Capítulo decimocuarto — Entrenar con los chicos
El martes trece de marzo amanecí sin despertador, a las cinco y media, con la certeza de los días que vienen escritos: hoy tocaba empezar a arreglarlo. No sabía cómo. Sabía que empezaba, y en mi oficio eso es ya medio plan.
Con los chavales llevaba una semana, y la semana había producido su primera cosecha: ya no me llamaban «señor Cuesta».
El proceso había sido el de siempre —primero el examen, después la broma, por último la adopción—, y el bautizador fue Max, el espigado, que el lunes me soltó un «¡abuelo, a la izquierda!
» en mitad de un ejercicio y se quedó helado, esperando la bronca.
—¿Qué has dicho? —le pregunté, con la cara más seria que pude.
—Nada, míster.
—Te he oído perfectamente. —Dejé pasar dos segundos, por puro placer pedagógico—.
Abuelo está bien. De los mayores está bien.
De los chavales del primer equipo está bien.
Pero si me lo dices en el metro dentro de veinte años, cuando tú seas el veterano, te doy un bofetón, porque para entonces el abuelo serás tú.
Se rieron todos, y Max me ganó la siguiente posición, y yo se la devolví en la otra, y en el banco, después, me encontré sonriendo sin motivo clínico.
El apodo había cambiado de naturaleza sin que yo lo notara: durante años fue mi escudo —llámame viejo tú, que yo me lo digo antes y mejor— y de repente, en una pista vacía a las siete de la mañana, con dieciséis chavales que olían a loción y a futuro, se había convertido en otra cosa.
En un regalo. Ellos me lo daban y yo lo aceptaba, y aceptarlo no me restaba nada: me daba un sitio.
La última semana había empezado yo a enseñarles a defender; estaba terminando con ellos enseñándome a mí una cosa que llevaba veinte años sin aprender: que se puede ser el viejo sin estar acabado.
Aquel martes, además, pasó la cosa del banquillo.
El turno de los juveniles no tiene vestuario asignado; los chavales se cambian en los bancos del anexo, cada uno donde cae, y durante mi primera semana yo me cambiaba solo, en el extremo, respetando mi condición de invitado temporal.
El martes llegué y encontré mi bolsa movida al centro del banco, entre la de Max y la del portero pequeño, y un hueco dejado a propósito, con mi toalla colgada del gancho de en medio.
Nadie dijo nada. Max me miró de reojo mientras se ataba los patines, esperando.
Me senté en el hueco, entre ellos dos, y me até las cuchillas sin comentarlo, y aquello quedó sellado: me habían hecho un sitio.
A los treinta y seis años, con veinte temporadas a la espalda, un hueco en un banquillo de juveniles me emocionó más que la mitad de las ovaciones de mi carrera.
Los asientos son la moneda de este deporte; nadie te regala uno si no has pagado algo que vale más que el asiento.
A las once tenía libre, y a las doce estaba en la puerta del colegio de Vera, con su madre informada y su mochila avisada: el miércoles había partido y los miércoles de partido no hay cena, así que la había pedido prestada la tarde del martes.
Salió entre la avalancha de niños con la bufanda de dinosaurios ondeando como una bandera de paz, me vio, y frenó dos metros antes de abrazarme, con un recato nuevo que me partió el alma: había aprendido, la muy lista, que mi cuerpo era un objeto delicado.
—Puedes abrazarme —dije—. La rodilla está de vacaciones, no de luto.
Me abrazó entonces, y fuimos a merendar al bar de siempre, y paseamos por el barrio con su mano en la mía y el frío bueno de marzo limpiando las aceras.
Me contó el cole, lo del partido del jueves —lo había visto con Cris, con la voz recuperada— y lo de Max.
Le había hablado de Max, claro: Vera colecciona a mi gente igual que yo colecciono partes médicos.
Y entonces, en el paso de cebra de la avenida, sacó de la mochila una hoja doblada.
—He rehecho el dibujo —dijo—. El otro se me quedó viejo.
Era el mismo dibujo, y no era el mismo. Los tres de antes: yo en medio, con mi stick, Vera a un lado con la coleta amarilla, Noa al otro con su folio y su pelo suelto dibujado mechón a mechón.
Pero la composición había cambiado entera: en el primer dibujo, Noa estaba al borde de la hoja, casi saliéndose del papel; en este, estaba pegada a mí, hombro con hombro, y su mano —un trazo, dos dedos— tocaba la mía.
Y debajo, la misma letra de cartel del primer día, «MI EKIPO», pero esta vez rodeada de un corazón torcido que le salía por una esquina.
—Los cascos también se enamoran, papá —dijo Vera, con voz de maestra explicando lo obvio—. Por eso hay que ponerles casco a los dos. —Señaló la hoja con la barbilla—. Y no tienes que ser el de antes para que te queramos. Eso lo dice mamá, pero yo ya lo sabía.
Me paré en mitad de la acera. El semáforo cambió dos veces.
Mi hija de nueve años, con su bufanda de dinosaurios y su sentido común de patrimonio de la humanidad, acababa de hacer en un paso de cebra lo que dos meses de protocolos no habían conseguido: dar permiso.
No aprobación —los niños no firman, solo avisan—: permiso.
La constatación de que la casa podía tener otra persona dentro y no se caía.
—Vera —dije, cuando recuperé la voz—. ¿Puedo contarte una cosa de mayores?
—Vale.
—El abuelo también tiene miedo —dije—. No de la rodilla. De que la gente que quiero deje de quererme si dejo de ser el de antes. Por eso a veces hago cosas tontas, como no contar cuando me duele. ¿Lo entiendes?
Lo pensó con la gravedad de su comité permanente.
—Es tonto —dictaminó.
—Ya lo sé.
—Pero es un tonto de los que se quieren —añadió, y me cogió la mano otra vez, y cruzamos el paso de cebra, y yo crucé con ella otra cosa que no tenía nombre todavía.
El miércoles, semifinal, primer partido, en casa contra los Titanes de Barcelona. Novecientas ochenta personas —la mejor entrada de la temporada, otra vez— y yo en la grada, en mi sitio de la zona de prensa, con la acreditación de Sara y la impotencia de los míos.
Los Titanes eran otra cosa que el Koldsan: un equipo serio, de esos que no regalan ni una línea de pase, con un portero que hacía los imposibles con cara de trámite y una primera línea que llevaba tres años jugando junta.
Desde la grada se veía la diferencia con toda su crudeza: nosotros éramos mejores a rachas, ellos eran mejores a promedios, y el hockey de playoffs es un deporte de promedios.
Aitor ganaba los enfrentamientos y la grada rugía; nuestro portero paraba lo parable y lo imparable; y aun así el partido se fue pudriendo en un 0-0 largo, tenso, de esos en los que quien marca primero se lleva la noche.
Marcaron primero ellos, en el segundo periodo: un rebote feo, un disco que pegó en un patín y cambió de dirección a ocho metros de la portería, de los que no se pueden defender ni con la pierna buena ni con cuatro.
Perdimos 1-0. El equipo jugó bien y perdió, que es la derrota que más enseña y la que peor sabe.
En el túnel, al final, me crucé con Vicho, que venía de la rueda de prensa con cara de haber masticado hielo, y me dijo:
—El sábado te necesito, Cuesta. ¿Cómo está eso?
—Esperando el parte del viernes —dije.
—Pues que el parte diga lo que tiene que decir —gruñó—. Porque contra estos no basta con veintidós. Hacen falta los veintitrés.
En el descanso del segundo periodo lo vi: al otro lado del pabellón, en la zona de grada visitante, con el abrigo gris y las manos en los bolsillos, Óscar Beltrán.
Tata. Había venido a vernos. A vernos a nosotros, sus Árticos, en semifinales; y a medirnos, claro, porque el CG La Cerdanya andaba en la otra semifinal y los caminos empezaban a oler a cruce.
Nuestros ojos se encontraron a través de la pista, y él levantó el stick dos dedos —el saludo entre veteranos— y yo se lo devolví, y en ese gesto mínimo cupieron ocho años, un despido, una despedida y la certeza de que si el destino tenía oficio, aquello iba a acabar como tenía que acabar: frente a frente, en una final.
El jueves entrené con los chavales y trabajé la rodilla con la precisión de un relojero: bicicleta, isométricos, piscina.
Noa ya no me llevaba el caso; me lo llevaba la doctora Piqueras, una profesional seria que medía bien y no me caía mal, lo cual era el problema más ridículo del mundo: la echaba de menos a ella midiendo, a ella y a sus pegatinas y a su voz de casillas, y el expediente de mi vida se estaba reconstruyendo sin la persona que lo había empezado.
Piqueras, dicho sea con justicia, hizo todo bien.
Me tomó el perímetro en los tres puntos, me preguntó por el dolor con tono de auditora que espera la verdad y la sabe detectar, y revisó mi hoja de datos con la atención de una auditora.
En un momento dado, mirando la curva de la inflamación, dijo algo que me quedó grabado:
—La rodilla ha respondido de manual, Cuesta. Quien haya diseñado su plan de recuperación sabía lo que hacía.
—Lo sabía —dije—. Lo que no sabía era que yo iba a obedecerlo. Eso ha sido lo difícil.
—Obedecer es lo difícil siempre —dijo Piqueras—.
Por eso en esta profesión las buenas rehabilitadoras no se miden por lo que prescriben, sino por lo que consiguen que el paciente haga.
—Cerró la carpeta—. La suya conseguía que usted hiciera cosas.
Eso, en nuestro oficio, vale más que cualquier título.
No le dije que «la mía» ya no era mía en ningún organigrama. Me llevé la frase a casa y la puse junto a las otras, en la cuenta de las cosas que sabían todos menos los papeles.
El viernes, resonancia de revisión. El dieciséis, como estaba escrito. La radióloga —la misma del día uno, la del «cuerpo más terco de la liga»— puso las dos imágenes lado a lado y silbó bajito.
—Edema reabsorbido en un ochenta por ciento. Derrame residual mínimo. —Me miró por encima de las gafas—. ¿Qué ha hecho usted estas dos semanas?
—Obedecer —dije—. Por primera vez en mi vida, obedecer entero.