Capítulo sexto — El asiento del fondo #2
Tata se fue del club en septiembre, de la peor manera en que se puede ir uno: en la misma nota de prensa que anunciaba el fichaje de Pol.
Tres plazas de extranjero, tres nombres, y el suyo salió de la lista por la puerta de atrás, con ocho años de servicio y la camiseta del ascenso todavía colgando en su armario.
Se volvió a su pueblo en noviembre, sin equipo, y a principios de enero supimos por la web de la liga que había fichado por el CG La Cerdanya.
El dieciséis. El club de nuestra vida, el rival al que le debemos el nombre de rival, le había dado una camiseta y un puesto.
En el vestuario nadie habló mal de él por ello.
Hay decisiones que no se juzgan: se entienden o no se entienden, y la de Tata se entendía demasiado bien.
Lo vi por primera vez en el calentamiento, al otro lado de la línea roja.
Se le había puesto cara de montaña, de aire bueno y comida de casa.
Calentaba con los suyos, en el medio círculo, y los chavales de La Cerdanya le pasaban el disco con esa deferencia que se tiene con los que han ganado cosas de verdad.
Cuando nuestros ojos se cruzaron, no sonrió: levantó el stick dos dedos, que es como se saludan los que se conocen de verdad. Se lo devolví igual.
En el pasillo de salida, antes de saltar, nos cruzamos las filas.
Aitor se le acercó el primero —el capitán tiene la obligación y el derecho— y se dieron la mano largo, mirándose, sin palabras que yo pudiera oír.
Después le tocó a Kuba, después a los que habían subido con él.
Cuando me tocó, Tata me miró la rodilla antes de mirarme a la cara, así son los que saben.
—Abuelo.
—Dieciséis —dije—. Te queda raro el número.
—El nueve lo llevaba un chaval. No se lo iba a quitar. —Se encogió de hombros—. Uno no se lleva los números, Raúl. Los deja.
—Los deja en buenas manos —dije, y fue lo más parecido a un discurso que nos permitimos.
El partido fue un partido de febrero en la montaña: trabado, con más choques que llegadas, con su grada pequeña haciendo el ruido de una grada grande.
Desde el banquillo, que es donde los de mi minutaje pasamos la mitad de la vida, se ve el hockey de otra manera.
Se ven las líneas abrirse, se ven los errores formarse dos segundos antes de cometerse, y se aprende a estar callado, porque un veterano en el banquillo que habla demasiado es un pesado y uno que habla poco es un entrenador auxiliar no remunerado.
Yo elegí hace años la segunda categoría.
En el primer periodo le dije dos cosas a Nil, el chaval de la tercera línea: «cuando su cuatro baje, no le sigas, que lo hace para llevarte», y «su portero sale a por el disco alto, prepáralo».
Nil me miró con los ojos del chico que decide si creer al viejo, y en el segundo periodo no siguió al cuatro, y la jugada murió en su pala.
No me dijo nada. Al final del partido me chocó el guante al pasar.
Los pagos de este oficio llegan en especie.
Vicho me dio nueve minutos, repartidos con el cuentagotas de siempre: dos turnos por periodo, cortos, contra su segunda línea.
En el segundo periodo me tocó un turno contra Tata, y el mundo se puso raro: ocho años tapando su espalda y de repente él venía hacia mí con el disco pegado a la hoja.
Le leí la intención antes de que la tuviera —ocho años sirven para eso— y le cerré la línea de pase con el cuerpo, limpio, sin carga, y el disco se fue a la valla.
Al pasar junto a mí, sin parar, me dijo:
—Sigues leyendo, abuelo.
—Y tú sigues sin engañar a nadie.
En el tercero, con el marcador en tablas y la grada apretando, me tocó el turno más largo de la temporada: un minuto y medio con ellos volcados.
El disco vino alto por mi lado, su delantero ya se perfilaba para el remate, y yo hice lo único que se hace a los treinta y seis cuando a los veintiséis habrías llegado con la pierna: me tiré a bloquear.
El disco me pegó en el antebrazo con un golpe seco que sonó en toda la pista, rebotó fuera de peligro, y el banquillo entero se levantó detrás de mí.
El antebrazo dijo presente enseguida, con esa velocidad que tienen los moratones de febrero.
La rodilla, revisé antes de levantarme, no dijo nada.
A veces el cuerpo reparte el daño con sentido común: te cobra donde puedes pagar.
Ganamos por la mínima, con un gol de Brett en el tercero que celebramos como una final, porque en febrero todas las victorias a domicilio son finales pequeñas.
Yo hice mi parte: nueve minutos, cero goles en contra conmigo en el hielo, y un bloqueo en el tercer periodo que me dejó el antebrazo como un morcón y el corazón como nuevo.
Noa, que veía el partido por la retransmisión del club —lo supe después—, me escribió solo una línea, esa noche: «el bloqueo del minuto cuarenta y nueve no estaba en el protocolo, pero lo archivo en la columna buena».
En la columna buena. Ella tenía una columna buena para mí.
En el autobús de vuelta pensé demasiado en esa frase para lo que pesaba.
Pero antes del autobús, estuvo el túnel.
Los túneles de los pabellones son el lugar donde el hockey se quita el casco.
Ahí nos esperamos los que tenemos cuentas pendientes que no caben en la grada.
Yo me quedé atrás, fingiendo recoger despacio, y él tardó dos minutos en aparecer, con el pelo mojado y el chándal del rival, el dieciséis a la espalda.
Nos dimos la mano, y luego nos dimos el abrazo de verdad, el de golpearse la espalda con la palma abierta, y nos quedamos un rato sin soltarnos del todo, porque no había prisa que justificara soltarse antes.
—Te cuidan aquí —dije.
—Me quieren aquí. Es distinto y es suficiente. —Miró el túnel, las paredes de obra vista—. El entrenador me da veinte minutos. Juego con chavales que ven mis vídeos del ascenso, ¿te das cuenta? Les enseño yo el vídeo donde les marco.
—¿Y el pueblo?
—El pueblo es el pueblo. Mi madre me hace lentejas y me pregunta si sigo soltero. Lo de siempre, con mejor hielo. —Sonrió, y luego se le fue la sonrisa a donde van las sonrisas cuando toca lo de verdad—. ¿Y tú? He oído cosas. Lo de la clínica. Lo de la renovación.
No le pregunté cómo lo sabía; los vestuarios son cámaras de eco y los veteranos tenemos línea directa.
—Ocho semanas de observación. Me miden. Hasta la clínica me ha puesto rehabilitadora nueva.
—¿La de la tele? —Me miró de lado—. La del acto de enero. Salisteis en la web de la clínica, abuelo. Se te veía bien acompañado.
—Es complicado.
—No —dijo Tata, y se rio bajito—. Lo complicado era lo de septiembre. Lo tuyo se ve desde la grada.
—No hay nada que ver —dije, y mentí con la cara más limpia que me quedaba.