Capítulo decimosexto — El último periodo
El sábado veinticuatro de marzo, la rodilla dictaminó a las seis y veinte: rigidez baja, hinchazón mínima, previsión completa.
Dictaminó con la voz tranquila de los días contados, y yo, que llevo veinte años traduciendo partes del cuerpo, entendí la letra pequeña: hoy daba todo lo que tenía, y la factura la pagaríamos mañana, y mañana no importaba.
En el cuaderno escribí una sola línea: «Hoy es la noche. Toda la cuenta, a un solo asiento.»
Vera venía al partido. Su madre la traía a la zona de familiares, con permiso especial para trasnochar, porque el sábado era el sábado de mi fin de semana y porque —palabra de Cris— «la niña no se perdía esto ni con gripe».
Y Noa venía también, pero Noa venía a otra cosa antes: al palco de patrocinadores, después del partido, con su carpeta gris y su apéndice firmado.
La noche tenía dos finales. Yo jugaba en las dos.
A las once, en el entrenamiento ligero de la mañana, Vicho me dijo el plan:
—Diez minutos, Cuesta. Igual que en casa, pero diez. Turnos cortos, y en superioridad numérica entras tú en la segunda unidad. —Me miró—. No te pido dieciséis. Te pido diez como los de Barcelona. ¿Me entiendes?
—Le entiendo —dije.
—Y otra cosa. —Bajó la voz—. Esta noche puede ser la última vez que este pabellón te vea jugar una eliminatoria. Piénsalo un momento antes de salir. No por ti: por ellos. —Señaló el vestuario—. Los chavales juegan distinto cuando saben que el viejo ha pensado esas cosas.
Pensé esas cosas. Las pensé toda la tarde, en casa, con Vera haciendo deberes en mi mesa y enseñándome cada diez minutos alguna tontería del cole, con la normalidad bendita de los sábados.
A media tarde, Vera dejó los deberes y me miró con la cara de las preguntas grandes.
—Papá, ¿tienes miedo?
—Un poco —dije, porque con ella había empezado la temporada de la verdad—. El miedo de antes de los partidos grandes. Es bueno: es el cuerpo preparándose.
—¿Y si pierdes?
—Si pierdo, habrá un quinto partido. Y si lo pierdo también, habré perdido jugando, que es la única manera buena de perder. —Le revolví el pelo—. Pero no pienso perder, enana. Hoy juega tu equipo.
—Mi equipo —repitió, solemne—. ¿Los de los cascos?
—Los de los cascos —dije—. Los cuatro.
Se quedó pensando, y luego dijo una cosa que me llevé al hielo: «Entonces no puedes perder, papá. Los equipos de cuatro no pierden en casa.» No sé de qué manual sacó la estadística, pero funcionó mejor que todas las charlas de Vicho.
A las cuatro la llevé a comer al bar de Loli —tortilla, la de siempre— y a las cinco y media entramos los dos en la Pista Norte, ella hacia la zona de familiares con su bufanda de dinosaurios y su acreditación de hija, yo hacia el vestuario. En la puerta se giró y me dijo:
—Papá. Si ganas, ¿vas a la final?
—Si ganamos, vamos a la final.
—Pues gana —dijo, con la lógica aplastante de los nueve años—, que quiero ver una final.
El vestuario de las noches grandes es un animal distinto: mismo sitio, misma gente, otro pulso.
Los chavales callaban más; Brett hacía bromas más flojas; Aitor se vendaba las muñecas con la solemnidad de un ritual que llevaba veinte años ensayándose para esa noche.
Mi cajón —el de los siete pasos, que me habían devuelto el miércoles sin decirme nada, con mi nombre otra vez en la etiqueta— tenía encima una nota doblada: «del abuelo, no tocar».
Letra de Max. La leí dos veces, me la guardé un segundo contra el pecho, y la dejé colgada en su sitio, con las demás escrituras de mi vida.
«El Autobús» echaba humo desde el mediodía.
Eugenia había puesto el modo partido grande, que consiste en silenciar a todos menos a ella y en soltar la censura una hora antes del partido, y la hora antes era una catarata: fotos de la grada ya en pie a las seis, el vídeo de La Grada Norte desplegando un tifo de tres telas que habían cosido en secreto durante dos semanas —tres telas, tres frases: «HIELO EN LAS VENAS», «DE VICÁLVARO AL CIELO», y la tercera, la que me llegó al diafragma, un «ABUELO» de ocho metros con mi dorsal debajo—, y mensajes de todo el mundo del hockey pequeño español, de los equipos contra los que había jugado en segunda, de gente que no tenía nada que ver con los Árticos y que aquella noche era de los Árticos.
Brett resumió el sentir general del grupo con su elegancia habitual: «abuelo si marcas hoy te pago la cena de por vida».
Aitor, que casi nunca escribía, escribió: «veintitrés años esperando esta noche.
salid y cogedla». Yo no escribí nada. Miré el tifo en el vídeo tres veces, y luego apagué el móvil, porque hay cosas que hay que dejar fuera para que quepan dentro.
A las siete y cuarto, con el equipo ya en el túnel, Sebas me cerró el paso un segundo.
No hablaba en las noches de partido; era su regla.
Aquella noche rompió la regla, pero a su manera: no abrió la libreta, no leyó nada.
Se limitó a mirarme con los ojos pequeños y a decir, en voz baja, sin mirarme:
—Hay noches en que el hielo sabe lo que se juega. Hoy ha salido denso, lento, de los que perdonan. Esta casa nunca regaló nada, pero a veces, si uno ha pagado bastantes años, deja de cobrar. —Me dio dos golpes en el hombro con la mano abierta—. Que te sea leve, Cuesta.
El primer periodo fue un nudo. Los Titanes salieron a morir, porque se jugaban la temporada, y los equipos que se juegan la temporada son los más peligrosos que existen: no defienden un resultado, defienden su propia existencia.
Marcaron ellos a los seis minutos, en una jugada embarullada, y el pabellón entero tragó el gol con un silencio que dolía.
Empatamos a los catorce: una salida de Brett, un pase al centro, el capitán empujándola como empuja todo lo que este club necesita, 1-1, y la grada estalló en esa manera suya de estallar que suena a drenaje: como si el ruido de toda la temporada saliera de golpe.
Jugué dos turnos en el primero, uno en el segundo.
La rodilla respondía con la obediencia comprada de las tres semanas: sin velocidad, con oficio.
En el segundo periodo la grada empezó a cantar el nombre del abuelo en los tiempos muertos, y desde el hielo se oía distinto que desde la grada: más grave, más físico, como una corriente que empujaba por la espalda.
En mi segundo turno del primero, un choque contra la valla me dejó el hombro resentido y la rodilla interrogada.
Me quedé en el hielo dos segundos, hice el inventario de siempre —cara interna: silencio; derrame: silencio; injerto: silencio— y me levanté ante la cara de alarma de Vicho.
El banquillo respiró. Yo también. Había vivido tanto tiempo con el miedo a que la rodilla dijera basta en la noche grande, que su silencio era casi desconcertante: como llevar años durmiendo con un despertador roto y descubrir que la alarma suena, y suena bien.
El segundo periodo fue una guerra de trincheras. 1-1 al final, con nuestro portero haciendo dos paradas que se recuerdan en los bares veinte años, y con los Titanes apretando y nosotros aguantando, y el tercer periodo por delante como un abismo iluminado.
En el descanso, en el vestuario, Vicho no gritó. Había noches para gritar y noches para hablar bajo, y Vicho, que era un bruto con el corazón más fino de la liga, habló bajo:
—Veinte minutos. No os pido que ganéis el partido. Os pido que se lo quitéis. —Miró alrededor—. Un equipo así no se vence: se le roba. Robadle el disco, robadle el aire, robadle la esperanza. Y cuando no puedan más, vendrá la superioridad, y entonces se lo quitamos del todo.
El tercer periodo empezó con el pabellón en pie. Mil cincuenta personas de pie, cantando, y yo en el banquillo con las piernas colgando y el corazón a ciento cuarenta, y los minutos pasando, siete, ocho, nueve, y el 1-1 empecinado en el marcador como una cerradura.
A los doce, su delantero grande cargó a Nil contra la valla, tarde, y el árbitro levantó el brazo: dos minutos. Superioridad numérica para nosotros. La grada se vino abajo. Vicho me miró, y no dijo nada: señaló el hielo con la cabeza, y yo me até el casco.
Entré con la segunda unidad, quedando un minuto y diez de superioridad.
La jugada que vino después la he visto ya en vídeo cuarenta veces, y sigue sin parecerme mía: el disco vino a la línea azul, su defensa lo sacó débil, y el disco quedó suelto en la zona de nadie, a un metro de la línea.
A los veintiséis yo llegaba a ese disco.
A los treinta y seis no llega nadie a ese disco: se está ya allí.
Yo estaba ya allí, porque había leído la salida dos segundos antes, porque dos segundos antes es donde vive el hockey de los viejos.
Le gané el disco a su delantero con el cuerpo, se lo di a Aitor al centro, y en vez de retirarme —que es lo que hace un defensa viejo y prudente— seguí.
Seguí porque la jugada olía, porque su defensa se había quedado atrás, porque en las noches así las piernas no mandan: manda la cuenta, y la cuenta decía que era el momento de gastar todo lo que quedaba.
Aitor me la devolvió al punto débil, entre el círculo y la línea, con esa precisión suya de capitán que sabe dónde va a estar un compañero mejor que el propio compañero.
El disco me llegó limpio. El portero salía.
Y yo no tenía ya el disparo de los veintiséis, el que rompía redes: tenía el otro, el de los treinta y seis, el que no rompe nada, el que se coloca.
Coloqué el disco junto al poste, abajo, donde nadie llega a ninguna edad.
El sonido de un gol en casa no es un sonido.
Es un terremoto con órganos. Mil cincuenta personas explotaron al mismo tiempo, el banco saltó encima de mí, Brett me gritaba algo en la nuca, Aitor me aplastaba contra la valla, y por encima de todo, más alto que todo, el cántico: «¡A-bue-lo!
¡A-bue-lo! ¡Hielo en las venas!», y la pancarta de «DE VICÁLVARO AL CIELO» subiendo y bajando como un corazón de tela.