Capítulo decimotercero — El expediente Cuesta
El jueves ocho de marzo, a las once y cinco, la secretaria de dirección me dijo que la doctora Vallejo quería verme.
Sin aviso, sin asunto, sin el «cuando pueda» de las veces normales.
En tres años y cuatro meses, Vallejo me había llamado a su despacho sin aviso dos veces: una para felicitarme, una para esto.
Su despacho olía a café reciente y a lima de uñas, dos olores que en ella significaban preocupación.
Sobre la mesa, tres cosas alineadas con la precisión de un bisturí: mi expediente gris, una impresión de varias páginas, y su tableta, apagada, haciendo de pisapapeles.
No me ofreció sentarme. Me senté igual, porque tenía las piernas de algodón.
—Explíqueme esto —dijo, y giró la impresión hacia mí.
Era el extracto del registro de seguimiento del sistema.
Lo conocía de memoria: era mi propio trabajo, mis propias entradas, con la columna de marcas temporales que el servidor imprime en gris claro, esa letra pequeña que nadie lee hasta que alguien la lee.
Una línea estaba subrayada en rojo, con la tinta de Vallejo:
«Anomalía registrada: 01-03-2029, 23:47. Datos con sello: 27-02-2029. Diferencia: 48,2 horas.»
Y al lado, también subrayado, el comentario automático del sistema, esa frase que el software escupe sin saber lo que pesa:
«Advertencia: registro fuera de ventana de 24 h. Revisar trazabilidad.»
—El sistema lo marcó en la auditoría semanal de calidad de datos —dijo Vallejo—.
Ayer por la noche. La auditoría de calidad la lleva informática, no yo: fue una alerta automática, de esas que saltan cuando un registro de un expediente en revisión se hace fuera de ventana.
Me llegó esta mañana a las siete. —Cruzó las manos—.
Así que no vine a buscarla, Bermejo. Me la trajo el servidor.
Lo digo para que entienda que esto no es una sospecha.
Es un hecho documentado, y lo que yo necesito de usted es saber qué clase de hecho es.
Tenía preparada la respuesta técnica. La había ensayado, claro que la había ensayado, desde la noche del uno de marzo: los datos se procesan con retraso, la ventana de veinticuatro horas es orientativa, la anomalía se confirmó con la imagen, la trazabilidad clínica está intacta.
Todo eso era verdad. Todo eso era el redondeo de algo peor, y las dos lo sabíamos.
Abrí la boca para decirlo, y no salió. En su lugar salió la verdad, que llevaba semanas haciendo cola detrás de todas las versiones:
—Vi la primera desviación el diecisiete de febrero.
La amplié dos veces y no la marqué. Lo registré cuando el diagnóstico me obligó.
—Oí mi propia voz, plana, de parte médico—.
Eso es lo que es el hecho, doctora. Una anomalía detectada y no registrada durante doce días, y luego registrada con una fecha que la ventana disimulara.
Puede llamarlo como quiera. Yo lo llamo lo que es.
Vallejo no se movió. Los segundos pasaron con el ruido de la calefacción. Cuando habló, no estaba enfadada, y era lo peor: Vallejo enfadada era una tormenta que pasaba; lo que tenía delante era otra cosa, una cosa que se quedaba.
—Quiero que oiga con atención lo que viene ahora —dijo—, porque se lo voy a decir una sola vez y sin eufemismos.
La diferencia de cuarenta y ocho horas no es, en sí misma, un delito contra la ciencia.
Los datos están; la anomalía se confirmó; el paciente no sufrió daño clínico por su retraso.
Si esto llega a un tribunal de nuestra profesión, usted podría defenderse.
—Hizo una pausa quirúrgica—. Pero esto no es un tribunal.
Es una auditoría de patrocinio, y en una auditoría lo que se evalúa no es solo el dato: es al evaluador.
Usted era la garantía de este expediente, Bermejo.
Su nombre en la portada era lo que hacía que actuarial, el club y el comité se creyeran los números.
Y la garantía ha dejado de ser inapelable.
—Lo sé —dije.
—No, no lo sabe todavía. —Su voz no subió; empeoró—.
Lo sabrá esta tarde, cuando actuarial lea mi nota.
Porque yo tengo que informar, ¿entiende?
Yo también tengo un procedimiento, y el mío dice que la jefa de unidad que descubre una irregularidad de trazabilidad en un expediente de renovación la comunica en el día.
Si me callo, soy usted. Si hablo, le hago esto.
No hay una tercera versión de mi trabajo, Bermejo. Nunca la hubo.
—En veintiocho años de oficio —dijo despacio— he visto a buenas profesionales hacer esto exactamente dos veces.
Las dos veces fue por el mismo motivo, y no era la pereza ni el descuido: era el afecto.
Se puede redondear por incompetencia y se puede redondear por cariño, y el segundo caso es el único imperdonable, porque la incompetencia se forma y el cariño no se quita.
—Se inclinó hacia delante—. Le redondeó los datos a un paciente, Noa.
Eso es lo único que usted juró no hacer nunca.
El nombre. Por fin el nombre de la cosa.
Llevaba mi padre treinta años muerto de rodilla en un sofá de Aluche, y su fantasma llevaba ocho semanas sentado en mi despacho, y la única persona de este mundo que podía ponerle nombre a todo aquello acababa de ponérselo con una sola frase, sin conocer el fantasma, sin conocer la tarjeta de jugador, sin conocer nada.
Le redondeó los datos a un paciente. Las buenas noticias de mi madre.
El «va bien» de los médicos de Segunda B.
Yo, en la sala de hielo 2, jurando que nunca.
—Lo sé —dije—. No tengo defensa. Tengo explicación, si la quiere, pero no defensa.
—La explicación me la puedo imaginar. —Vallejo miró la carpeta gris—.
Llevo dos meses leyendo sus informes semanales.
Son muy buenos, Bermejo. Demasiado buenos, en algunos tramos: la curva de Cuesta no tenía ningún dato feo, y los hombres de treinta y seis años con tres reconstrucciones siempre tienen algún dato feo.
Lo archivé como suerte. —Me miró—. Ahora tengo que reabrirlo todo.
No por el procedimiento: porque ya no sé qué parte de estos papeles es una rodilla y qué parte es una relación.
Las palabras cayeron en la mesa como objetos.
—Voy a ser muy clara —siguió—, porque usted merece claridad, que es más de lo que le ha dado a este expediente.
Primero: queda apartada del caso Cuesta desde hoy.
El seguimiento lo asume la doctora Piqueras.
Segundo: el expediente de evaluación se somete a revisión de integridad.
Toda la serie de datos, desde enero, la revalida otro equipo.
Tercero: esto no es un expediente disciplinario todavía.
Lo será o no dependiendo de lo que la revisión encuentre y de lo que usted haga a partir de hoy.
—Cerró la carpeta—. Y cuarto, y esto es lo único personal que me permitiré: usted era mi apuesta, Bermejo.
Yo la puse aquí porque de once rehabilitadores era la que no redondeaba.
Demuéstreme que no me equivoqué del todo, porque ahora mismo la mitad de mi apuesta está en esa carpeta y la otra mitad está llorando en su cara.
Salí del despacho sin llorar. Lloré después, en el cuarto de los materiales, tres minutos, con la puerta atrancada con una fregona, y luego me lavé la cara y volví a mi mesa, porque las rehabilitadoras no tenemos turnos de tarde para derrumbarnos: tenemos pacientes.
Por la tarde, el edificio entero lo sabía sin saberlo.
En los pasillos nadie me dijo nada, que es la manera que tienen los pasillos de decirlo todo.
La doctora Piqueras pasó por mi mesa a las cinco a recoger el expediente con la incomodidad del que recibe un caso caliente: fue correcta, profesional, y se llevó la carpeta gris con las dos manos, como yo la llevaba, y verla irse por el pasillo fue ver cómo se iban ocho semanas de mi vida en brazos de otra persona.
A las siete, actuarial hizo su jugada. Me llegó por correo interno, con copia a Vallejo y a dirección médica: «ante la incidencia documentada en la trazabilidad de los datos y el conflicto de interés de la evaluadora, este departamento eleva la recomendación de no renovación a opinión formal, y solicita al comité que el expediente de evaluación de valor se considere viciado en su totalidad».
Viciado en su totalidad. Cuatro palabras jurídicas para decir que ocho semanas de mediciones, de pegatinas, de sprints al amanecer y de un hombre reconstruyéndose por tercera vez, no valían nada, porque la que firmaba los papeles se había enamorado del sujeto.
Aquella noche, el equipo ganó el tercer partido de cuartos.
2-1, en la prórroga, en casa, con la grada reventando: lo supe por el grupo de la clínica, donde una compañera puso el resultado con tres cohetes, y por el ruido lejano de la ciudad, que en las noches grandes de los Árticos suena distinto, lo juro.
Novecientas cincuenta personas en la Pista Norte, y semifinales a la vista, y el hombre que me había enseñado a leer el hielo viéndolo desde la grada con la rodilla en reposo, y yo en mi cocina, con el ordenador cerrado, preguntándome si alguna de las cosas que habíamos construido iba a sobrevivir a mi carpeta gris.