Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo decimocuarto — Entrenar con los chicos #3
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Capítulo decimocuarto — Entrenar con los chicos #3

—Lo sé —dijo Cris—. Se le ve en la cara desde febrero. A él también.

—Entonces el calendario lo hablamos nosotras —dijo Noa—. Sin abogados. Cuando Vera quiera, como Vera quiera.

Cris asintió, y se despidieron con la segunda mano estrechada, y Cris se fue, y yo me quedé escondido detrás de una columna como un delincuente, pensando que dos mujeres acababan de resolver en tres frases lo que yo no había resuelto en tres meses, y que mi familia —la vieja, la nueva, la que venía— era mucho más fuerte que mi miedo.

Subí a la sala de datos a las cinco. Noa estaba delante de la pantalla, con la luz gris de la tarde y la cara de no haber dormido, y en la pantalla, abierto, el expediente. No el de Piqueras: el suyo. Vi la columna nueva desde la puerta, el encabezado en negrita: «dato bruto».

—Has creado una columna —dije.

—Está vacía. No me atrevo a rellenarla sola. —Me miró—. Rellenarla es el final de mi carrera tal y como la conocía, Raúl. Y el principio de otra cosa. Y no quería empezarla sin ti.

Se quedó mirándome desde la silla, y durante dos segundos ninguno de los dos dijo nada.

Llevábamos ocho días sin hablarnos, y los ocho días estaban en la sala con nosotros, sentados entre la pantalla y la puerta, esperando su turno de palabra.

Yo había ensayado en el metro tres versiones de lo que venía a decir: la solemne, la técnica y la breve.

Salió la cuarta, la que no estaba en el metro:

—Te he echado de menos hasta para mentirte. Y eso, en mi contabilidad, es el amor.

A ella se le quebró la cara. Solo un segundo, la comisura de la boca, pero lo vi, como veía antes sus bolígrafos parados. Se levantó, se acercó, y me puso la mano en el pecho, en el sitio exacto donde su pulso y el mío se habían confundido una vez delante de tres focos, y dijo:

—Noa Bermejo, parte A. —Respiró—. Incumplidora de su propia cláusula, apartada de su caso, y aun así incapaz de dejar de medirte el sueño desde lejos. ¿Qué se hace con eso, Cuesta?

—Se fusiona —dije—. Con esto.

Puse el cuaderno encima de la mesa, al lado del teclado. Ella lo miró sin tocarlo.

—Diez años —dije—. Todos los partes de mi cuerpo, todos los números, todos los miedos.

Las tres roturas, el divorcio, Gijón, Vera, tú.

—Lo abrí por una página al azar: marzo de 2023, «rigidez alta, Cris ha dormido en casa de su madre, la rodilla no dice nada nuevo».

La pasé. Enero de este año: «hoy me han puesto una rehabilitadora nueva.

Dice que no redondea. Le creo». Pasé otra.

La página arrancada y vuelta a pegar, la del «si se lo digo, me paran»—.

Esto no es un informe, Noa. Es lo contrario de un informe: es el dato bruto de mi vida entera.

Sin cuidar, sin declarar, sin redondear.

—Se lo empujé despacio por la mesa—. Empieza por aquí.

Tu columna vacía y mi cuaderno lleno son el mismo expediente, y yo vengo a fusionarlos, si tú quieres.

Ella pasó las páginas despacio, muy despacio, con reverencia de contable leyendo cuentas ajenas.

Leyó la temporada entera, y yo vi su cara ir cambiando a medida que el cuaderno le contaba lo que ninguna hoja de cálculo le había contado: el miedo de los lunes, el alivio de las pegatinas, las once veces que había releído un mensaje suyo, la noche del túnel de La Cerdanya, el dibujo de los tres cascos guardado en la mesilla.

En la página del diecisiete de febrero —la mañana después de nuestra primera noche— leyó dos veces la línea donde yo escribí «anoche dormí en casa y no en casa, y la diferencia es de noventa mil kilómetros», y levantó la vista, y dijo:

—Está mal la medida. Son sesenta metros de pasillo.

—Está mal la medida —admití—. Es el único dato falso del cuaderno. El resto es bruto.

Siguió pasando páginas, y en la última página escrita se detuvo: la del sábado de la acera, donde yo había escrito, temblando, «hoy he perdido a la única persona que me medía con las dos manos. Aprender a querer sin proteger. Plazo: el que haga falta».

—«El que haga falta» —leyó—. Esa es la peor fecha que he visto en mi vida.

—Soy nuevo en esto —dije—. Dame un plazo mejor.

—El veinticuatro —dijo ella—. El partido. El comité. Todo a la vez, a cara descubierta, con los datos brutos por delante. Si lo hacemos, lo hacemos entero: tu rodilla, mi expediente, tu hija, mi carrera. Sin ganchos sueltos. —Me miró, y tenía los ojos rojos y la voz firme de las casillas—. ¿Firmas?

—Firmo —dije.

Y en la primera página del cuaderno, la de guarda, donde diez años antes había escrito mi nombre y mi dorsal, escribimos entre los dos, turnándonos el bolígrafo, la sentencia de cierre de todo aquello:

«Cláusula cuarta: derogada por mutuo acuerdo y por evidencia empírica.»

Debajo firmamos los dos, con las dos letras, la legible y la de casillas, y nos besamos encima de la mesa de datos, con la columna vacía esperando y el cuaderno abierto, y esta vez no hubo focos, ni pasillo, ni protocolo que citar: solo dos contadores cerrando, por fin, el mismo balance.