Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo decimoquinto — Datos en bruto #3
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Capítulo decimoquinto — Datos en bruto #3

Se quedó quieto un rato, y luego me apretó contra él y dijo, con la voz ya medio dormida, la segunda frase de medianoche de nuestra historia —la primera había sido «con esto ya no juego, esto no es la rodilla», archivada entonces en la pestaña de acceso restringido—: «Entonces yo también firmo. Donde sea.»

Dormí en su casa, y a las seis y veinte, su rodilla dictó el parte de siempre en su oreja, y él me lo tradujo medio dormido: rigidez baja, hinchazón mínima, previsión óptima para el partido de su vida.

Y debajo del parte, en el margen del cuaderno que ya compartíamos, escribimos entre los dos la línea del día, a dos manos: «Jueves 22.

Hito: el cuerpo entero, declarado. Sin reticencias. »

El viernes veintitrés fue la recepción de patrocinadores, el cuarto acto del calendario del protocolo, en el salón de actos de Santa Brígida.

Raúl no podía estar —tenía el último entrenamiento antes del partido del sábado—, y Prats me había pedido que fuera yo «en representación de la pareja y del departamento».

Fui con la carpeta gris bajo el brazo y el discurso en la garganta.

Antes de entrar, en el coche, hablamos por teléfono.

Él salía de la pista, con la voz del último entrenamiento —rota de frío y de griterío de juveniles, porque los chavales del filial habían ido a ver el entrenamiento del equipo y Max le había gritado «mañana, abuelo» desde la grada—.

Le conté lo que iba a hacer aquella noche: entregar el informe, confesar el origen, jugarlo todo a una carta.

—¿Quieres que vaya? —dijo—. Me salto la cena del equipo y voy.

—No —dije—. Esta parte es mía. Tú me prestaste tu cuaderno; esta carpeta es mi cuaderno. —Dudé un segundo—. ¿Y si sale mal?

—Si sale mal, salimos mal juntos —dijo—. Ya no hay ganchos sueltos, ¿no? Pues eso. —Le oí sonreír—. Noa. Díselo entero. Es lo único que no falla nunca.

La recepción era lo de siempre: copas, discurso del director general, el vídeo de la campaña —con el plano del pasillo, el de la grada, el de las manos— y aplausos medidos.

Yo vi el vídeo con una sensación de desdoblamiento: ahí estábamos los dos, ella midiéndole la rodilla con cariño de utilería, él mirándola como no se mira a una rehabilitadora, y la sala aplaudiendo una historia que ya no era aquella historia.

Prats, a mi lado, me miró de reojo durante el plano del pasillo y no dijo nada.

Todavía no sabía. Se lo iba a contar yo en diez minutos.

Aguanté hasta el final del protocolo, y entonces pedí a Prats cinco minutos, y se los di en el pasillo de los cuadros, con la carpeta en la mano y el corazón en la boca.

—Ernesto, tengo que entregarle esto y decirle dos cosas.

La primera es que este es el informe de evaluación del expediente Cuesta, en su versión definitiva, y le pido que lo lea entero.

Incluido el apéndice. —Le tendí la carpeta—.

La segunda cosa es una confesión, y se la debo desde enero: la relación entre Raúl Cuesta y yo no empezó como le contamos.

Empezó como una cláusula. Un acuerdo profesional entre su rehabilitadora y él para sostener la historia de la campaña mientras se medía su valor de renovación.

—Respiré—. Se lo digo porque forma parte de la verdad del expediente, y porque la campaña que usted ha construido sobre nosotros merece saber de qué está hecha.

Prats no dijo nada durante un rato larguísimo.

Miraba la carpeta, luego a mí, luego el salón de actos con sus copas y su vídeo.

Ernesto Prats, el hombre del retorno emocional, el de los PowerPoint, tardó casi un minuto en contestar, y cuando contestó lo hizo despacio, pesando cada palabra como yo peso los datos:

—¿Y ahora? ¿Qué es ahora?

—Ahora es real —dije—. No sé cuándo dejó de ser una cláusula.

Sé que lo es, y que esa parte no está en ningún informe porque no es medible.

—Tragué—. Usted quería una historia para la campaña.

La que le dimos era falsa en el origen y verdadera en todo lo demás: la recuperación es real, los datos son reales, la grada es real, y lo que hay entre nosotros es real aunque empezara con una firma. Eso es todo lo que tengo.

Prats abrió la carpeta, leyó la primera página del apéndice, la segunda. Vi sus ojos detenerse en el título: «Errores de redondeo, cometidos por afecto, corregidos por respeto». Lo leyó dos veces.

—¿Sabe cuántos años llevo comprando historias?

—dijo al fin—. Veinte. Y le voy a decir una cosa que no digo nunca: la mayoría son de mentira, y todos lo sabemos, y las contamos igual porque la gente necesita que se las cuenten.

—Cerró la carpeta—. La historia que queríamos contar era falsa.

La que me está contando usted es mejor. Una guardiana de la verdad que se equivoca y lo firma, y un abuelo que se rompe y vuelve.

Eso no se compra con ochenta mil euros, Bermejo. Eso se agradece.

—¿Y la campaña?

—La campaña termina como tiene que terminar: con la verdad. —Me devolvió la carpeta—. El vídeo del veinticuatro, el de cierre de temporada, lo hacemos nuevo. Con esto. Si ustedes dos están dispuestos a salir como son.

—Estamos —dije, y lo dije por los dos, y por primera vez en dos meses hablar por los dos no era una mentira.

Ya recogía mis cosas en la sala de datos, a las nueve de la noche, cuando la puerta se abrió sin que llamaran.

La doctora Vallejo. Con su abrigo puesto y su bolso al hombro, de camino a casa, y la carpeta gris en la mano: la había pasado Prats por dirección, o había llegado por sus propios canales, que en Vallejo eran infalibles.

La abrió, leyó de pie, despacio, el índice, el primer apartado, el apéndice entero. No cambió de cara en ningún momento. Cuando terminó, cerró la carpeta con las dos manos y me la devolvió.

—Mañana preséntelo usted —dijo—. Delante del comité, del club y de marketing. Con el apéndice incluido. —Se detuvo en la puerta—. Especialmente el apéndice, Bermejo.

—¿Mañana? —dije—. Mañana es el partido.

—Mañana es el partido —confirmó Vallejo—.

Y después del partido, en el palco de patrocinadores, está el comité.

Le he pedido a dirección que adelantara la presentación veinticuatro horas.

—Me miró, y por primera vez en quince días vi en su cara algo que no era decepción: era el final de una apuesta—.

Usted me dijo una vez que los datos no se cuidan redondeándolos. Mañana demuéstrelo. Con todos mirando.

Se fue. Me quedé con la carpeta contra el pecho, en la sala de datos en penumbra, y pensé que mañana era el veinticuatro de marzo: el partido, el comité, la noche de todas las cuentas. Y que íbamos a llegar a ella, por fin, con los libros abiertos.

En casa, antes de dormir, escribí en el cuaderno privado la bitácora más corta del año: «Informe entregado.

Apéndice firmado. Mañana, palco de patrocinadores.

Si sale bien, empieza todo. Si sale mal, empieza otra cosa, pero empieza con la verdad, que es más de lo que podía decirse hace dos meses».

Y debajo, por costumbre invencible, la estadística del día: «días desde la primera sesión: setenta y cuatro.

Casillas corregidas: tres. Casillas pendientes: cero. »

Cero. Me dormí con ese número, que era el primer número bueno de la semana, y soñé con un palco de cristal sobre un hielo iluminado, y en el sueño nadie mentía, y la grada contaba en voz alta hasta mil cincuenta.