Capítulo decimotercero — El expediente Cuesta #2
No vi el partido. No pude: la retransmisión del club significaba ocho segundos de retraso entre el grito de la grada y el gol en pantalla, y yo necesitaba que aquella noche el hockey me llegara como me llegaba todo lo demás, con retraso y sin certeza.
A las once y cuarto, cuando la prórroga terminó, cogí el móvil tres veces para escribirle.
Escribí «enhorabuena», lo borré. Escribí «lo siento», lo borré.
Escribí «estoy aquí», y lo borré también, porque era la única de las tres que era completamente cierta y la única que no tenía derecho a enviar.
Me escribió él a las once y media: «El equipo está en semifinales.
El chaval de mi cajón ha jugado veinte minutos.
Todo lo demás ya lo sabes. Descansa, Noa.
» Ni una queja. Ni una acusación. La generosidad de su mensaje me sentó peor que cualquier bronca: era el tono del que ya se está despidiendo por entregas, y yo conocía ese tono de los partes de mi madre.
El viernes fue un día de niebla administrativa: sesiones con mis otros pacientes, sonrisas calibradas, la cinta métrica haciendo su trabajo sin opinión.
Medí tres tobillos, dos hombros y una cadera, y en cada medición mi mano hacía el gesto de siempre y mi cabeza repetía la frase de Vallejo con la fidelidad de un bucle: le redondeó los datos a un paciente.
Un niño de doce años me preguntó si estaba triste, «porque mides igual pero sonríes menos», y le dije que era el cansancio de marzo, y el niño asintió con la indulgencia de los que todavía creen que los adultos no mentimos en las casillas.
A la hora de comer me senté sola en la cafetería, en la mesa del fondo, la de la cláusula primera, y comí una ensalada sin probarla, repasando la geometría del desastre.
Había una simetría horrible en el expediente entero: él había mentido con el cuerpo para no perder el final, yo había mentido con los datos para no perderlo a él, y los dos habíamos llamado «protección» a nuestra estafa respectiva.
La única diferencia era el orden de los descubrimientos: su mentira la había destapado mi tabla; la mía, un servidor.
Ninguno de los dos había tenido el coraje de la confesión a tiempo.
Eso, pensé con el tenedor parado a medio camino, era lo que tendría que cambiar si alguna vez existía un «después»: no promesas, no cláusulas, solo la costumbre de decirlo antes de que lo descubra el sistema.
A las seis, Marta Cifuentes me encontró en la sala de hielo 2, recogiendo bolsas de gel. No me preguntó nada. Se quedó un momento en la puerta, y dijo:
—Los que hemos mentido a pacientes alguna vez formamos un club. Yo soy socia desde hace años. —Y se fue, y esa fue la única misericordia del día.
El sábado por la tarde fui a Vicálvaro. No lo planifiqué; los pies me llevaron, que es lo que dicen los que no quieren admitir que planificaron perfectamente el trayecto, el metro, la salida.
Era el fin de semana de Vera, la quinta visita, y yo no pensaba acercarme: solo quería ver la calle, el portal, estar cerca de la parte del mundo donde él estaba.
Llegué a las seis y cuarto, y me quedé junto a la furgoneta de siempre, y a las seis y veinte salieron los dos del portal, él y la niña, camino del coche de Cris que esperaba en la esquina.
Vera llevaba la mochila nueva y la bufanda de dinosaurios.
Él caminaba a su lado con el paso medido de la rodilla en reposo, escuchándola con la cabeza inclinada.
Iba contándole algo, y por los gestos supe que era hockey: la niña dibujaba líneas en el aire con el dedo, trazando jugadas, y él asentía y le corregía una, despacio, y los dos reían.
En la esquina, antes de subir al coche, la niña se giró, se puso de puntillas y lo abrazó por la cintura, fuerte, con la cara entera enterrada en su abrigo; y él se agachó despacio —con el cuidado de milímetro que yo le había medido tantas veces, con la rodilla diciendo presente en cada grado de la flexión— y la abrazó con los dos brazos, con la barbilla en su coleta, y se quedó así un rato largo, y la niña lo abrazaba con ese cuidado raro, contenido, como quien abraza algo que sabe que está roto.
Entendí entonces, con toda la crudeza de la que era capaz mi cabeza de auditora, que Vera sabía lo de la rodilla.
No los datos: la verdad. Los niños siempre saben la verdad; son los adultos los que nos enteramos por partes.
Y entendí también que en esa esquina se abrazaban las dos personas que más habían pagado mi expediente: la niña, que había visto lo que no debía, y el padre, que había escondido lo que no podía.
Mi carpeta gris pasaba por encima de los dos sin tocarlos, y sin embargo los rozaba en todo, y ahí estaba yo, detrás de una furgoneta, con las manos vacías y la culpa llena, mirando.
El coche se fue. Él se quedó en la esquina con las manos en los bolsillos, mirándolo doblar, y entonces me vio, junto a la furgoneta, a treinta metros, y no se movió. Tampoco yo. Nos quedamos así, con la calle entera entre los dos, hasta que él cruzó despacio, y llegó a mi lado, y no me tocó.
Habíamos pasado por esta calle cien veces en mi cabeza aquella semana. En ninguno de los ensayos empezaba yo hablando de trabajo; en todos acababa hablando de trabajo, porque el trabajo era el idioma común que nos quedaba, la última mesa compartida de la casa incendiada.
—Me han apartado del caso —dije—. El sistema marcó la diferencia de fechas. Vallejo lo sabe todo.
—Lo sé —dijo—. Me llamó el club. Actuarial ha elevado la recomendación a opinión formal. —Lo dijo con la calma de los que ya han llorado su parte—. ¿Y a ti? ¿Qué te han dicho a ti?
—Revisión de integridad del expediente. Puede ser disciplinario. —Tragué—. Puedo perder la plaza, Raúl.
—Entonces lo dejamos —dijo, rápido, con la voz de las decisiones tomadas—.
Esto, lo nuestro, el protocolo, todo. Escúchame: tu plaza no se toca.
Mañana vas a Vallejo y le dices que fue un error, que ya está corregido, que tú y yo no somos nada, que el expediente se rehace con Piqueras y punto.
La renovación se pierde sola, no necesita tu ayuda.
Yo me jubilo, que ya me tocaba, y tú salvas tu carrera.
—¿Eso estás haciendo? —dije despacio—. ¿Decidir por mí?
—Estoy protegiéndote.
—No. —Le miré, y la calle se me movió, y no era la calle, era yo—. Estás haciendo lo de siempre. Lo del gancho: sueltas la carga antes de que te la quiten, así la caída la controlas tú. Primero la rodilla, ahora yo. «Me jubilo, que ya me tocaba.» Ni me lo has preguntado.
—Noa, escúchame—
—No, escúchame tú. —Mi voz temblaba, y la dejé temblar—.
Llevo dos meses mintiendo en mis propias tablas por ti.
Una sesión maquillada, una cifra inflada en una entrevista, una anomalía enterrada doce días.
Lo hice todo yo, con mi mano, con mi criterio, sabiendo lo que era.
¿Sabes por qué? ¿Quieres que te lo diga con palabras de tu idioma?
Porque tú no eres mi último proyecto, Raúl.
Tú eres la primera persona en diez años que me importa más que mis propias tablas, y por eso mentí en ellas, y me odio por ello, y no lo cambiaría.
—Se me quebró la voz del todo—. Así que no me conviertas en tu último proyecto.
No me despidas con un «salva tu carrera» como si fuera un informe que se cierra.
Pregúntame. Pregúntame qué quiero hacer, por una vez.
¿En qué columna quieres que meta yo todo esto, si tú decides por los dos?
Se quedó mirándome en la acera, con las manos todavía en los bolsillos y la cara de un hombre al que acaban de desmontar la última coartada. La farola se encendió encima de los dos. Alguien cerró un portal.
—Yo no sé querer sin proteger —dijo al final, muy bajo—.
Es lo único que sé hacer. Cuando algo me importa, lo saco de la zona de peligro.
Así perdí a Cris, protegiéndola de un hombre que no estaba, y así te estoy perdiendo a ti, protegiéndote de mí.
No sé hacerlo de otra manera, Noa. Nadie me enseñó.
—Pues aprende —dije—. Tienes dos semanas de reposo. Apréndelo.
Quise añadir algo más. Lo tenía cargado: que yo tampoco sabía querer sin redondear, que éramos dos analfabetos de la misma lengua, que si alguna vez existía una versión de nosotros que funcionara, tendría que empezar por los dos diciendo la verdad al mismo tiempo y no por turnos, como habíamos hecho siempre, cada uno confesando cuando el otro ya no podía escuchar.
No lo dije. Había dicho suficiente para una acera de marzo, y el resto necesitaba otra cosa que no eran palabras: necesitaba pruebas, actos, columnas rellenas.