Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice #2
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Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice #2

—Eso me gusta oírlo —dijo él, y se fue, y los dos supimos que no había preguntado nada y que yo no había contestado nada, y que aquella no-conversación era exactamente el tipo de cosas por las que, cuando todo salta, los entrenadores firman papeles que no quieren firmar.

Kuba se me acercó en el aparcamiento, con su paso lento de defensa viejo, y me dijo lo que dicen los defensas viejos, que es siempre menos de lo que saben:

—El jueves que viene, si quieres, cubro yo tus minutos.

—No hace falta —dije.

—Ya lo sé —dijo Kuba—. Por eso lo he dicho hoy, cuando todavía no hace falta. —Se subió a su coche—. Cuando haga falta, ya estará ocupado el hueco, Cuesta. Así funciona esto.

El fin de semana fue de Vera. Cuarta visita, la del veinticuatro y veinticinco.

La recogí el sábado a mediodía con la rodilla vendada bajo el pantalón ancho y el andar ensayado en el espejo: pisar entero, no acortar la zancada, no favorecer.

Los niños no leen el cuerpo como los fisios; lo leen como los poetas.

Vera no mira cómo andas: mira cómo estás, y estás es una palabra que incluye demasiadas cosas.

Cris me la entregó en el portal, con la mochila y la bufanda y una frase de cortesía.

Desde la carta de la abogada, nuestras entregas tienen un segundo de más: el segundo en que las dos personas adultas deciden si hoy se habla o no se habla.

Aquel sábado Cris eligió no hablar, pero me dijo, con la voz de la tregua:

—La semana que viene, cuando quieras. Con calma. Los tres.

—Los tres —dije, y no pregunté si los tres eran ella, Vera y yo, o ella, yo y Noa, porque las dos respuestas me daban vértigo.

Comimos en casa, macarrones de su receta —«los de papá son mejores que los de la tele», tituló ella, y yo acepté el premio con la solemnidad debida—, y después fuimos al parque, porque ella manda los sábados, y el sábado mandaba columpios aunque hiciera seis grados.

Yo la empujaba con la pierna derecha plantada y la izquierda de apoyo, y la inflamación hacía su trabajo silencioso, y ella volaba y contaba las cosas del cole, y todo era de verdad menos mi pierna.

—Papá —dijo, volando—. ¿Noa viene algún día a los columpios?

—Algún día —dije—. Cuando toque.

—¿Cuándo toca?

—Cuando una señora muy sensata que es tu madre diga que toca.

Vera pensó en esto durante tres impulsos de columpio.

—Mamá dice cosas sensatas —admitió, con la condescendencia de los nueve años—. Pero tarda mucho.

Al volver a casa, en la escalera del portal —dos pisos, treinta y dos escalones, los conozco de memoria, los subo de costado desde hace años con la técnica de los que compensan: el pie bueno sube, el malo se reúne, escalón a escalón—, me descuidé.

Iba hablándole de la cena y subí de frente, distraído, y en el octavo escalón la cara interna dio su aviso y yo crucé el cuerpo, sin pensar, para cargar la izquierda.

Vera iba tres escalones por detrás. No dijo nada. Siguió hablando de la cena.

Los niños no dicen nada. Los niños archivan.

Por la noche, después de la tortilla —la hice yo, y me salió entera, que es mi medalla de la semana—, Vera se puso a dibujar en la mesa de la cocina mientras yo fregaba.

Dibuja mucho; es su manera de procesar el mundo, como el cuaderno es la mía, y debería haberlo previsto.

A los nueve años, las cosas que no se dicen se dibujan.

—Es para ti —dijo, y me tendió la hoja.

Era un dibujo de tres personas. Reconocible, que ya es mucho con nueve años: el grande era yo, con el stick y todo, y a cada lado una figura pequeña.

Una era ella, con la coleta hecha con tres trazos amarillos.

La otra era una figura con el pelo suelto y algo en la mano que tardé un segundo en identificar: un folio.

Una mujer con un folio. Noa con un folio, que es la manera más exacta de retratar a Noa que he visto en mi vida.

Y los tres llevábamos casco. Los tres. El mío grande, el suyo pequeño, el de Noa con la coleta —espera, no, la coleta era la de Vera; el de Noa tenía el pelo cayendo por debajo del casco, dibujado con esmero, mechón a mechón—.

Tres cascos de hockey, tres sonrisas de arco, y abajo, con letra de cartel: «MI EKIPO».

—¿Mi equipo? —dije.

—Tu equipo —confirmó ella—. El de dentro. El otro es el de la tele.

Me senté a su lado con el dibujo en las manos, y busqué la frase correcta, y no la encontré, porque no hay frase correcta para cuando tu hija de nueve años ha incorporado a una mujer al equipo de dentro y ha decidido que también necesita casco, es decir, protección, es decir, que también se la puede romper algo.

—Vera —dije al final—. ¿Sabes que lo de Noa es muy nuevo?

—Ya —dijo, recogiendo los rotuladores, con la naturalidad de los notarios—. Por eso le he puesto el casco. A los nuevos hay que protegerlos más, que todavía no saben caerse.

Me acosté con el dibujo en la mesilla. No pude dormir hasta las dos.

El domingo, último partido de la temporada regular, en casa. La Pista Norte rugía con ochocientas largas gargantas —los playoffs estaban asegurados desde la semana pasada, pero aquello era la fiesta del cierre, y La Grada Norte llevaba una semana preparando pancartas—, y Vicho me dio doce minutos.

Antes del partido, en el vestuario, pasó una cosa pequeña que archivé en la cuenta de las deudas. Aitor, el capitán, se sentó a mi lado en el banquillo mientras me vendaba, y miró la venda, y miró mi cara, y dijo con la voz baja de los capitanes, que no es una voz sino una institución:

—¿Cómo estás?

—Bien —dije.

—No te he preguntado por la rodilla —dijo él—. Te he preguntado cómo estás.

Aitor tiene treinta años y una manera de mirar que heredó de su padre, que fue de la selección: mira alrededor de la respuesta, no a la respuesta.

Durante dos segundos estuve tentado de decirle la verdad, la entera, al único hombre del vestuario que había visto morir una carrera de cerca, la de su propio padre.

No lo hice. Sonreí, choqué su guante, le dije «a por ellos, capitán», y él se fue, y yo supe que no se había creído nada y que me daba el crédito del silencio, el mismo crédito que me daba Vicho, el mismo que me daba Noa.

Todo el mundo me fiaba. Yo era el único que sabía la cantidad real de la deuda.