Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo duodécimo — Lista de baja #2
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Capítulo duodécimo — Lista de baja #2

Cuando el equipo saltó a calentar, la grada hizo lo suyo: el cántico, los nombres, el ruido.

Y cuando la megafonía leyó la alineación y mi número no estaba —cuando dijo «y a la grada le gustaría saludar a un jugador que hoy no puede estar en el hielo», y las cámaras me enfocaron en la zona de prensa, y mi cara salió en la pantalla—, pasó la cosa que no se olvida en la vida.

Novecientas personas se pusieron de pie y empezaron a cantar mi nombre. No «Cuesta»: el otro, el del vestuario, el que yo mismo me había puesto para que no doliera.

—¡A-bue-lo! ¡A-bue-lo! ¡Hielo en las venas!

Sonó atronador. Sonó tres veces, cuatro, con los tambores de la peña marcando el compás y la grada entera —los novecientos, de pie, mirando hacia la zona de prensa— cantándole a un defensa de treinta y seis años con la rodilla rota por tercera vez y una silla vacía en un desayuno benéfico.

Aitor se giró desde el hielo y levantó el stick hacia mí.

Kuba lo imitó. Y yo me levanté, con la garganta hecha un nudo del tamaño de un disco, y levanté el puño, y sonreí, y lloré un poco, y no me importó que la pantalla lo enseñara todo.

Llevo veinte años en esto. He oído mi nombre en graderíos de segunda división con doscientas personas y en el pabellón lleno la noche del ascenso.

Puedo decirlo con conocimiento de causa: la ovación más grande de mi vida me la dieron la noche que no podía jugar.

La gente no me estaba aplaudiendo los minutos ni los bloqueos.

Me estaba aplaudiendo el hecho de seguir existiendo, y eso no se puede entrenar, no se puede medir, no cabe en ninguna hoja de cálculo, y es lo único que de verdad justifica las croquetas de los domingos sin hielo.

En el cuaderno, esa noche, anoté la ovación en la columna de los activos, con una precisión que no me enorgullece: la necesitaba contabilizada, porque sabía lo que venía en la cartera de JR, aunque todavía no lo supiera.

Los hombres de mi edad guardamos los aplausos como se guarda la leña: no para presumir, sino para los inviernos.

Y aquella misma semana llegó un invierno de tres páginas con membrete de actuarial.

Ganamos 4-2. Fue un partido hermoso, de los que hacen afición: el equipo voló, Brett marcó dos, el chaval de mi cajón cumplió con la seriedad del que sabe que juega con fuego, y el Koldsan León se fue a casa sabiendo que en abril tendría que volver a un pabellón que ya no era un parque logístico sino una olla.

En el descanso del segundo periodo me vibró el móvil.

Era Vera, que veía el partido en casa de su madre, con el permiso excepcional de la hora de acostarse que se concede en las noches grandes: «papá te han cantado en la tele y se te ha puesto cara de tonto.

te quiero. no llores que se nota». Le contesté con los pulgares torpes: «no lloro, es el vapor del hielo», y ella: «papá, en casa no hay vapor», y ahí me remató del todo, la muy lista, igual que me remató su madre reenviándome el mensaje con una sola línea añadida: «Tiene razón.

Se te nota. Cuídate esa rodilla, Raúl. En serio.

» De Cris, en cinco años de separaciones y acuerdos, aquella fue la primera frase que me llegó sin pasar por el filtro de la custodia.

La guardé también. Hay noches en que la contabilidad se desborda y todo son ingresos.

Ver el hockey desde la grada es un deporte distinto, y a los treinta y seis años lo aprendí de golpe, como se aprenden los idiomas de mayor: a base de palos.

Desde la zona de prensa se veían las cosas que desde el hielo no se ven nunca: la manera en que nuestro sistema defensivo respiraba, expandiéndose y contrayéndose con una lógica que yo sentía en el cuerpo y nunca había visto entera; el segundo de retraso de Nil en las transiciones, que en el hielo me parecía un instante y desde arriba era un océano; y la forma en que la grada empujaba, de verdad, con una fuerza que tenía dirección, como el viento en los partes meteorológicos.

A mi lado, un redactor joven de una web deportiva tomaba notas; en el descanso del segundo periodo me reconoció, me pidió una frase, y le dije: «escribe que este equipo juega mejor sin el abuelo, que es verdad, y que al abuelo no le importa, que también es verdad».

No la publicó. Me dijo después que era demasiado buena para gastarla en un cuatro a dos de cuartos, que la guardaba para algo grande.

Los periodistas también tienen cuadernos de cuentas.

Yo vi el partido con una mezcla imposible de orgullo y de hambre, y en el tercer periodo, cuando la grada volvió a cantar mi nombre en una pausa, entendí que la puerta de Vicho no era una metáfora: era una factura que el club entero estaba dispuesto a pagar, y que mi obligación ya no era jugar. Era volver.

El lunes empecé con los chavales. Turno de las siete, filial y juveniles, los diecisiete años hechos patines.

Llegué a las seis y media, me patiné solo veinte minutos —la rodilla, sin impacto, respondía; la sinovitis no duele patinando suave, duele en los frenazos, y yo no frené en todo el turno— y cuando llegaron los chicos me encontraron en el banco, atándome las cuchillas.

El pabellón de las siete de la mañana es un país distinto del de las siete de la tarde.

No hay megafonía, ni grada, ni focos: hay frío de verdad, vaho en el hielo y el sonido desnudo de las cuchillas, que es el sonido más viejo de mi vida.

Sebas estaba allí, por supuesto, repasando los bordes con su rastrillo, y cuando pasé a su lado no me dijo nada de la lista ni de la baja: me señaló el hielo con la barbilla, como cada mañana de los últimos seis años, y aquello me arregló más el ánimo que todas las charlas.

Las liturgias no preguntan cómo estás; por eso funcionan.

El entrenador del filial me presentó con dos frases: «el señor Cuesta se entrena con nosotros unas semanas.

Le escucháis como me escucháis a mí». Dieciséis pares de ojos me miraron con la mezcla de respeto y de examen que tienen los adolescentes, y uno, un defensa espigado que me llegaba a la nariz y que olía a loción nueva —el de mi cajón, el del sábado—, dijo «buenos días, míster» con una voz que todavía hacía castañuelas.

—Cuesta —dije—. O abuelo, si os atrevéis.

Se rieron, y el hielo de las siete nos tragó a todos, y durante dos horas enseñé lo que sé: dónde poner el cuerpo cuando el delantero viene con ventaja, cómo se lee un pase antes de que exista, por qué el segundo disco es el que vale la liga.

Los chavales escuchaban con la boca abierta, y yo descubrí, con una sorpresa que me duró toda la semana, que enseñar no era el premio de consolación: era otra forma de jugar.

Descubrí también que los diecisiete años tienen una crueldad involuntaria y hermosa: corren todo.

A la tercera repetición de un ejercicio de posición, el espigado —se llamaba Max, supe, y llevaba tres semanas esperando que alguien le enseñara algo que no fuera esfuerzo— me preguntó con toda la inocencia del mundo:

—Oye, Cuesta, ¿tú has visto jugar a los Árticos en segunda?

—He jugado con los Árticos en segunda, Max.

—Ah —dijo, y calculó, y se le quedó la cara de los niños cuando calculan edades—. Espera. ¿Tú estabas en el ascenso?

—Estaba.

—Joder —dijo Max, con la admiración teológica de los diecisiete—. Eres un dinosaurio.

—Un dinosaurio que te acaba de ganar la posición tres veces seguidas —dije—. Cuarta, anda. Esta vez intenta no anunciarme el giro con la cadera.