Capítulo sexto — El asiento del fondo #3
—Ya. —Me estudió con la atención del que ha compartido contigo ochocientos entrenamientos y sabe de memoria cuándo se te escapa algo—.
Mira, yo no sé de clínicas ni de renovaciones.
Sé de ti. Te he visto jugar roto, te he visto jugar bien, y te he visto jugar contento, que son tres deportes distintos.
—Bajó la voz, aunque el túnel estaba vacío—.
Lo de tu casa, lo de hace dos años, nunca te lo dije: lo vi venir y no dije nada, y me lo callé porque uno no habla de esas cosas en el vestuario.
Se me quedó dentro. Si ahora hay algo nuevo, sea lo que sea, no lo cuentes como cuentas la rodilla.
No todo lo que se rompe se arregla con hielo y reposo, y no todo lo que funciona necesita que lo midas antes de dejarlo entrar.
Me dejó sin palabras, que es un marcador que en mi vida solo han conseguido tres o cuatro personas. Me puso la mano en el hombro, esa mano que me había levantado del hielo cincuenta veces.
—Cuida la rodilla, abuelo. Y cuida también lo que no es la rodilla.
No le pregunté qué quería decir. Los amigos de verdad no explican sus frases: las dejan en el túnel, y tú te las llevas puestas, y las entiendes semanas después, en el momento exacto en que hacen falta.
Nos despedimos con otro golpe en la espalda, y cada uno volvió a su vestuario, que es como se vuelve de todo en esta vida: cada uno a su vestuario.
El autobús de vuelta salió a las once y media.
Cenados, cansados, contentos: las victorias fuera de casa duermen al equipo mejor que cualquier pastilla.
Brett se quedó frito a la altura de Molina con la boca abierta y el móvil en el pecho.
Kuba leyó tres páginas de su libro de siempre y lo cerró.
Yo me puse la almohada de viaje contra la ventanilla, con la pierna hacia el pasillo, y me dejé llevar.
Y soñé con el pasillo.
No es un sueño nuevo; viene de vez en cuando desde 2023, aunque últimamente venía menos.
Es siempre el mismo: el pasillo de rehabilitación de la clínica de entonces, la luz de las seis de la tarde entrando de lado, y al final del pasillo, junto a la máquina de café, alguien recogiendo cosas.
Un bolso. Un abrigo. En el sueño nunca le veo la cara, y nunca llego antes de que se vaya: camino y camino por ese pasillo, con la pierna que no responde, y la figura termina de recoger, y se gira, y el ascensor se lo traga.
En el sueño no hay dramatismo. Hay algo peor: hay orden.
Alguien que se va ordenadamente, por la puerta correcta, con todas sus cosas, después de haber esperado suficiente.
Me desperté cerca de Madrid, con la nuca pegada a la ventanilla fría y la rodilla entumecida, y el sueño se quedó conmigo un minuto entero, como se quedan los fríos.
Cris nunca se fue así, con dramatismo. Se fue como en el sueño: ordenadamente, por entregas, durante once meses en los que yo daba a la rodilla todo lo que tenía y no me quedaba nada para dar en casa.
La rodilla se llevaba la energía, y la energía era la moneda con la que se pagaba todo lo demás.
Cuando la rodilla mejoró, la cuenta ya estaba a cero.
El móvil me vibró en el bolsillo. Un mensaje de Noa, con el archivo adjunto del plan de la semana: lunes fuerza, martes clínica, jueves hielo. Debajo del archivo, una línea de texto. El protocolo exigía precisión, y la línea era precisa, pero había algo en ella que no estaba en ninguna cláusula:
«Duerme, que mañana te mido el sueño también.»
Miré la línea un buen rato, con las luces de la autovía pasando por la pantalla. Luego miré por la ventanilla la noche de la meseta, y pensé en Tata, y en su frase del túnel, y en que a lo mejor lo que no es la rodilla también se mide, solo que nadie me había enseñado el instrumento.
Guardé el móvil. No contesté hasta la mañana siguiente, y lo que contesté fue «recibido», que es lo que se contesta cuando uno no quiere que se note que ha releído un mensaje once veces.
El domingo amanecí en mi cama, que es el mejor hotel de la liga, y pasé la mañana en el modo de recuperación que el protocolo exige los días posteriores a los partidos: bicicleta suave, movilidad, hielo.
La pulsera de sueño me había registrado cinco horas y media, fragmentadas.
Noa me las mediría el lunes y me diría que dormir en autobús no es dormir, y yo le diría que a los treinta y seis dormir es un deporte de equipo y mis compañeros roncan.
La conversación entera ya estaba escrita; la teníamos casi todas las semanas, con variaciones, y formaba parte de esa lista de liturgias nuevas que me había montado sin darme cuenta y que hacían que el lunes fuera un día esperado.
Eso también lo anoté, en la cuenta de cosas que no le iba a confesar a nadie.
En el cuaderno, esa noche, debajo del parte del partido —«nueve minutos, bloqueo, rodilla estable, antebrazo amoratado»— escribí la tercera línea no corporal de la temporada:
«Hoy he visto a Tata con otra camiseta y no me ha dolido donde creía. Me ha dolido un poco más arriba, cerca del sitio donde uno guarda los avisos.»
Y debajo, después de pensarlo: «El aviso dice que hay que cuidar lo que no es la rodilla. Provisionalmente, estoy haciendo caso al aviso. Permanente, no lo sé. Preguntarle al cuaderno dentro de un mes.»