Capítulo octavo — Fuera de juego
El fuera de juego, en hockey, es una infracción de geografía: el disco tiene que entrar primero en la zona; si entra un jugador antes que él, todo lo que pase después no cuenta. Da igual lo bonita que sea la jugada. Está invalidada desde el origen, porque alguien cruzó una línea antes de tiempo.
El martes trece de febrero la rodilla amaneció bien, traicioneramente bien, con esa elasticidad de los días grandes que te hace olvidar la factura.
En el cuaderno escribí: «rigidez baja, previsión: rodillo fotográfico».
Y debajo, porque el cuaderno ya era un territorio ocupado: «hoy se rueda San Valentín.
La rodilla no opina. El resto de mi cuerpo no contesta a las llamadas. »
En el vestuario, la sesión del miércoles llevaba una semana siendo patrimonio del grupo.
El lunes, Eugenia había compartido el cartel de la campaña en «El Autobús» —«Historias de parejas que se cuidan», con nuestra foto del acto de enero— y el vestuario había hecho lo que hacen los vestuarios: justicia rápida y despiadada.
Brett me regaló un vale impreso por él mismo, «canjeable por un pico delante de tres focos».
Nil, el chaval de la tercera línea, me preguntó con toda la seriedad de sus veintiún años si de verdad se puede ligar midiendo rodillas, «porque entonces me hago fisio, abuelo».
Aitor no dijo nada en público, pero en la ducha, sin testigos, me soltó el comentario del capitán:
—Las campañas se acaban, Raúl. Las cosas que se filman quedan. —Se enjabonó la cabeza, parsimonioso—. Solo digo que mires bien qué estás firmando.
—Ya está firmado —dije.
—Ya —dijo él, y no añadió más, porque los capitanes hablan una vez y el eco lo pone el otro.
La verdad es que yo llevaba días raro, y el cuaderno lo sabía antes que yo.
Lo releí el martes por la noche, la temporada entera: al principio eran partes médicos («rigidez, hinchazón, minutos»); últimamente había empezado a colárseme otra contabilidad, la de los segundos con bolígrafo parado y los mensajes retenidos once veces.
Llevaba semanas diciéndome que era el protocolo, la renovación, el expediente.
Pero uno sabe leer sus propias tablas: cuando un dato se repite en todas las columnas, ya no es una variable, es la estructura.
Y la estructura decía que yo estaba esperando el miércoles con unos nervios que no eran de campaña ni de comité, sino de los otros, los de veinte años atrás, los que creía jubilados con la primera reconstrucción.
La sesión de la campaña «Historias que rehabilitan», edición parejas, se había montado en la propia Pista Norte.
Marketing lo tenía claro: nada de estudios ajenos, la historia era nuestra y el escenario tenía que ser el hielo de verdad, con su bruma de frío y sus gradas vacías.
Cuando llegué a las cuatro, el pabellón era un plató: focos en el pasillo de vestuarios, un cableado serpenteando por el suelo, el fotógrafo —un tipo flaco llamado Iker, con la calma del veterano de bodas, bautizos y tres campañas de seguros— discutiendo ángulos con Prats, y en medio, con su carpeta azul y su cara de control de calidad, Noa.
Vestía de calle, que era el concepto: «parejas de verdad, en su sitio de verdad». Vaqueros, jersey gris, el pelo suelto. Yo llevaba el chándal del club, que era mi ropa de verdad, y me sentía como un mueble al que acaban de quitarle el plástico.
—Los planos —dijo Prats, con la storyboard en la mano— son cuatro.
Uno: los dos en la grada, mirando el hielo, de espaldas.
Dos: en el banquillo, ella te revisa la rodilla, ternura profesional.
Tres: en el pasillo, caminando hacia cámara, cogidos de la mano.
Cuatro: el plano bonito. —Sonrió con toda la cara—.
El pasillo otra vez, al final, junto a la puerta del vestuario. Cerca. Muy cerca. Lo que surja.
—¿Lo que surja? —dijo Noa, con la entonación de quien solicita un presupuesto cerrado.
—Iker dirigirá. Confiad en Iker.
Iker nos dirigió. Las dos primeras horas fueron trabajo técnico, y la rodilla las sobrellevó como una funcionaria: en la grada, sentado, bien; en el banquillo, con Noa midiéndome la flexión delante de tres focos mientras Iker pedía «menos clínica, más cariño», regular, porque no sabíamos cómo se medía una rodilla con cariño hasta que ella posó la mano abierta sobre mi rodilla, sin aparatos, y me miró a los ojos en vez de mirar el goniómetro, y algo en la foto —lo vi después en la pantalla— se convirtió en otra cosa. Iker disparó doce veces seguidas.
—Eso —dijo—. Eso. Guárdenme eso.
En el plano de la grada hubo un momento que no estaba en el guion. Iker nos había puesto de espaldas, mirando el hielo vacío, «hablen de lo que quieran, yo disparo». Noa miraba la pista con los brazos cruzados, y de pronto, sin volverse, dijo:
—He calculado que ha patinado aquí unas mil cuatrocientas horas.
—Más —dije—. Contando la época de segunda, muchas más.
—¿No le marean las vueltas? El óvalo siempre es el mismo.
—El óvalo es el mismo. Lo que cambia es lo que uno trae dentro. —Miré el hielo también, la bruma baja, la luz de los focos en la superficie—. Hay días en que esta pista es un trabajo. Hay días en que es una iglesia. Hoy, con usted midiéndome las horas, es una auditoría.
Se rio. De verdad, con la risa torcida, la privada, y la cámara de Iker hizo clic clic clic a nuestras espaldas.
—Esa risa —dijo Iker, emocionado—. Quédense con esa risa, es oro.
—Es privada —dijo Noa, y se la guardó tan rápido que solo quedó en la tarjeta de memoria del fotógrafo, que es donde se quedan las cosas privadas cuando uno trabaja para una campaña.
En el descanso, mientras cambiaban los focos de sitio, Noa y yo nos quedamos solos en el banquillo, en la penumbra del pabellón, con el hielo brillando vacío delante.
Prats se había llevado a Iker a ver el monitor, y desde el banquillo se les oía discutir de luz con la pasión de los que creen en lo suyo.
El pabellón, sin el equipo, era otro edificio: más grande, más viejo, con los ecos de todas las noches que había vivido.
Yo conocía cada uno de esos ecos. En ese banquillo había festejado un ascenso, había visto romperse a compañeros, había esperado mi turno con la rodilla vendada mirando jugar a otros.
Las pistas no se acuerdan de nada, que es su mayor bondad; los jugadores nos acordamos por ellas.
—Estás tenso —dijo ella, bajito.
—Estoy fotografiado. Es distinto.
—Tu mandíbula —dijo—. La aprietas. Llevas apretándola desde el plano del banquillo. En la sala de hielo nunca la aprietas.
—En la sala de hielo no hay tres focos y un señor pidiendo cariño.
—El plano cuatro —dijo, y carraspeó, y fue el primer carraspeo que le oí en un mes—. «Lo que surja.» Hay que acotarlo, Raúl. Propongo regla: el contacto lo inicio yo, como siempre. Si Iker pide más, yo decido dónde está el límite. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Y una cosa más. —Miraba el hielo, no a mí—. Es una sesión. Las emociones que aparezcan en las fotos son emociones de sesión. La cláusula cuarta sigue vigente dentro de los focos y fuera de ellos.
—Lo sé —dije—. La escribiste tú.
—La escribí yo —repitió, y hubo en su voz un matiz nuevo, como quien cita una ley esperando que alguien la reforme.
El plano tres fue el pasillo caminando: cogidos de la mano, hacia cámara, riéndonos de algo que Iker pedía que imagináramos.
Imaginamos cosas distintas, se notó, y la risa salió de verdad de tanto fallar.
Al cuarto pase ya íbamos coordinados, con la mano encajada, y caminar así por aquel pasillo era una cosa rara: yo había caminado por ese pasillo tres mil veces, con bolsas, con muletas, con derrotas, y nunca me había fijado en que olía a goma y a frío, y en que sonaba hueco, y en que al final del pasillo había una ventana alta por donde entraba la tarde de febrero como en las películas.
Su mano, dicho sea con la frialdad que el cuaderno exige, encajaba mejor que ninguna pieza de mi equipo.
Yo he ajustado guantes, coderas, vendas y botas durante veinte años; sé lo que es un ajuste: no es que dos cosas sean iguales, es que una deja de ocupar el hueco de la otra.
Su mano dejó de ocupar el hueco de la mía a la segunda toma, y mi cerebro, que es un empleado ejemplar, lo archivó con la etiqueta equivocada: «utilidad para la foto».
Los archivos mal etiquetados se pagan en la inspección.
—Corten. Perfecto —dijo Iker—. Ahora el plano bonito.
El plano bonito era esto: nosotros dos al final del pasillo, junto a la puerta del vestuario, con la luz de la ventana alta detrás. De pie. Cerca. Iker lo planteó con la delicadeza de su oficio:
—No quiero que poséis. Quiero que estéis. Raúl, tú contra la pared, que la luz te dé de lado. Noa, de frente a él. Y ahora, despacio, se acercan. Yo voy diciendo.
Empezamos a un metro. Iker disparaba.
—Más cerca.
Sesenta centímetros. Yo veía los focos reflejados en sus ojos, y veía también, debajo, lo que había debajo: que ella estaba contando algo.
Noa cuenta cuando está nerviosa; cuenta variables, segundos, milímetros, cualquier cosa que quepa en una tabla.
Supe que estaba contando porque le movía la mirada, muy leve, igual que le movía en la sala de hielo cuando cronometraba mis series.
—Más cerca.
Treinta centímetros. Olía su champú, algo limpio y sin nombre.
Mi mano estaba en su cintura —lo había pedido Iker, «la mano, Raúl, ahí, natural»— y la suya en mi pecho, plana, y a través del chándal me llegaba su pulso, o el mío, ya era imposible saber de quién era la taquicardia.
La cláusula cuarta dice que ninguna de las partes confundirá los datos con los sentimientos.
A treinta centímetros, con su pulso en mi pecho, todos mis datos dijeron lo mismo.
—Más cerca.
—Eso ya es muy cerca —dijo Noa, sin moverse, con la voz baja y estable de la cláusula cuarta, y era la regla: ella decidía el límite.