Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo undécimo — La anomalía #3
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Capítulo undécimo — La anomalía #3

Por la tarde supe cómo había ido, porque él me lo contó desde el aparcamiento de la Pista Norte, con la voz cansada de las cuentas saldadas.

Le había enseñado el informe a Vicho en su despacho, con la puerta cerrada, y le había dicho la verdad entera: los diez días, el ibuprofeno, la declaración falsa.

Vicho había escuchado sin interrumpir, y al final no había gritado, que era lo que todos esperaban de Vicho: había llamado al preparador físico y al médico del club, había convocado para el sábado una reunión de staff, y le había dicho a Raúl una sola frase, que él me transcribió palabra por palabra: «Me has mentido durante dos semanas, Cuesta.

Ahora no me mientas en la recuperación, que es la única parte que todavía nos queda».

El sábado se decidía la lista de cuartos.

Sin él, ya lo sabíamos los dos: la primera lista de playoffs de la historia del club saldría sin el número cuatro.

—El número cuatro —dije—. Llevo ocho semanas con tu expediente y es la primera vez que te oigo el dorsal.

—Es que nunca me lo habían quitado —dijo él, y colgó.

Porque ahí está lo que tengo que escribir, y lo escribo sin maquillar, porque este capítulo es el de las confesiones: aquella noche, con el diagnóstico en la mano y el expediente abierto, tenía que registrar la anomalía en el sistema de seguimiento.

El sistema de Santa Brígida marca cada entrada con fecha y hora, y la anomalía —la primera, la del sábado diecisiete, el hueco de cero coma cuatro— tenía doce días de existencia y ningún registro.

Registrarla aquella noche era registrar también mi retraso: el sistema iba a mostrar, para siempre, que la anomalía del veintisiete de febrero —fecha oficial del procesamiento de los datos del diecisiete— se registró el uno de marzo.

Cuarenta y ocho horas, me dije. Solo cuarenta y ocho horas.

Registré la anomalía con fecha del veintisiete, que era la fecha técnicamente correcta —los datos se procesaron ese día, el sistema es justo en eso—, y me dije que las otras doce, las del diecisiete, las de mi zoom y mi no-marcación, eran una cuestión de interpretación, no de datos.

Que en el sistema constaba lo importante: la desviación, su magnitud, su evolución.

Que nadie necesitaba saber que su rehabilitadora había mirado la alarma a la cara doce días antes y había decidido llamarla ruido.

Cuarenta y ocho horas de ambigüedad en el registro. Eso fue lo que me compré. El precio de mercado de mi silencio del sábado diecisiete, pagado a plazos en una casilla de fecha.

Guardé el registro a las veintitrés cuarenta y siete del uno de marzo.

El sistema, obediente, anotó la hora. La anomalía llevaba sello del veintisiete de febrero.

La diferencia entre ambas marcas quedó grabada en el servidor con la paciencia infinita de los servidores, que no juzgan, no olvidan y no redondean.

Aquella noche, la última noche antes de que todo bajara al sótano, él vino a mi casa.

No hablamos de la renovación ni del club ni de la cláusula de presentación.

Nos tumbamos en el suelo del salón, sobre la alfombra, mirando el techo, y leímos en voz alta los guiones del desastre, por turnos, como quien lee el programa de una función:

—Guion uno —dijo él—: el club me retira de la lista de cuartos, me opera el calendario de los entrenamientos, y vuelvo para semifinales, y el comité decide que un hombre que se rompe en marzo no es renovable, y todo esto habrá sido una despedida muy larga.

—Guion dos —dije yo—: el edema cede en quince días, vuelves el dieciséis, juegas las semifinales con minutos limitados, la clínica acepta el informe, renuevas, y dentro de veinte años le contamos a alguien que casi lo estropeamos por tercos.

—Guion tres —dijo él—: cualquier cosa intermedia, que es la que pasa siempre.

—Guion cuatro —dije yo, porque se me ocurrió entonces—: lo dejas. Aceptas el diagnóstico como una despedida, te ahorras la recuperación, y te jubilas con la rodilla entera y la conciencia limpia.

Se giró a mirarme en la penumbra.

—¿Tú crees que existe ese guion?

—No —dije—. Lo he dicho para oírte decirlo a ti.

—Pues no existe —dijo él, mirando otra vez el techo—. Mientras haya un dos por ciento de opciones de jugar el veinticuatro, ese guion no existe. Y eso no es terquedad, Noa. Es que sé leer mis propias tablas: lo que me queda no se mide en temporadas. Se mide en noches de marzo.

Nos quedamos callados, mirando el techo. Su mano encontró la mía sobre la alfombra. No hubo más aquella noche: ni piel ni prisa, solo dos contadores tumbados en el suelo, con las cuentas suspendidas, agarrados de la mano como se agarran los que saben que mañana empieza la parte difícil del balance.

—Noa —dijo, ya en la puerta, antes de irse—. Gracias por no redondearme ni siquiera esto.

—No me agradezcas todavía —dije—. No sabes lo que he hecho yo con tus datos.

—Pues cuéntamelo —dijo, sonriendo triste—. Que hoy es el día de las confesiones.

No se lo conté. Le di un beso en la puerta y le dije «mañana», y el mañana de aquella frase tenía que durar, según mis cálculos, lo que tardara yo en encontrar la manera de decirle que su rehabilitadora había visto la alarma doce días antes que él y la había archivado en la misma carpeta mental donde él guardaba su papel doblado.

En la pantalla de mi ordenador, antes de dormir, quedó abierto el registro: entrada guardada 01-03, veintitrés cuarenta y siete. Datos con sello del veintisiete de febrero. Cuarenta y ocho horas de diferencia, inscritas para siempre en el servidor.

El sistema recordaría la diferencia. Los sistemas siempre recuerdan la diferencia. Para eso están, y es también, aunque aquella noche no quise verlo, para lo que estamos nosotros.