Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice #3
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Capítulo décimo — Lo que la rodilla no dice #3

Doce. El máximo de la temporada. Lo supe cuando me llamó para el tercer turno del segundo periodo, y lo supe también: que era una apuesta, la de su nuca quieta del jueves, la de su medio tempo de silbato.

Vicho apostaba sus doce minutos a que mi cuerpo decía la verdad.

Yo le había dicho con la boca que descansaba; con la espalda le había dicho que dolía; con los turnos del jueves le había dicho otra cosa, y él había decidido creer la suma que más les convenía a los dos.

Jugué los doce minutos con la rodilla envuelta en ibuprofeno y voluntad, y jugué bien, condenadamente bien: dos despejes de emergencia, una salida de disco que acabó en gol de Brett y que la grada me agradeció con el cántico del abuelo, y un último minuto del tercer periodo, con el partido ya ganado, en el que la cara interna me avisó tres veces y yo le contesté tres veces que callara, que ya quedaba menos, que era el último esfuerzo del año regular y luego descansaba.

Ganamos. La temporada regular terminó, y los playoffs se abrieron delante como una puerta, y en el vestuario todos cantaban y Vicho chocó mi casco con su puño, y Aitor me levantó del banco, y yo sonreí y canté y celebré, y en mi contabilidad secreta el día cerraba con dos asientos: uno en el haber —doce minutos, playoffs, la máquina funcionando— y otro en el debe, que era el mayor de la temporada: 42,4 de perímetro aquella noche, medido en mi baño, solo, con la puerta cerrada.

En la ducha, Brett me gritó desde el otro lado que el abuelo había robado doce minutos, y el vestuario entero coreó lo de «abuelo ladrón», y yo me reí con ellos, y el vapor lo cubrió todo.

Noa me escribió a las once: «doce minutos y la grada cantándote.

He visto el partido. La columna buena va teniendo un peso sospechoso.

» Miré el mensaje en la pantalla del móvil, sentado en mi cocina, con la rodilla envuelta en hielo casero y el parte falso ya enviado —«dolor declarado: uno»— y tardé once minutos en contestar «la columna buena es culpa tuya».

Lo era. Todo lo bueno de aquella temporada era culpa suya, y todo lo falso era culpa mía, y las dos columnas crecían juntas, y algún día —eso lo sabía desde el lunes, con la certeza de los que han leído muchos marcadores— algún día habría que cerrar el balance.

Cuarenta y dos coma cuatro. En la línea de base de enero, aquel número habría activado tres protocolos. En mi sistema actual, activaba uno solo: el de doblar el hielo y bajar la declaración.

El domingo por la noche, ya sin Vera, el club anunció el emparejamiento: cuartos contra el Koldsan León, primer partido el sábado tres de marzo, en casa.

Sara colgó el cartel en la web a las nueve, y en «El Autobús» empezó la cuenta atrás con el entusiasmo de siempre.

Vicho escribió una sola línea, cosa rara en él: «A partir de aquí no hay mañanas: hay sábados».

Yo la leí en mi cocina, con la rodillera secándose en el tendedero, y pensé que tenía razón de una manera que él no imaginaba: a partir de ahí todo eran sábados, y yo tenía una rodilla de mentira, un cuerpo de verdad y seis días para que coincidieran.

Aquella noche, en la cocina, con Vera ya entregada y la casa en su silencio de domingo, abrí el cuaderno por la página de cuentas y estuve un rato largo sin escribir. Después escribí una línea, la miré, la taché entera con dos rayas fuertes, y la volví a escribir debajo, igual:

«Si se lo digo, me paran. Si me paran, se acabó.»

La leí tres veces. Era la frase más limpia que había escrito en meses, y la más sucia.

En esa frase no había excusas: ni la renovación, ni el equipo, ni los chavales, ni la clínica.

Había un hombre de treinta y seis años escondiendo una hinchazón porque no soportaba que le quitaran el final.

Arranqué la página. La doblé dos veces, en cuatro, con cuidado, como se doblan las cosas que uno no quiere perder pero no puede enseñar, y la metí dentro de la rodillera, entre la espuma y la piel, en el hueco donde la inflamación hacía su trabajo silencioso.

Ahí la llevaría a todas partes. La rodilla sabía.

El papel sabía. Solo sus tablas no sabían, y era ella quien más merecía saber, y era por ella —me dije, con la última mentira de la noche, la más barata de todas, la que uno se regala para poder cerrar el cuaderno y apagar la luz— por lo que no podía decírselo.

Apagué la luz. En la oscuridad, la rodilla terminó de dictar su parte del día, y yo, por primera vez en veinte años de contabilidad, falsifiqué también el cierre: escribí mentalmente «día normal» sobre un día que no lo era, y firmé.

Los fraudes empiezan siempre así, en la última línea, cuando nadie mira ya el balance.

En la taquilla del vestuario, esa misma semana, había hecho un último ajuste, pequeño, del que nadie se dio cuenta: pedí a los utileros cambiarme el cajón de la ropa al de al lado, siete pasos más cerca de la puerta.

Siete pasos menos, dos veces al día, catorce pasos diarios ahorrados.

Los cuerpos viejos ahorran donde pueden.

Lo que no ahorran —eso lo aprendí aquella semana, y todavía me quedaba por saber cuánto costaba— es la verdad.