Capítulo séptimo — Superioridad numérica
En hockey, la superioridad numérica es esa situación en la que tu equipo tiene un jugador más en el hielo porque el rival ha cometido una falta.
Cinco contra cuatro. Ventaja. En teoría, es cuando se ganan los partidos.
En la práctica, como me explicó una vez Cuesta, la superioridad tiene un secreto vergonzoso: el equipo que ataca con uno más se descuida atrás, y los goles más tontos llegan precisamente entonces.
«Tienes más gente y menos defensa que nunca», me dijo.
«Es la situación más peligrosa del deporte, y la afición aplaudiendo. »
La semana del cinco de febrero fuimos eso: Noa Bermejo y Raúl Cuesta contra el mundo, dos contra todos, superioridad numérica. La afición —Prats, el club, la web, las cámaras— aplaudiendo. Y la defensa, nuestra versión de los hechos, cada día con más huecos.
El lunes por la mañana le hice el control semanal en la sala de fuerza de la Pista Norte.
Los números seguían su camino bueno: perímetro estable, simetría de isquiotibiales en noventa y dos, y en la prueba de salto a una pierna —la que daba acceso a la serie de reversa, la que él quería como un niño quiere el carnet— me dio tres aterrizajes limpios de tres.
Sin compensación del hombro. Sin el microsegundo de duda.
Le pegué la pegatina verde del noventa sin decir nada, y él hizo una cosa que no había hecho nunca en la sala de hielo: se hizo una foto a sí mismo señalando la pegatina, con cara de solemne burla, y me la enseñó.
—Para el museo —dijo.
—Para su expediente —dije.
—Para mi hija —dijo, y ahí la burla se le cayó un poco—. Le mando las fotos de las pegatinas. Ella las colecciona. Dice que es mi boletín de notas.
No contesté nada profesional, porque no había nada profesional que contestar. Anoté en la casilla de observaciones: «motivación: estable», y en el cuaderno: «el sujeto ha introducido a un tercero en el sistema de hitos. El sistema lo ha aceptado sin colapso. Interesante.»
El lunes por la tarde me llamó Sara Urién al móvil de trabajo.
No la conocía más que del acto de enero, de su olfato de noticia y de la frase que me dejó: «esto huele a nota de prensa».
Su voz por teléfono era rápida y amable, la voz de quien ha escrito contra el cierre de edición durante diez años.
—Noa, te lo pido yo antes de que te lo imponga Prats: entrevista doble para la web del club.
Tú y Raúl. Media hora, en el estudio que montamos en la pista.
—Hizo una pausa calculada—. La pieza del acto funcionó muy bien.
«La rodilla tiene dueño» tiene ya su vida propia.
El club quiere seguir la historia, y la historia sois vosotros.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Las de siempre: la recuperación, el equipo, los playoffs. Y alguna personal, que es lo que la gente comparte. —Otra pausa, esta con sonrisa—. Tranquila, no muerdo. Solo huelo.
Pensé en decir que no. Tenía el argumento perfecto: confidencialidad clínica, carga de trabajo, lo que fuera.
Pero la cláusula primera del protocolo me obligaba a los actos de patrocinio, y el club y la clínica habían decidido, sin consultarme, que la historia era un activo común.
Sara era la variable que había anotado en enero.
Las variables no desaparecen porque las ignores; se acumulan.
—El miércoles —dije—. Después de su sesión de hielo.
—Perfecto. Ah, Noa. —Antes de colgar—: se te da muy bien lo de no contestar. Solo que yo he hecho veinte años de entrevistas a gente que no contesta. —Y colgó, dejándome con la duda de si aquello era un aviso o un cumplido.
Se lo conté a Cuesta el martes, en la sala de hielo 2, durante sus quince minutos de frío reglamentarios.
—Entrevista doble. Mañana. Sara Urién.
—La Sara. —Asintió con la cabeza, sin abrir los ojos—. Con Sara no se puede jugar al despiste. Huele las historias como los perros.
—Entonces le damos una historia tan bien hecha que no huela a nada. —Abrí la carpeta azul—. Media hora. Repasamos la versión.
La versión. Con las semanas, la cláusula segunda había engordado: ya no era una frase («empezó en Navidad»), era un relato completo, con geografía y anécdotas, construido por mí con la misma metodología con que se construye un ensayo clínico.
Versión 3.1, decía la pestaña. Cómo nos conocimos: en diciembre, en el club, cuando él volvía a entrenar y yo venía a reuniones con Marta.
Primer contacto romántico: la cena del club de Nochebuena, «empezamos a hablar de verdad».
Ritmo: despacio, «porque los dos venimos de cosas complicadas».
Ninguna de las tres afirmaciones era comprobable.
Las tres eran, eso sí, internamente coherentes, y la coherencia interna es el noventa por ciento de la credibilidad.
—¿Qué cosas complicadas? —preguntó él, todavía con los ojos cerrados.
—Las suyas: un divorcio. Las mías: trabajo. —Miré mis notas—. Si le preguntan por detalles, no los dé. La gente recuerda los detalles para comprobarlos después. Dé atmósfera. «Fue despacio», «nos reímos mucho», «ella es muy seria y yo soy un desastre».
—Eso último es verdad.
—Por eso funciona. —Cerré la carpeta—. Las mentiras buenas tienen un sesenta por ciento de verdad. Es la proporción que el oído humano no audita.
—Noa. —Abrió los ojos—. ¿Tú has estudiado esto en algún sitio, o te viene de fábrica?
—Me viene de la estadística. La estadística es el arte de saber qué aguanta una comprobación.
—Qué siniestro —dijo, por tercera vez desde que nos conocíamos, y esta vez sonó casi a cariño.
Nos separamos en la puerta de la clínica con la cita del miércoles cerrada y un par de frases de cortesía técnica.
Yo me volví andando al metro con la carpeta azul bajo el brazo, y a mitad de camino me descubrí ensayando, sin querer, la respuesta a una pregunta que todavía nadie me había hecho: «¿y tú qué sientes?
». Mi cerebro, que es un burócrata incorregible, ya estaba preparando la versión ambigua de esa respuesta también.
Lo anoto porque aquella noche entendí que había empezado a fabricar coartadas no solo para el mundo, sino para mí, y que el segundo mercado es siempre el más caro.
El miércoles, en el estudio de la pista —dos focos, tres cámaras, el logo del club detrás—, Sara nos hizo esperar dos minutos mirándonos.
Después empezó por las preguntas del guion, y Cuesta y yo funcionamos como lo que éramos: dos profesionales que habían ensayado.
La recuperación, bien. Los playoffs, bien.
La afición, mejor: él habló de La Grada Norte con una ternura que no estaba en el guion y que era toda verdad.
—¿Y qué hace un jugador de hockey con treinta y seis años cuando no entrena? —siguió Sara—. Me consta que no eres de PlayStation.
—Soy de padre —dijo él, sin dudar—. Tengo una hija. Los fines de semana que la tengo, no hay hockey: hay deberes, tortilla y parque. Es la mejor liga del mundo y no la televisa nadie.
Lo dijo tan redondo que hasta Sara bajó la libreta un segundo.
Era la primera vez que le oía hablar de Vera a micrófono, y supe —porque ya conocía sus gramáticas— que esa frase no era contenido: era una declaración de fronteras.
Le estaba diciendo al mundo, y de paso a mí, dónde estaba la valla.
La valla tenía nombre y nueve años, y yo ya la había visto una vez, desde una acera, girando en el aire con una carcajada.
—Y entre la tortilla y el parque, ¿cómo entra Noa?
—Noa entra por la clínica —dijo él, y me buscó con la mirada, y yo vi el segundo exacto en que eligió la respuesta: ni mentira ni verdad, sino la tercera categoría, la de las cosas que son ciertas aunque no sean literales—.
Que es donde ocurre todo lo importante de mi vida últimamente, así que tiene su lógica.
Y entonces Sara dejó el guion sobre la mesa. Lo hizo físicamente: cogió la hoja y la dejó, boca abajo, y sonrió.
—Vale. Ahora la parte que la gente comparte. —Nos miró a los dos—. ¿Cómo empezó esto? De verdad. Con una anécdota.
Cuesta cumplió su parte mejor de lo esperado.
Habló de la cena de Nochebuena, de que yo llevaba una carpeta a una cena, de que él me había preguntado si trabajaba también en Nochevieja y yo le había dicho que los datos no celebran nada.
Era una anécdota inventada, pero la contaba con detalles reales: la cena existió, la carpeta probablemente también.
Sesenta por ciento de verdad. Sara asentía, con la cara del perro del aeropuerto relajada, y yo empecé a creer que salíamos.
—Y tú, Noa —dijo de pronto—. ¿En qué momento supiste que este hombre iba a ser un problema?
—No es un problema —dije—. Es un paciente.
—Ya no —dijo Sara, y dejó la frase en el aire como una moneda sobre la mesa.
—Ya no —admití, y me oí a mí misma bajar la guardia una fila—.
Supongo que cuando empezó a traerme sus datos antes de que yo se los pidiera.
Los pacientes no hacen eso. Los pacientes esconden los malos números.
Él me traía todos. —Y ahí, exactamente ahí, con la guardia una fila más baja y Sara sonriendo de pura simpatía, cometí el error—.
Es que los números de Raúl son una historia.
Ha mejorado un treinta por ciento en potencia desde que lo llevo.
Sara se inclinó.
—¿Un treinta por ciento? Eso es titular.
—Es un dato —dije.
Lo grabaron todo. Salió el viernes en la web del club, con titular de la frase del treinta por ciento, y Prats lo compartió tres veces desde las cuentas de la clínica, y los Árticos lo compartieron desde las suyas, y para el sábado el vídeo tenía más reproducciones que ningún contenido del club en todo el año.
La historia funcionaba. La superioridad numérica marcaba goles.
Prats me llamó el viernes por la tarde, eufórico.