Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice
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Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice

El lunes diecinueve de febrero, la rodilla abrió una contabilidad nueva. Lo hizo sin avisar, como abren las sucursales: una mañana llegas y ya está ahí, con el cartel puesto y horario de oficina.

El parte de las seis y veinte fue normal.

Rigidez media, hinchazón baja, previsión entrenable.

Pero en la segunda serie del hielo de las siete, en un apoyo de pivote, llegó el primer asiento del libro nuevo: una punzada en la cara interna, baja, conocida, de esas que no gritan sino que se presentan con tarjeta de visita.

Y después de la punzada, la inflamación.

No la inflamación de los desastres —conozco esa, es la de Gijón, la que te llena la rodilla de líquido en una hora—, sino la otra, la de los viejos conocidos: una hinchazón tibia, discreta, que se instala sin prisa, igual que un pariente que viene a quedarse una temporada.

Me quedé sentado en mi sitio de la puerta, con la cinta en la mano, y tomé la decisión. No fue una decisión grande; las decisiones grandes se toman con ruido, y esta se tomó en silencio, en tres segundos, con la naturalidad con que se cierra una puerta. La decisión fue: no se lo digo.

Sé lo que el lector de mi cuaderno pensará, si algún día lo lee alguien: que era la cláusula tercera, que era Noa, que era la renovación.

Todo eso es verdad y no es la razón. La razón era más vieja y más tonta.

Si se lo decía, me paraban. Si me paraban, se acababa.

No la temporada: el epílogo. Llevaba desde diciembre caminando hacia una sola cosa, hacia abril, hacia los playoffs, hacia demostrarle al comité que el viejo valía; y en ese camino la rodilla era la llave, y uno no entrega la llave por una punzada con tarjeta de visita.

Los que no han jugado nunca a esto no lo entienden, y los que han jugado no lo perdonan, y las dos cosas me traen sin cuidado: lo que sé es que a los treinta y seis años no hay segundas vueltas.

La rodilla tenía que aguantar hasta abril.

Y yo tenía que conseguir que aguantara, aunque fuera mintiendo a las tablas.

La mentira empezó siendo pequeña y ordenada, como todo lo que hago.

El lunes por la tarde estuve a punto de no hacerla.

Hubo un momento —lo registro aquí porque la honestidad del cuaderno es la única que me quedaba— en que estuve a punto de contárselo todo.

Fue en su clínica, a las seis, en la revisión que me hizo después del hielo.

Yo estaba en la camilla con el pantalón subido y ella me medía el perímetro en los tres puntos morados, y llegó al primero, y la cinta dijo 41,7, y ella miró el número, miró la media de las tres semanas anteriores, y levantó la vista.

—Sube seis décimas —dijo.

—Domingo en casa de mi madre —dije, y la mentira salió sola, con la voz ensayada—. Croquetas, sal, cero hielo. Ya bajará.

Ella sostuvo mi mirada un segundo más de lo normal.

La mujer que había descubierto mi hombro a dos milímetros estaba midiéndome la cara, y durante ese segundo el sistema entero pendió de un hilo, y yo tuve la frase cargada, la de verdad —«sube desde esta mañana, Noa, hay algo»—, la tenía en la boca, con su peso exacto.

Y entonces pensé en el lunes siguiente, en la prueba de salto, en la serie de reversa, en los playoffs a dos semanas, en el comité a cuatro, y me tragué la frase, y sonreí, y dije:

—Confía en la cinta. La cinta no miente.

—Las cintas no —dijo ella, y anotó 41,7, y debajo, en observaciones, escribió algo que no me dejó leer.

Supe después qué escribió: «posible retención de líquidos post-domingo familiar.

Revisar miércoles». Lo supe porque en mi expediente todo se archiva, y porque esa mujer, incluso engañada, era incapaz de escribir una línea que no fuera la hipótesis más generosa disponible.

La generosidad de su anotación me pesó más que cualquier reproche.

Los cómplices involuntarios siempre pesan más que los jueces.

El miércoles tocaba prueba de salto, la segunda de la fase, la que me abría la puerta de la serie de reversa completa.

Con 41,8 de perímetro y la cara interna protestando, la prueba era un riesgo doble: de dato malo y de daño real.

Así que el miércoles por la mañana, en la sala de hielo 2, hice mi única actuación del año: me llevé la mano a la espalda al bajarme de la camilla, con una técnica que me dolió de lo ensayada que estaba.

—La espalda —dije—. Me ha entrado anoche. El salto hoy no lo veo.

Noa me miró con sus ojos de instrumento de precisión. Un segundo, dos. Mi espalda es mi única coartada legítima: está gastada de verdad, tiene su propio historial, cualquiera que la revisara encontraría motivos. Elegí la única mentira que aguantaba una palpación.

—¿Localizado o irradiado? —preguntó.

—Localizado. Lumbar izquierdo. Un cuatro.

—Entonces hoy no saltamos —dijo, y anotó, y mientras anotaba yo miraba su lápiz y pensaba que aquella mujer había confesado dos redondeos en mi sofá tres días antes, que me había abierto su contabilidad entera, y que yo le estaba pagando con una espalda inventada.

La rodilla no dijo nada. La rodilla, para esas cosas, siempre ha sido una cómplice excelente.

Aplazó la prueba al lunes. Gané cinco días. En cinco días, con cuidado, una inflamación discreta puede bajar. En cinco días se juegan dos partidos. Ya pesaba yo qué cuenta me interesaba ganar.

Aquella semana tenía también otra contabilidad, la buena, la del viernes anterior.

Noa y yo habíamos cruzado la línea el dieciséis, y la semana fue el aprendizaje torpe de dos contadores intentando ser otra cosa.

Nos veíamos en las sesiones con la profesionalidad blindada de siempre —ella medía, yo declaraba, las casillas se rellenaban— y luego, dos noches de aquella semana, yo bajaba a cenar a su piso de Aluche con una bolsa de comida para llevar y la excusa de «repasar la semana».

Repasábamos la semana en veinte minutos y después veíamos películas malas en su sofá, con la cabeza de ella en mi hombro y mi mano en su pelo, y los dos fingíamos comentar la película, y era la mejor contabilidad de mi vida: dos horas diarias de algo que no se declaraba en ninguna parte.

El miércoles por la noche, en su sofá, con la película mala de turno, me preguntó de pronto:

—¿Qué te pasa esta semana?

—Nada —dije, y el corazón me dio un vuelco de defensa.

—Tienes el sueño peor. La pulsera dice cuatro horas y media de media. —No me miraba; miraba la tele, con la voz deliberadamente ligera—. Y declaraste la espalda hoy. No sueles declarar nada a la primera.

—La espalda es vieja conocida —dije—. Y el sueño es que veo películas malas con una rehabilitadora hasta las tantas. Tu pulsera debería medir también la calidad del cine.

Se rio, y no insistió, y yo aprendí aquella noche una cosa terrible: que lo más difícil de mentirle no era que ella me creyera, sino que se hubiera entrenado a sí misma para no mirarme con el instrumento.

Me daba lo que nunca me había dado nadie: el beneficio de la duda por sistema.

Y yo gastaba ese crédito a una velocidad que ninguna rodilla habría aguantado.

El sistema completo quedó montado en cuarenta y ocho horas, con la eficiencia de los que han hecho esto antes: el hielo dejó de ponerse en la sala de hielo 2 —«en casa lo tengo más a mano», le dije, y era hasta cierto— y empezó a ponerse en mi congelador, dos veces al día, cronometrado por mí, sin testigos.

El ibuprofeno volvió a mi vida con la excusa de la espalda, que era la excusa perfecta porque era casi verdad: cuatrocientos miligramos antes de los partidos, con la receta vieja que guardaba en el botiquín de casa y que ningún médico me había renovado desde diciembre.

Y el dolor declarado —esa casilla de mi hoja de datos diarios— empezó a registrar cifras de otra rodilla, una rodilla ficticia que funcionaba mejor que la mía.

Declaraba dos cuando era cuatro. Declaraba cero cuando era tres.

Los números entraban en su hoja de cálculo limpios, puntuales, bellos, y yo los escribía por las noches en mi cocina con la sensación de falsificar nóminas.

El jueves hubo partido de entrenamiento, y en el tercer periodo, en un frenazo junto a la valla, la cara interna protestó con fuerza de verdad por primera vez: no punzada sino aviso, un tirón caliente que me dejó el mundo reducido a la rodilla durante dos segundos.

Me rehice, terminé la jugada —el disco salió, la jugada murió, nadie pudo decir que no cumplí— y llegué al banquillo y me senté.

Y me quedé sentado tres segundos de más.

Tres segundos no son nada. Un veterano se sienta, respira, se ajusta el guante, se seca el sudor.

Pero en un banquillo los tiempos están medidos por encima de los hombros: el entrenador sabe cuánto tarda cada jugador en levantar la vista después de un turno, y cuando un turno tarda tres segundos de más, el entrenador lo registra, del mismo modo que una caja registradora registra todo lo que pasa por la cinta.

Vicho me miró. Yo lo sé porque le vi la nuca, que es donde los jugadores viejos leemos a los entrenadores.

Vicho tiene una nuca que habla: cuando va a cambiarte, la gira hacia la pizarra; cuando va a dejarte, la mantiene quieta.

Aquella nuca se quedó quieta dos segundos, y luego el silbato sonó para el cambio de líneas con medio tempo de retraso, un medio tempo que no existía, que ningún cronómetro registraría jamás, y que yo recibí como se recibe un préstamo: sabiendo que habría que devolverlo.

Me dejó jugar dos turnos más. No me preguntó nada en el vestuario. Pero al salir, cuando ya me iba, me dijo sin mirarme, liándose el cordón de las zapatillas con la concentración de un cirujano:

—El lunes, primer entrenamiento de la semana decisiva. Descansa el finde, abuelo.

—Descanso —dije.