Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo séptimo — Superioridad numérica #2
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Capítulo séptimo — Superioridad numérica #2

—Esto, Bermejo. Esto es exactamente esto. —No especificó qué era esto; con Prats nunca hace falta—. El comité de marzo va a ver estos números de audiencia. La manga de la camiseta nunca había rentado así. Y la entrevista de San Valentín va a volar, ¿te ha llegado la confirmación del fotógrafo?

—Me ha llegado —dije.

—Perfecto. Dile a Raúl que es un valor en alza. Así, con esas palabras. Los de marketing solo decimos la verdad cuando sube.

Colgué con la sensación de haber vendido algo en mercado persa.

El vestuario, según me contó él el sábado por la mañana, había recibido el vídeo con la solemnidad habitual: Brett lo proyectó en la tele del vestuario y puso la frase del treinta por ciento en bucle seis veces; Eugenia tuvo que confiscar la tablet; y Aitor, el capitán, le dijo a Cuesta delante de todos: «un treinta por ciento, abuelo.

A este paso te fichamos del filial». El abuelo, según su propio parte, aguantó el tipo.

El mío no lo sé, porque yo no estaba, y me alegro infinito de no estar.

Y yo, el jueves por la noche, en mi casa, hice lo que hago siempre que suelto un número en público: lo verifiqué.

El treinta por ciento era mentira.

No una mentira de las gordas: una mentira de encuadre, mi especialidad oscura.

La mejora real de potencia de Cuesta, medida desde la línea de base postoperatoria —la que exigía el protocolo de la evaluación, la que comparaba su estado actual con su estado tras la operación—, era del catorce por ciento.

Excelente, meritorio, publicable. El treinta solo salía si contabas desde la primera semana de enero, desde mi línea de base, la semana en que él llegó con la inflamación de las fiestas y los peores números del año.

Cambiar la semana de referencia. Mover el cero del gráfico.

El truco más viejo de la estadística aplicada, el que le hacían a mi padre en los partes: no mentir con el número, mentir con el punto desde el que se mide.

Podía haberlo corregido. Una llamada a Sara, «me expresé mal, el dato correcto contra la línea postoperatoria es catorce», dos minutos. El titular ya estaba publicado, es verdad, pero las correcciones existen, y los datos corregidos son incluso más creíbles.

No la hice. Me dije que era tarde, que el catorce también era bueno, que el espíritu del número era cierto, que él de verdad estaba mejorando mucho.

Todas las frases de mi madre, veinte años después, en mi propia boca, con la misma entonación.

En el cuaderno privado escribí la fecha y la confesión técnica, porque mi cuaderno es el único sitio donde nunca redondeo:

«Ocho de febrero. Deriva dos: cifra de mejora inflada por cambio de línea de base, en directo, delante de grabación. Justificación que me he dado: el espíritu del número. Observación: cuando uno empieza a hablar del espíritu de los números es que ya abandonó el cuerpo.»

El sábado jugábamos en casa, y el sábado era su sábado: fin de semana de custodia, Vera incluida, primer partido de la niña en el pabellón. Lo supe porque él me lo dijo el jueves, al final de la sesión, con una voz distinta, la voz del anexo segundo.

—El sábado Vera viene al partido. La traerá Cris a la grada y Vera se quedará conmigo después. —Se remangó la venda del hielo—. Te pediría una cosa, y no sé cómo pedirla, así que la pido mal: no te sientes en la zona de familiares.

—No hace falta que lo expliques —dije.

—Sí hace falta. —Me miró—. Ella tiene nueve años y lee el mundo mejor que Sara Urién. Si te ve sentada con las novias y las madres, lo entiende todo en un segundo, y yo todavía no sé qué decirle. No es que me avergüence. Es que no tengo el idioma todavía.

—Estaré en la grada general —dije—. Sección cien, con el público de verdad. Es donde mejor se ven los repliegues, por si te sirve el dato.

Le sirvió. Se le relajó la cara, y me dio las gracias con un gesto que no era de novio de mentira ni de paciente de verdad, y que archivé en la pestaña de gestos sin clasificar.

El sábado a las seis, la Pista Norte rugía con ochocientas y pico de gargantas, el mejor ambiente del año. Yo me senté en la sección cien, entre un abuelo con bufanda y un padre con dos mellizos, y pasé el primer periodo fingiendo mirar el partido.

Hacía años que no veía hockey como espectadora.

Mi relación con el deporte era de batas y cronómetros: el hockey era lo que lesionaba a mis pacientes.

Aquella tarde, con la bufanda del abuelo rozándome el hombro y el olor a palomitas del puesto de la entrada, descubrí el objeto entero: la velocidad de verdad, que la tele aplana; el sonido de las cuchillas en los virajes, que es un sonido de cuchillo bueno en tabla de madera; y la manera en que la grada entera respiraba con el equipo, ochocientas personas haciendo el mismo silencio en las mismas jugadas.

Entendí, de golpe, una cosa que mis pacientes llevaban años intentando explicarme con palabras de paciente: que esto no era su trabajo.

Era su idioma. La rodilla no se rompía en un trabajo.

Se rompía en mitad de una frase que llevaban diciendo desde los seis años.

Miré, en realidad, tres cosas.

Primera: la rodilla. Jugó doce minutos, bien repartidos, y se movió con la economía hermosa del que ya no puede gastar: ni un sprint de más, ni un apoyo de menos.

Segunda: el equipo. Ganaba 2-0 al segundo periodo, con la grada cantando, y el hockey era de esos que dan ganas de tener un equipo toda la vida.

Tercera: la niña.

La localicé en la zona de familiares, tercera fila, bufanda de dinosaurios por encima de la de los Árticos.

Vera. Nueve años, la coleta de la acera de Vicálvaro, y una capacidad de gritar que desmentía la física.

Estuvo de pie los sesenta minutos. De pie.

Gritó cada entrada de su padre, se tapó los ojos en cada penalty en contra, y en el tercer periodo, cuando la grada entera arrancó con el cántico, la vi aprenderse la letra en tiempo real, los labios moviéndose primero a descompás y luego a pleno pulmón: «¡Hielo en las venas!

¡Hielo en las venas!». La mujer de al lado —su madre, Cris, calculé, una mujer con cara de colegio y paciencia de profesora— la miraba con la cara de las madres que ya saben que han perdido a su hija ante un deporte.

Y él. Él era la tercera cosa que miré, o la primera.

Cada vez que el juego paraba —un fuera de juego, un disco fuera, un cambio de línea—, Raúl Cuesta, treinta y seis años, el abuelo, el hombre que medía cada gota de energía como un presupuesto de guerra, giraba la cabeza hacia la zona de familiares y buscaba un solo par de ojos entre ochocientas personas.

Los encontraba siempre. Al segundo periodo ya sabía yo que no buscaba con los ojos: buscaba con todo el cuerpo, orientado hacia la grada como una antena, y que la niña lo sabía, porque en cada parón ella levantaba la mano, muy alto, y él levantaba el stick dos dedos, el saludo de los que se conocen de verdad.