada, miré hacia la grada visitante, arriba, donde sabía que estaba él.
Tata, con el abrigo gris, de pie entre los pocos aficionados de Barcelona que quedaban, aplaudiendo.
Aplaudiendo al club que lo había despedido, porque era más suyo que de nadie.
Levanté el stick hacia él. Él lo levantó hacia mí.
La final sería contra los suyos, y los dos lo sabíamos, y ninguno de los dos quería que fuera de otra manera.
Después vinieron los abrazos por turnos, el saludo a la grada con los sticks en alto, y el pasillo de familiares que el club organiza en las noches grandes: los jugadores bordeando la grada baja, chocando manos.
Vera estaba al final de la fila, con Cris, y cuando llegué a su altura se coló por debajo de la valla con destreza de veterana de la grada, y se me enganchó a la cintura con los patines puestos y todo, y no me dijo nada: me enseñó los ojos, que le brillaban como el hielo nuevo, y se fue corriendo con su madre porque el personal ya hacía señas.
Cris se quedó un segundo más. Me miró, miró el disco que yo llevaba en la mano, y dijo:
—Ha gritado tanto que mañana no va al cole. Se lo he prometido. —Y añadió, con la voz bajando un piso—: Buen partido, Raúl. De los que se quedan.
—De los que se quedan —dije, y choqué su mano por encima de la valla, y pensé que las familias no se rompen: se redistribuyen, y a veces, con mucha suerte y mucho trabajo, se redistribuyen bien.
Vicho me esperaba en el túnel con el disco del partido en la mano. Me lo dio sin abrazarme, que los abrazos de Vicho se cuentan con los dedos de una temporada.
—Para Vera —dijo—. El abuelo ya tiene su museo.
—Míster—
—Cállate y sube al palco —dijo—. Que te están esperando los de los trajes. Y Raúl: gracias por volver. Eso no lo dice el parte. Lo digo yo.
El palco de patrocinadores quedaba en la planta alta, con el cristal mirando al hielo que se vaciaba, y dentro estaban todos: JR, Balaguer, Prats, el director general de la clínica, dos hombres de actuarial con sus carpetas, y la doctora Vallejo, sentada en el centro, con las manos cruzadas y la cara del jurado.
Y delante de todos, de pie junto a una mesa con su carpeta gris abierta, Noa.
Yo llegué todavía con el chándal del partido, con el pelo mojado y el disco de Vera en la mano, y la sala se quedó en silencio.
—Perdonen la ropa —dije—. Había un partido.
—Lo hemos visto —dijo el director general, sonriendo—. Siéntese, Cuesta. La doctora Bermejo nos estaba presentando su evaluación.
No me senté. Me puse al lado de ella, y ella siguió, con la voz de las casillas, pero con algo debajo de la voz que yo ya conocía: la voz de la que ha dejado de tener miedo a sus propios números.
Les enseñó las curvas. El grupo de control redefinido: los cuatro defensas jóvenes, el treinta y ocho por ciento menos de errores a su lado.
Los días de baja evitados: el veintinueve por ciento.
Los minutos críticos: el valor por minuto de fuego.
Las cifras de Sara: la grada, la audiencia, el engagement del sexto minutaje más alto del equipo.
Y entonces llegó al apéndice, y la sala se quedó todavía más quieta.
—Y aquí está lo que esta evaluación debe al comité: la declaración de mis propias desviaciones —dijo, y leyó las tres, una a una, con las fechas y los valores reales y los valores desviados, sin levantar la voz, sin adornar—.
Firmo que las tres fueron mías. Firmo también que los datos del expediente, revalidados por la doctora Piqueras, son íntegros fuera de esas tres casillas.
Y firmo una última cosa, que no es un dato sino una relación de interés: la relación entre el jugador y yo empezó como un acuerdo profesional vinculado a esta evaluación y es hoy una relación personal, declarada aquí para que el comité decida con toda la información sobre la mesa.
—Cerró la carpeta—. La evaluación concluye que el valor de renovación del jugador es positivo con margen, no porque haya vuelto a tener veintiséis años, sino porque su valor ha cambiado de forma, y la forma actual es medible, sólida y difícil de sustituir.
No les pido que renueven a un defensa viejo.
Les presento lo que produce un defensa viejo cuando se le mide entero.
El silencio duró tres segundos. Después, el de actuarial —el de la carpeta más gorda— dijo la frase que decidía la noche:
—Los días de baja evitados. ¿Puede defender ese modelo con nuestros actuarios la semana que viene?
—Con sus actuarios, con los míos o con los de la universidad —dijo Noa—. El modelo es robusto y está documentado.
El actuario pasó tres páginas, las releyó despacio, y asintió con la cautela de su gremio.
El segundo actuario preguntó por la proyección de minutos, y Noa le enseñó la tabla de gestión de carga: doce minutos por partido, sesiones compartidas con el filial, revisión de imagen cada ocho semanas, y el coste esperado de esa gestión frente al coste de una baja larga de un defensa joven sin mentor.
Balaguer tomaba notas con la avidez del tiburón de balance.
JR no tomaba notas: miraba por el cristal el hielo vacío, y solo intervino una vez, cuando el director general preguntó si un año era poco compromiso:
—Un año es lo correcto —dijo JR—. Este club no compra pasado y no vende futuro.
Compra presente a plazos, que es lo único que existe en el deporte.
—Se volvió hacia mí por primera vez en toda la reunión—.
Y el presente de esta noche acaba de marcar el gol que nos mete en la final, así que si alguien tiene una objeción, que la hable bajito, que la grada todavía no se ha ido del todo.
Nadie objetó. Lo que vino después vino rápido, como vienen las cosas cuando la verdad ya ha hecho el trabajo duro.
Balaguer habló de cifras: un año, con reestructuración.
JR habló de la doble función: jugador y mentor del filial, con parte del salario en incentivos por disponibilidad, «que es como mejor rindes tú, Cuesta: con el calendario compartido».
El director general habló de la póliza: la prima subía, pero el modelo de días evitados la compensaba, y la manga de la camiseta —los ochenta mil euros— quedaba renovada en principio para la temporada siguiente, a la espera de la firma formal del comité del día veintiséis.
Y Prats habló el último, y lo que dijo no era de dinero:
—La campaña «Historias que rehabilitan» cierra la temporada con un último vídeo.
—Miró a Noa, luego a mí—. Lo vamos a hacer de nuevo.
Con la verdad: la cláusula, el redondeo, la columna corregida, y esto de hoy.
La gente no quiere historias limpias. Quiere historias que se atrevan a ensuciarse delante de la cámara y a lavarse también delante de ella. ¿Me dejan contarla?