Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo decimocuarto — Entrenar con los chicos #2
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Capítulo decimocuarto — Entrenar con los chicos #2

—Pues obedezca la semana que viene también. —Firmó el informe—. Alta para actividad controlada. Impacto progresivo, minutos limitados. Y dígale a su rehabilitadora que el plan ha funcionado.

Su rehabilitadora. No lo corregí. Salí de la clínica con el alta en la mano y hice lo que llevaba seis días sin hacer: le escribí a Noa. No una frase ensayada; las ensayé todas y las borré todas, y lo que quedó fue la verdad en versión SMS:

«Alta conseguida. El viernes te debo una conversación que no es de datos. ¿Me la guardas para el domingo?»

Contestó a los veinte minutos: «Guardada. Clínica, sala de datos, cinco de la tarde. Trae lo que tengas que traer.»

El sábado, Barcelona. Segundo partido de semifinal, en su pista, y yo en la convocatoria otra vez —Vicho me metió en la lista el mismo viernes, con la frase de «vas a jugar seis minutos y los vas a jugar como si fueran sesenta, ¿nos entendemos?

»— y con la rodilla envuelta no en ibuprofeno sino en dos semanas de obediencia.

El viaje lo hicimos el viernes por la tarde, y en el autobús volví a mi sitio del fondo con una sensación extraña de reingreso: dos semanas fuera de la lista son una eternidad administrativa, tiempo suficiente para que uno aprenda cuánto de su identidad era dorsal y cuánto era persona.

Nil se sentó a mi lado otra vez con la tablet, y esta vez no me preguntó por el rival: me preguntó por mí.

—Abuelo, ¿cómo aguantaste diez días sin decirlo?

—Mal —dije—. Se aguanta mal. Se aprende uno peor.

Apunta eso también, que es la única lección de este viaje: esconder una lesión no es aguante, es deuda.

Y las deudas con el cuerpo las cobra siempre alguien que no eres tú: el fisio, el entrenador, la gente que te quiere.

—Le miré—. Si algún día te pasa, y te pasará, díselo a alguien en las primeras veinticuatro horas. El resto ya es literatura.

Nil asintió con seriedad de archivero, y yo pensé que a lo mejor los diez días habían servido para algo después de todo, si ahorraban a otro la misma contabilidad.

Jugué seis minutos y doce segundos. Vicho los repartió en tres turnos cortos, dos en el segundo periodo y uno en el tercero, y en el tercero, con el marcador 2-2 y los Titanes apretando, pasó la jugada que me van a contar dentro de veinte años: contra de ellos, dos contra uno, el portero ya vencido por el pase, y el disco rodando hacia la portería vacía con el delantero celebrándolo por dentro.

Yo venía de atrás con todo lo que tenían mis treinta y seis años —que no era velocidad, era oficio: había leído la contra desde el banquillo, sabía dónde iba a morir el disco antes de que el delantero lo supiera— y llegué a la línea de gol con el cuerpo entero por delante, y el disco me pegó en la pala del stick y murió a diez centímetros de la raya.

No fue un gol. Fue mejor: fue un no-gol, un gol quitado, y el banquillo se vino abajo, y Brett marcó el tercero tres minutos después, y ganamos 3-2, y la serie se fue 1-1 a Madrid con dos partidos en casa por delante.

En el vestuario, Vicho no me dijo nada de la jugada. Me dijo, delante de todos:

—Seis minutos, Cuesta. ¿Qué se siente?

—Que quiero más —dije.

—Pues eso es lo que quería oír —dijo, y el vestuario rugió, y yo entendí que la puerta entornada acababa de abrirse del todo, y que la había abierto un hombre en la línea de gol, no una resonancia.

En la ducha, Brett me puso el apodo nuevo: «el tapón». Kuba, a mi lado, me dio dos golpes en el hombro mojado y dijo, con la economía de siempre:

—La rodilla aguantó.

—La rodilla obedeció —dije—. Es distinto. Me lo enseñó una rehabilitadora.

—Ya —dijo Kuba, y no preguntó más, porque los viejos sabemos exactamente cuándo una respuesta tiene una persona detrás.

El autobús de vuelta fue una fiesta contenida: el equipo había sobrevivido a Barcelona y volvía con la serie empatada y dos partidos en casa. Aitor, a mi lado un rato, me dijo lo que dicen los capitanes, que es siempre menos de lo que sienten:

—El miércoles te toca otra vez de los nuestros. Y el sábado que viene —señaló con la barbilla la nada, el futuro— puede ser la noche grande, abuelo. Descansa. Y otra cosa: lo de la línea de gol es material de vídeo. Mañana los chavales del filial lo verán en vídeo veinte veces.

—Que lo vean —dije—. Que aprendan que se llega sin ser rápido.

—Que aprendan que se llega siendo tú —dijo Aitor, y se fue a su asiento, y me dejó la frase para el viaje entero.

Volvimos de madrugada. El domingo dormí hasta las diez, desayuné tarde, y a las cuatro y media estaba en la puerta de la clínica con el cuaderno bajo el brazo.

El cuaderno de las cuentas. Diez años de partes del cuerpo, la contabilidad entera de mi vida física, y en las últimas páginas, la otra contabilidad, la que empezó con un niño diciendo que las rodillas hay que tenerlas en buenas manos.

Antes de subir a la sala de datos pasó una cosa que tengo que contar aquí, porque sin ella el final no se entiende: me encontré a Cris en la entrada.

No era casualidad; lo era solo a medias.

Cris había quedado con Noa. Las dos habían hablado por teléfono el jueves —me enteré después— y habían decidido conocerse sin mí de por medio, que es como se conocen las personas sensatas.

Cris, dicho sea de una vez, se lo merece todo lo bueno que le pase.

Aguantó once meses de rehabilitación con un marido fantasma, firmó un divorcio sin guerra, administró una custodia con más justicia que cariño —y había cariño de sobra— y nunca, ni una sola vez en cinco años, habló mal de mí delante de Vera.

Si aquel acuerdo tenía una cláusula de presentación de seis meses era porque Cris conocía la materia prima: sabía que yo necesitaba plazos externos para no hacer las cosas a ciegas.

Y ahí estaba yo, llegando tarde a mi propio aprendizaje, mientras ella ya estaba en la puerta de la clínica arreglándolo con tres frases.

Llegué justo cuando se estrechaban la mano en la puerta, las dos mujeres de mi vida ordenando mi vida sin consultarme, y me quedé a prudencial distancia, fingiendo revisar el móvil. No pude evitar oír el final de la conversación, que fue, palabra por palabra, esto:

—No es un proyecto —dijo Noa—. Empezó como un encargo. Ya no. Es él. Lo siento si esto complica el calendario, pero no pienso mentirle a usted ni a ella.