Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo duodécimo — Lista de baja
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Capítulo duodécimo — Lista de baja

La reunión era a las nueve del sábado, en la sala de la pizarra, y yo llegué a las ocho y media porque los veteranos llegamos pronto a los sitios donde nos van a quitar algo. Es una manera de que duela menos: si estás sentado cuando llega el golpe, el golpe no te encuentra de pie.

Estaban todos: Vicho, el doctor Renedo —médico del club, un galeno sensato con bigote de los ochenta—, el preparador físico, y Noa en la esquina de la mesa, con su carpeta gris cerrada y cara de veredicto conocido.

Delante de Vicho, el informe de la resonancia, y encima del informe, la lista de convocados para el primer partido de cuartos.

La lista estaba impresa. Mi dorsal no estaba en ella; lo comprobé de reojo mientras me sentaba, de la manera en que se comprueban esas cosas, sin mover la cabeza. El cuatro no estaba.

Renedo habló primero, con la voz de los médicos, que es una voz que no necesita subirse: repasó la imagen, el derrame, el edema de grado uno, y sentenció con la calma de la anatomía que no negocia: «con carga competitiva, esto se convierte en algo serio en tres semanas; sin carga, se reabsorbe en dos.

La elección no es médica, es de calendario».

El preparador asintió con la libreta cerrada: él me había visto esconderme la inflamación en los entrenamientos y se sentía, supe después, tan engañado como Vicho, aunque con menos derecho a decirlo.

Noa no habló en toda la parte médica. La miré una vez, de reojo, y tenía los ojos en el informe y las manos muy quietas, y supe que estaba haciendo lo que hacía siempre en las salas: medir el ambiente para no tener que mirarme, porque mirarme delante de los demás ya era una variable que ninguno de los dos sabíamos controlar.

—Vamos a hacerlo rápido y bien —dijo Vicho—.

Raúl, el parte médico lo conoces mejor que nadie.

Sinovitis de sobrecarga con edema óseo. Dos semanas sin impacto, revisión el quince.

En consecuencia: quedas fuera de la lista de cuartos.

No hay debate médico posible, y no lo hay porque no lo vas a tener conmigo: lo tuviste con tu rodilla diez días y perdiste.

—Sí, míster —dije. Era lo único que tocaba decir.

—Segundo. —Vicho se recostó en la silla—.

Lo de estos diez días. Me mentiste, Cuesta.

Me diste partes falsos, esquivaste las pruebas y me hiciste cómplice sin pedirme permiso.

Eso, en otro vestuario, es una sanción de manual, y aquí también lo sería si yo fuera otro entrenador.

—Se quitó las gafas, que se había puesto para leer, costumbre nueva de sus cuarenta y nueve—.

Pero resulta que llevo seis años contigo, y sé que no me mentiste por ti.

Me mentiste por esto —señaló alrededor, la pizarra, el escudo—, que es la única mentira que en este club se paga distinto.

Así que la sanción no va a ser económica ni deportiva. Va a ser de servicio.

—¿De servicio?

—Desde el lunes, te entrenas con el filial y los juveniles en el turno de mañana.

—Me dejó un segundo para tragar—. No es un castigo, aunque te lo va a parecer.

Es tres cosas a la vez: te quita la carga competitiva, te mantiene el ritmo, y les das a los chavales algo que ningún entrenador puede darles: veinte años de oficio a diez metros.

—Me miró—. Y me consta que se lo vas a dar, porque eres así de terco: hasta en el castigo vas a rendir.

—Míster —dije, y se me cortó la voz, y odié que se me cortara.

—Y una cosa más, la importante. —Vicho se levantó, vino alrededor de la mesa y me puso la mano en el hombro, y dijo la frase que me llevé a casa escrita en el esternón—.

Esto no es una despedida, Cuesta. La puerta no se cierra.

Se queda entornada. Tú haces tu parte —señaló el informe—, y si el quince la doctora dice que la rodilla responde, tú vuelves.

No te prometo los playoffs. Te prometo que la puerta se queda entornada.

Y ahora vete a casa, que esta noche tienes que estar en la grada con los de verdad.

No me fui a casa. Me fui al vestuario, que estaba vacío —el equipo salía a las doce para el partido de las seis—, y me senté en mi sitio de la puerta, y entonces vi la segunda parte de la sentencia, la que no estaba en ningún papel: mi cajón —el mío, el de los siete pasos— ya tenía dueño nuevo: una bolsa de un chaval del filial, subido para completar la convocatoria de playoffs.

Mi nombre seguía en la taquilla, pero el cajón ya era de otro.

Me quedé mirando el cajón un buen rato. El vestuario entero es una escritura: quién se sienta dónde, quién usa qué banco, quién tiene cajón y quién lo comparte.

Los jugadores leemos esa escritura antes que los marcadores.

Y la escritura decía, aquel sábado por la mañana, que Raúl Cuesta acababa de perder siete pasos de territorio, y que el territorio perdido lo ocupaba un chaval de diecinueve años que olía a loción nueva.

Salí del pabellón sin despedirme de nadie, y en el aparcamiento me llamó Ernesto Prats, con la voz de la campaña.

—Raúl, hombre, te echo de menos esta mañana.

—El desayuno benéfico de Santa Brígida, el tercer acto del calendario del protocolo, era aquella mañana, y mi silla estaba vacía—.

Lo he entendido, eh, lo primero es la salud, te lo dice el de marketing con total sinceridad.

Pero me ha pillado a contrapié: la mesa de los testimonios tenía tu nombre puesto, y hemos tenido que rehacer el orden del día en una hora.

—Lo siento, Ernesto. Ha sido esta semana.

—Ya, ya me han dicho. —Una pausa, y en la pausa oí el cálculo, no malvado, profesional: el del hombre que pesa qué significa un protagonista de campaña fuera de combate—.

Escúchame una cosa, y no te lo tomes a mal.

La clínica está en plena revisión del patrocinio, y la campaña era —es— parte de esa revisión.

Tu historia vendía. Un protagonista que no puede jugar vende distinto, no voy a mentirte.

¿Hay posibilidad de que vuelvas antes del veintitrés?

La recepción de patrocinadores es el veintitrés, y esa no puedo moverla.

—Estoy en manos de una resonancia —dije—. Si la resonancia dice que sí, estaré.

—Pues que diga que sí, hombre. —Otra pausa, más humana—. Cuídate, Raúl. De verdad. La campaña espera.

Colgué, y me quedé en el coche sin arrancar, y pensé en la cláusula primera del protocolo: «la parte A asistirá a la totalidad de los actos».

Por primera vez desde enero, el calendario del protocolo y mi cuerpo habían llegado a un cruce, y en el cruce mi cuerpo había dicho que no, y el protocolo no tenía casilla para eso tampoco.

Noa asistiría sola, como rehabilitadora del expediente.

La pareja pública de Raúl Cuesta tendría que explicar la silla vacía con sonrisas.

Las sillas vacías, pensé, son las que más hablan en los actos oficiales.

Conduje hasta casa por la ciudad de sábado por la mañana, y en un semáforo me crucé con el cartel luminoso de una farmacia que daba la hora: las once y cuarto.

A esa hora, en el salón de actos de Santa Brígida, Prats estaría presentando la mesa de testimonios con mi tarjetón delante.

Me imaginé la escena con la precisión de los que han hecho campaña: el discurso de los retornos, los aplausos medidos, y en el centro, Noa, con su sonrisa pública y su carpeta azul, sosteniendo sola una historia que habíamos construido entre dos.

La cláusula primera la obligaba a estar; nada la obligaba a hacerlo bien, y sin embargo sabía que lo haría bien, porque ella era de las que cumplían las cláusulas hasta cuando dolían.

Esa certeza me acompañó todo el día, con un peso que no era culpa ni orgullo, sino las dos cosas a la vez, mezcladas en la proporción exacta en que se mezclan siempre cuando alguien paga por ti una factura que no le toca.

A la una, con el desayuno benéfico en pleno discurso, me llegaron dos mensajes de ella.

El primero era una foto de la mesa de testimonios, con mi tarjetón todavía puesto y una jarra de zumo haciendo bulto en mi sitio.

El segundo decía: «Estoy gestionando la silla.

Versión oficial: recuperación controlada, vuelve pronto.

Prats ha preguntado cuatro veces por la resonancia del quince.

La audiencia te manda mensajes que no puedo transcribir en horario infantil.

Aguanta, Cuesta.» Le contesté: «Diles que el abuelo está en el banquillo de los suplentes de la vida, pero se está calentando».

Me respondió con un solo signo de interrogación: «?

». Y a los dos minutos, porque ninguno de los dos aguantábamos los silencios administrativos: «Esa frase no estaba mal. La perdono. Ahora hielo».

Aquella noche fui al partido. Primer partido de cuartos de final de la historia del club, en casa, contra el Koldsan León, y yo fui de civil, con vaqueros y el abrigo bueno, como un espectador más.

Sara me había conseguido un sitio en la zona de prensa, junto a la grada de animación, «para que no estés solo y no estés lejos», que es como cuida Sara: sin que se note.

Llegué pronto, por costumbre, y vi el pabellón llenarse.

Novecientas personas. La mejor entrada de la temporada, decía la megafonía con voz emocionada: el equipo de la segunda división, el del parque logístico, el de la calefacción huelguista, jugando unos cuartos de final de la liga grande con novecientas almas en la grada.

La Grada Norte venía con sus sesenta y sus tambores y una pancarta nueva que me dio en el pecho antes de que la leyera entera: «DE VICÁLVARO AL CIELO». No ponía mi nombre. No hacía falta.