Capítulo duodécimo — Lista de baja #3
El miércoles viajé con el equipo a León para el segundo partido.
De observador, decía el parte: sin ficha, sin dorsal, con un sitio en el banquillo de detrás del banquillo.
En el autobús me senté en mi sitio del fondo —nadie lo había ocupado; algunas escrituras se respetan incluso en la baja— y a la altura de Medina de Rioseco, Nil, el chaval de la tercera línea, vino y se sentó a mi lado con la tablet.
—Abuelo —dijo—. ¿Me explicas lo del cuatro del otro día? El del Koldsan, que me llevó dos veces al fondo.
Y le expliqué. Cuarenta minutos, con la tablet y mi dedo dibujando líneas: por qué el cuatro les invitaba al fondo, qué significaba que su cinco subiera siempre tres metros tarde, cómo se defendía su delantero grande sin pegarle, dónde morían sus contras.
Nil tomaba notas en el móvil, y al rato se habían acercado dos más, y al final del trayecto tenía media defensa del equipo escuchando en el pasillo del autobús, y el bocadillo de la parada se me enfrió entero, y no me importó nada.
Perdimos 2-1, en un partido feo, de esos que se pierden por dos detalles y se podían haber ganado por tres. El tercer partido, el jueves siguiente en casa, sería el de la vida o la muerte. En el vestuario, Vicho hizo la charla de siempre, y al final, con el rotulador todavía en la mano, dijo:
—Y apuntad una cosa en la libreta de los deberes. Hoy habéis defendido su salida alta como os dije el lunes. —Miró a Nil—. ¿Quién te la explicó?
—El abuelo —dijo Nil.
—Pues eso —dijo Vicho, y escribió en la pizarra, en la esquina, donde se apuntan las cosas que cuentan: «análisis rival: R.C.», y no dijo más, y el vestuario entero lo vio, y yo hice como que me ataba las zapatillas.
El autobús de vuelta salió a las once. Victoria no había, pero había la otra cosa, la del trabajo hecho: el equipo se había quedado vivo para el jueves, y en el fondo del autobús el cansancio era del bueno.
Yo miraba por la ventanilla la noche de la meseta, con la rodilla estirada hacia el pasillo, cuando JR se levantó de su asiento de delante y vino a sentarse a mi lado.
JR no viaja casi nunca con el equipo; cuando viaja, es que hay papeles.
Los traía. Una carpeta fina, azul oscuro, que me entregó sin palabras.
—Las actas de la reunión intermedia de la auditoría —dijo—. De esta semana. Las ha pasado la clínica al club, como marca el procedimiento. Léelas.
Leí. Tres páginas, con la prosa plana de las actas.
En la segunda página estaba el párrafo: «la valoración actuarial estima recomendable la no renovación del contrato del jugador R.C.
, atendiendo al historial de lesiones y al reciente episodio documentado de sinovitis con edema óseo, que eleva la prima de riesgo por encima del umbral asumible».
Y en la tercera página, peor, porque era más grande que yo: «se acuerda someter el patrocinio de manga (80.
000 €/temporada) a revisión de valor en el comité del día veintiséis, en el mismo expediente que la póliza colectiva».
Leí el párrafo dos veces. No era solo mi contrato.
Era la manga entera, los ochenta mil euros de la clínica, la póliza de veintitrés compañeros: todo atado al expediente A-2029/014, el de la raya amarilla, el mío.
Mi rodilla se había convertido, sin que nadie lo decidiera en una sola sala, en el precio de todo lo demás.
—Esto es por mi culpa —dije.
—Esto es por culpa de una aseguradora —dijo JR—. Tú solo les has dado la excusa que buscaban desde diciembre. No te pongas medallas que no te tocan, Cuesta: ni la de héroe ni la de culpable.
—Puedo renunciar —dije—. Si me retiro ahora, la prima baja, el patrocinio se salva, el club no tiene que elegir.
JR me miró con los ojos de los que han visto todas las derrotas posibles y algunas victorias, y dijo:
—Sí. Puedes. Y si lo haces, te lo agradezco toda la vida y no te lo perdono nunca. —Se levantó, se acomodó el abrigo—. Mira por la ventana, Raúl.
Miré. La noche, la autovía, los reflejos del autobús en el asfalto mojado.
—El partido de tu vida no era el de hoy —dijo JR—.
Ni el del jueves. El partido de tu vida es el veinticuatro, si es que llegamos, y estás ocupado retirándote en un autobús a la altura de Valladolid.
—Se inclinó hacia mí y habló bajito, para que solo lo oyera yo—.
Todavía queda un periodo, hijo. El tercero.
El que te conoce entero sabe que es el tuyo. No se lo regales a una aseguradora.
Se fue a su asiento. Yo me quedé con las actas en las manos, con la noche de la meseta corriendo por la ventanilla, y con la frase dando vueltas: todavía queda un periodo. En el cuaderno, aquella noche, en mi cocina, escribí el parte más corto del año:
«Fuera de la lista. Fuera del cajón. Fuera del desayuno. Y novecientas personas cantándome de pie. Balance del día: ni idea de cómo se cierra esto. Preguntarle al hielo, que es el único contable que no se equivoca nunca.»
Y debajo, porque las malas noches también se documentan: «La puerta está entornada. Lo ha dicho el míster, que no regala nada. Aguantar dos semanas. La rodilla sabe hacer una cosa mejor que yo: esperar. Que me enseñe.»