Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo séptimo — Superioridad numérica #3
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Capítulo séptimo — Superioridad numérica #3

Ganamos. La grada cantó, los jugadores hicieron el corro, y yo salí con la primera ola de gente para no cruzarme con la zona de familiares.

En el pasillo del pabellón, de lejos, los vi un segundo: él ya de civil, con la bolsa, y la niña colgada de su brazo contándole el partido entero con las dos manos, y él escuchando con la cabeza inclinada, con la cara que no le había visto en ninguna sesión, en ningún acto, en ninguna foto.

En casa, esa noche, anoté los datos del partido en la hoja de cálculo: doce minutos, cero goles en contra, rodilla sin declaraciones.

Y en el cuaderno privado: «hoy he visto a un hombre jugar un partido para una espectadora de nueve años.

Variable no prevista: hija. Confirmada como la variable más pesada del sistema. »

A las once y cuarto me llamó él.

No me escribió, me llamó, y no era la hora de llamar a tu rehabilitadora. Descolgué con el corazón haciendo una cosa que no estaba en ninguna tabla.

—¿Estás despierta? —dijo—. Perdona la hora.

Es que hoy ha pasado una cosa y necesito decírsela a alguien, y resulta que el alguien eres tú.

—Se le oía cansado y despierto, esa mezcla de los padres en la noche del fin de semana bueno—.

Vera ha venido al partido. Ha sido la primera vez.

Trece años en esto y mi hija no me había visto jugar nunca en casa, porque antes del divorcio Cris no quería el frío del pabellón y después del divorcio nunca cuadró, y hoy ha cuadrado.

Ha gritado tanto que Cris dice que mañana no tiene voz.

Ha dicho que el hockey es mejor que el ballet.

Trece años, Noa, y la frase me llega hoy.

—Me alegro mucho —dije, y era verdad, toda la verdad, sin encuadre.

—Y claro. —Se le cambió la voz; bajó un piso—.

Claro. Hoy Cris me ha preguntado. No de mala manera, con la naturalidad de las madres: que quién era la chica de la web.

Porque Vera ha visto el vídeo, Noa. El de la entrevista.

Ha visto el vídeo donde su padre dice que una rehabilitadora le recuerda que la rodilla tiene dueño, y ha preguntado, y Cris ha tenido que decir algo, y ha dicho que ya hablaríamos. Los tres. Cuando toque.

El silencio que siguió fue de los que tienen masa.

—Hay una cláusula —dijo él al final—. En el acuerdo de divorcio. Te la cuento un día de estos, entera, pero hoy solo te digo que existe, y que existe precisamente para esto: para quién entra en la vida de Vera, y cuándo. —Respiró—. No puedo improvisar esto, Noa. Con ella no se improvisa.

Yo ya tenía la calculadora encendida en la cabeza. La tenía desde hacía rato, desde «los tres, cuando toque», haciendo la cuenta que siempre supe que llegaría.

—Raúl —dije despacio—. No sé qué dice la cláusula.

Pero sea lo que sea, tiene un plazo, y los plazos se cuentan desde algún sitio.

La versión pública dice que empezamos en Navidad.

—Hice la pausa que merecía la aritmética—.

Si la cláusula pide un tiempo de relación estable antes de conocer a Vera, ese tiempo empezó a contar, a ojos de cualquiera, en Navidad.

Y nuestro protocolo termina el quince de marzo.

Entonces tenemos un problema de calendario.

Al otro lado se hizo un silencio distinto, el de un hombre que acaba de recibir el dato que no quería y reconoce que es exacto.

—Seis meses —dijo al fin, y supe que él ya lo había calculado también, hacía semanas, y que llevaba semanas sin decirlo—. La cláusula pide seis meses de relación estable. Desde Navidad, seis meses son junio. Y nosotros dejamos de existir en marzo.

—Nosotros no dejamos de existir —dije, antes de pensar la frase—. El protocolo deja de existir.

Silencio otra vez. El tercer silencio de la noche, y el más largo, y en él oí perfectamente las dos cosas que ninguno de los dos dijo: que yo acababa de hablar de nosotros con una fecha más allá del protocolo, y que él lo había notado.

—Noa —dijo, con la voz baja—. La cláusula cuarta.

—Lo sé —dije—. La cláusula cuarta. Buenas noches, Raúl. Dile a Vera que ha gritado muy bien.

Colgué antes de que contestara, porque soy cobarde con precisión profesional.

Y me quedé en la cocina, con el móvil en la mano, mirando la hoja de cálculo abierta en el portátil, veintiocho variables perfectamente ordenadas, y pensando que el problema de calendario no era de calendario.

El problema era que por primera vez desde el doce de enero, al hacer la cuenta, no estaba calculando para el expediente.

Estaba calculando para mí.

En el cuaderno, antes de dormir, escribí la bitácora de la semana cuatro con la letra más pequeña de lo normal, como si escribir pequeño hiciera pequeñas las cosas: «Deriva dos sin corregir.

Cláusula cuarta en estado de alerta: confundo cada vez más los datos con otra cosa.

El sistema sigue en pie. El problema de los sistemas en pie es que uno empieza a vivir dentro.

» Y debajo, la última línea, la que no me atreví a subrayar: «Hoy su hija ha aprendido a gritar hielo en las venas.

Su padre la ha mirado sesenta minutos. Yo he mirado a los dos desde la sección cien, y no sé en qué pestaña se archiva eso, y empiezo a sospechar que no hay pestaña, y que llevaba razón él desde el principio: todo tiene que ver con todo. »