Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo decimosexto — El último periodo #3
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Capítulo decimosexto — El último periodo #3

—Si la cuenta entera —dije—. Sin recortes.

—Entera —dijo Prats.

El director general cerró la carpeta de actas con la satisfacción de los que firman buenas noches, y dijo la frase administrativa de la temporada:

—Entonces queda constancia del principio de acuerdo: renovación de un año del jugador en doble función, e intención de renovación del patrocinio de manga.

El comité del día veintiséis lo formaliza.

—Nos miró a los dos—. Y ahora salgan de este palco, que la gente lleva veinte minutos cantando en la calle y es de mala educación hacerla esperar.

Era verdad. Desde la planta alta se oía la calle: la afición no se había ido, la afición nunca se iba aquella noche, cantaba en el aparcamiento con las bufandas al viento. La final ya tenía banda sonora.

Vallejo no habló hasta el final. Cuando todos se levantaban, se acercó a Noa, y yo oí —porque estaba a dos pasos, y porque no me perdía aquello por nada— lo que le dijo, bajito, sin testigos:

—Presentó el expediente como se presentan las cosas que valen: sin pedir perdón ni permiso. —Le tendió la mano—. La revisión de integridad queda cerrada con su apéndice incorporado. Bienvenida de vuelta, Bermejo.

La noche terminó en el vestuario vacío, a la una de la madrugada. El equipo se había ido a celebrarlo; yo me quedé, y Noa se quedó conmigo, sentada en el banquillo de enfrente, mirándome recoger despacio mi cajón, que ya tenía otra vez la nota de Max colgando: «del abuelo, no tocar».

Bajamos antes al hielo. Noa nunca había pisado la pista de noche, sin partido, y yo quería que la viera así una vez: la bruma baja sobre la superficie, las luces de emergencia dejando el óvalo en penumbra azul, y el silencio, ese silencio con textura que solo tienen los pabellones vacíos.

Se quedó en el banco de jugadores, con las manos en la madera fría, mirando el hielo como se mira el mar.

—Aquí dentro se ve distinto —dijo—. Llevo tres meses midiendo este lugar desde fuera. Nunca lo había visto desde el banco.

—Desde el banco se ve la verdad —dije—. Desde la grada se ve el espectáculo. Por eso los jugadores somos tan malos espectadores: sabemos dónde están los trucos.

—¿Y dónde está el truco de esta noche?

—En que no hubo truco —dije—. Ni en el gol, ni en tu informe. Esta noche todo fue dato bruto. El primero de la historia de este club.

Se rio bajito, y el frío le hizo vapor en la sonrisa, y nos quedamos un rato mirando el óvalo sin decir nada, que es la conversación que mejor se nos daba ya.

El pabellón en silencio es mi iglesia desde los veintiséis. Esa noche, con las luces bajas y el hielo brumando abajo, miré hacia arriba, hacia el techo, donde no colgaba nada todavía: ni banderas, ni camisetas, nada, porque el club era demasiado joven para tener historia colgada.

—¿Qué miras? —dijo ella.

—Que algún día colgarán aquí arriba una camiseta —dije—. No sé si la mía. Da igual: alguien tendrá que ser el primero, y este club ya tiene noche de sobra para merecerla.

Me senté a su lado, en mi sitio, el de la puerta, y estuvimos un rato sin hablar, con el frío bueno del pabellón subiendo por las piernas. Ella tenía la carpeta gris en el regazo, con la pegatina de «hito: decirlo entero» ya medio despegada de tanto ir y venir.

—¿Y ahora qué cláusula toca? —dijo al fin, con la sonrisa torcida, la privada, la que no salía en las fotos.

Saqué el cuaderno de la bolsa. Lo abrí por la primera página en blanco después de diez años de cuentas, y se lo di, con el bolígrafo encima.

—Ninguna —dije—. Pero si quieres medir algo, mide esto.

Ella miró la página vacía. En la primera línea, con mi letra, acababa de escribir yo la única medición que quedaba por hacer:

«Mañana, veinticinco de marzo. Primer día.»

—¿Primer día de qué? —dijo ella, aunque ya lo sabía.

—De la temporada sin protocolo —dije—. Sin expediente. Sin ganchos. La que se juega con los libros abiertos.

Ella cogió el bolígrafo, y debajo de mi línea escribió la suya, con la letra de las casillas:

«Variable no prevista: futuro. Valor: máximo.»

Al salir, en el pasillo de la pista, nos encontramos a Sebas terminando la noche con su manguera, a la una y media de la madrugada, dejando el hielo listo para el entrenamiento del lunes de la semana de la final.

No dijo enhorabuena. Sebas no decía enhorabuena desde que tengo memoria.

Abrió la libreta, escribió algo, y lo leyó en voz alta, mirando la página, que era su manera de decir las cosas sin decirlas a la cara:

—«Veinticuatro de marzo. Hoy el hielo aguantó a un hombre entero. No siempre pasa. Hay que anotarlo.» —Cerró la libreta, nos miró a los dos con los ojos pequeños del que lo ha visto todo en una pista, y añadió—: A un hombre entero y a una mujer con pegatinas. Que se note también.

Y apagamos la luz del vestuario, que es lo que hace el que se sienta junto a la puerta desde hace veinte años, y nos fuimos a casa por la calle vacía, con la rodilla presentando su factura a cada paso y yo pagándola con gusto, porque la cuenta, por primera vez en meses, estaba al día.