Capítulo undécimo — La anomalía #2
—¿Desde cuándo? —dije, con la voz de las casillas, porque la voz de las casillas era lo único que me sostenía—. ¿Desde cuándo duele de verdad?
—Desde el lunes diecinueve. Punzada en la cara interna, inflamación leve, continua.
—Lo dijo de corrido, como se dan los partes—.
El perímetro real hoy es cuarenta y dos y medio, el de ayer cuarenta y dos y dos.
El ibuprofeno llevo tomándolo desde el jueves, cuatrocientos antes de los partidos.
La espalda del veintiuno no existió: era para esquivar el salto, porque sabía que el salto me delataba.
El hielo en casa, dos veces al día, quince minutos, eso sí lo hice bien.
El dolor declarado es falso desde el lunes diecinueve.
—Se recostó en la silla—. ¿Quieres que siga? Llevo nueve días ensayando este parte.
Yo no quería que siguiera. Yo quería levantarme y hacer tres cosas contradictorias: zarandearlo, abrazarlo y tomarle el perímetro con mis propias manos para comprobar el cuarenta y dos y medio.
Hice la tercera. Cuarenta y dos y medio exactos.
Incluso su confesión venía con datos precisos: era su manera de pedir perdón, con exactitud, la única moneda que él sabía acuñar.
—¿Por qué? —dije al final, y era la pregunta tonta, la que se hace cuando ya se sabe la respuesta.
—Porque si te lo digo, me paras. —No se excusó; no adornó—.
Y si me paran, se acabó. No la temporada, Noa: el final.
Mi final. Llevo veinte años esperando unos playoffs con este club, y me quedan poco más de dos semanas de plazo con la clínica, y la única manera de llegar a las dos cosas era que la rodilla aguantara callada.
—Me miró—. Ya sé lo que vas a decir. Que la rodilla no aguanta callada, que habla por la pulsera, por la cinta, por la deriva.
Tienes razón. Lo supe el domingo veinticinco a las once de la noche, y lo escribí, y lo llevé encima tres días, y no fui capaz de entregártelo.
Porque tú eres la única persona a la que no quería mentirle, y eso, en mi cabeza, se convirtió exactamente en la razón para mentirte mejor.
—Bajó la voz—. Ya te dije una vez que mi sistema era colgarlo todo de muchos ganchos para que no se cayera la percha.
Pues te colgué a ti del último gancho, el de «no te lo cuento para no perderla», y es el gancho más estúpido de todos, y lo sé desde entonces.
No lloré. Lo repito para el expediente: no lloré en mi despacho. Lo que hice fue lo que mi formación manda: pedir imagen.
Pero antes de pedirla le dije la parte que no estaba en mi formación:
—¿Sabes qué es lo peor? Lo peor no es que me mintieras.
Es que funcionó. Nueve días, Raúl. Nueve días mirándote a la cara, midiéndote el cuerpo, compartiendo tu sofá, y no lo vi.
¿O sí lo vi? —Me levanté, porque sentada me ahogaba—.
El sábado diecisiete vi una desviación en tu curva y no la marqué.
El lunes vi la deriva entera y la llamé verificación.
Tu mentira funcionó porque yo decidí creérmela.
Tú falsificaste los datos; yo acepté la falsificación.
Dime qué porcentaje de esta avería es tuyo y cuál es mío, anda, que tú eres el de las cuentas.
—Noa —dijo él, poniéndose de pie también.
—No. —Levanté la mano—. Hoy no me consueles. Hoy soy tu rehabilitadora y acabas de confesarme nueve días de fraude clínico, y tengo que decidir si te denuncio a ti, me denuncio a mí, o nos salvamos los dos. Y no sé la respuesta. La llevo buscando desde el lunes y no está en ninguna tabla.
—Mañana, primera hora, resonancia —dije—. Voy a pedirla como urgencia clínica, y va a salir lo que tenga que salir, y se lo vas a contar tú mismo a Vicho, porque yo no voy a ser cómplice de tu mentira delante del club. ¿Me has oído?
—Te he oído.
—Y otra cosa. —Le devolví el papel, doblado, y nuestras manos se tocaron un segundo, y fue el segundo más triste de la temporada—. Esto lo guardas tú. Es tuyo. Cuando esto termine, sea como sea, me lo vas a volver a enseñar, y me vas a decir en qué página del cuaderno lo archivaste.
El jueves primero de marzo, a las ocho de la mañana, Raúl Cuesta entró en la resonancia de Santa Brígida, y a las diez y veinte la radióloga de guardia me llamó a la pantalla.
Los cincuenta minutos de espera los pasé en la sala de rayos con el parte del día delante sin leerlo, contando cafés de máquina que no me tomé, y pensando en una frase de mi primer año de carrera: el diagnóstico por imagen es el único tribunal donde el paciente no puede declarar.
Él llevaba diez días declarando. Yo llevaba doce.
En la sala de espera, por primera vez, éramos inocentes los dos.
—Mira —dijo, señalando con el cursor—. Sinovitis de sobrecarga, reactiva, con derrame moderado.
Y esto de aquí —amplió—: edema óseo en el cóndilo medial, grado uno.
El injerto está intacto, míralo, perfecto, una reconstrucción preciosa.
Esto no es una rotura nueva. Es una alarma de carga.
—Me miró por encima de las gafas—. ¿Cuánto ha estado jugando con esto?
—Diez días —dije—. Dos partidos.
—Pues le ha salido barato. Dos semanas sin impacto como mínimo, hielo, antiinflamatorios, y revisión a los quince días.
Si el edema cede, vuelve. Si sigue cargando encima, el edema sube de grado, y entonces hablamos de meses, no de semanas.
—Apagó la pantalla—. Dile a tu defensa que ha ganado el partido de esta temporada al cuerpo más terco de la liga.
—Se lo diré —dije—. Aunque ya lo sabe. Lleva veinte años entrenando para ese título.
El diagnóstico era, dentro de lo malo, el mejor posible: nada estructural, nada quirúrgico, nada definitivo.
Dos semanas. Quince días después del primero de marzo: el dieciséis.
Los cuartos de final empezaban el tres. Las semifinales, si llegaban, el catorce.
El calendario dejaba una puerta estrecha, del ancho exacto de una recuperación perfecta.
Se lo expliqué a él en la sala de espera, con el informe en la mano, y él escuchó el diagnóstico con la cara de quien recibe una sentencia esperada, y solo preguntó una cosa:
—¿Puedo llegar a semifinales?
—Puedes llegar si haces todo bien desde hoy —dije—. Empezando por contárselo al club. Hoy.
—Hoy —repitió, y salió hacia la pista con el informe en la mano y la espalda recta, y yo me quedé en la sala de espera con la otra mitad del problema, la mía.