Capítulo sexto — El asiento del fondo
La semana del viaje empezó el martes con la rodilla en modo burocrático: parte de las seis y veinte, rigidez media, hinchazón baja, y una novedad que me dejó mirando el techo un rato.
El hombro derecho, el de las compensaciones, había dejado de doler.
Cuando una parte del cuerpo deja de protestar es que otra ha dejado de pedirle favores.
En el cuaderno escribí: «hombro: alta por traslación de funciones», y debajo, porque últimamente el cuaderno se me estaba poniendo lírico, «la burocracia del dolor también jubila funcionarios».
El martes hubo sesión con Noa en la clínica, y fue una sesión de pegatina verde.
Salto bilateral: ochenta y siete. Me lo dijo sin mirarme, fingiendo que leía la pantalla, y yo fingí no haberle prometido exactamente ese número la semana anterior, y los dos fingimos que no éramos dos críos con una apuesta.
—Prometí ochenta y siete —dije al final, porque la solemnidad se me da fatal.
—Consta en la transcripción. —Pegó la pegatina verde sobre la curva del salto, junto a la otra, y yo comprobé con disgusto que me sabía a victoria, a victoria pequeña y doméstica, de las que no salen en el marcador—.
No se le ocurra inflarse. La simetría de noventa es el objetivo, y lo que sube rápido baja rápido.
—Usted no sabe dar buenas noticias, ¿verdad?
—Usted no sabe recibirlas sin hacer planes. —Guardó la hoja de pegatinas—. Quedamos en que la verde se ganaba. Se ha ganado. La siguiente es la de noventa, y esa viene con prueba: salto a una pierna, aterrizaje estable, tres intentos sin compensación del hombro.
—¿Y si lo consigo?
—Entonces hablaremos de la serie de reversa. —Me miró con la cara de la cláusula tercera—. Paso a paso, Cuesta. El que quiere todo el menú se queda sin postre.
Al salir, me dijo:
—El viaje de este fin de semana es largo.
La Cerdanya no es un desplazamiento, es una expedición.
Cinco horas de autobús con una rodilla que se queja a las dos.
—Me tendió una hoja plastificada, porque había empezado a plastificarlo todo, contagiada por mí o yo por ella, ya no se sabía—.
Protocolo de viaje. Estiramientos cada noventa minutos, en el pasillo del autobús, da igual quién mire.
Compresión fría al llegar al hotel, quince minutos, no veinte.
Y el asiento: atrás, junto a la ventana, pierna derecha hacia el pasillo.
—Llevo diez años viajando en ese autobús —dije—. Mi asiento ya es ese.
—Lo sé. Lo pregunté antes de escribirlo. —Y se fue a su siguiente paciente, y yo me quedé con la hoja en la mano pensando que había preguntado por mi asiento antes de escribirlo, que es el tipo de frase que uno no sabe en qué casilla archivar.
El viernes a las dos salió el autobús de la Pista Norte.
En este club los viajes empiezan siempre igual: Vicho contando bolsas con cara de que nos falta alguien, el preparador contando botiquines con cara de que nos falta todo, y Eugenia, la de prensa, sentada en el primer asiento administrando con el pulgar el centro de operaciones real del equipo, que no es el vestuario ni la pizarra: es el grupo.
El grupo se llama «El Autobús», que es lo que pasa cuando veintipico hombres dejan que el nombre lo elija la mayoría a las once de una noche de vuelta de Teruel.
Eugenia lo administra con mano de hierro y corazón de madre de acogida: expulsa a los que suben apuestas, silencia a los que mandan vídeos después de medianoche, y una vez al mes publica la clasificación oficial de chorradas compartidas, que Brett Callahan gana siempre por goleada, porque Brett es canadiense y entiende el spam como una forma de cariño.
A la altura de Guadalajara, el grupo ya iba así:
«Brett: ¿alguien sabe si en La Cerdanya hay wifi o hay que hablar con la gente?
Eugenia: hay wifi. y no, no puedes mandar memes desde la frontera.
Brett: no estaba preguntando por eso Eugenia: estabas preguntando por eso Aitor: comportaos, que es viernes y Vicho mira el teléfono Kuba: en mi país, cinco horas de autobús es ir a comprar el pan Brett: en tu país el pan es un viaje, Kuba, por eso viniste»
Yo leo el grupo más que escribo. Es una de las prerrogativas del veterano: el derecho a estar en el chat como se está en un bar, escuchando, con la consumición durando.
Escribí una vez, a la altura de Alcolea: «el que ronque en la fila de atrás paga las cenas».
Nadie contestó, y a los diez minutos Brett publicó una encuesta titulada «¿quién ha sido?
» con seis opciones, todas yo. La gané con el ochenta y siete por ciento de los votos, y ese fue el segundo ochenta y siete de mi semana.
Mi asiento es el del fondo, junto a la ventana, con la pierna hacia el pasillo.
No lo elegí: lo eligió el vestuario, que es una democracia que vota sin papeletas.
Cuando eres joven, el fondo del autobús es el territorio de los gamberros, el sitio que se pelea.
Cuando cumples treinta y cinco, te lo ceden.
No sé en qué año exacto ocurrió la transición; solo sé que un día el asiento empezó a estar libre para mí en todos los viajes, y que ningún chaval lo ocupa nunca, ni por error, ni por cansancio, y que nadie —esto es lo importante— me lo ofrece jamás.
Ofrecerlo sería decir que soy viejo. Dejarlo libre es decir que soy el abuelo, que es otra cosa: es decir que el sitio tiene dueño, igual que la puerta del vestuario, igual que el último turno de las charlas.
El club me va jubilando por piezas, con cariño, como se desmonta un mueble bueno: guardando cada tornillo.
Hay otras señales de esa jubilación por entregas, y las colecciono con el mismo cariño.
Los chavales me ceden el primer turno de la ducha sin comentarlo.
En las cenas de equipo me dejan elegir el vino, no por experto —no lo soy— sino por «que elija el abuelo, que ha bebido más errores que nosotros».
Y en los calentamientos, cuando Vicho dice «a vuestro ritmo», el ritmo de referencia es el mío: nadie se adelanta al viejo en la primera vuelta, por respeto y por superstición, que en los deportes de vestuario son la misma religión.
Uno tarda años en notar estas cosas y una sola tarde en echarlas de menos cuando no están; por eso las anoto aquí, para que la cuenta conste.
Dormí una hora, estiré en el pasillo dos veces siguiendo la hoja plastificada —Brett me grabó quince segundos y los subió con la leyenda «el abuelo hace pilates»; Eugenia lo borró en cuatro minutos, un récord— y paramos a comer en la venta de siempre, la del kilómetro ciento ochenta, donde nos conocen desde la temporada del ascenso y nos guardan la mesa larga.
Vicho aprovechó la sobremesa para dar la charla del partido, con las servilletas de papel haciendo de pizarra y el café haciendo de puntero.
—Estos no son el equipazo de otros años, pero en casa se crecen —dijo—.
Presión alta desde el primer minuto, grada encima.
Los primeros diez minutos se aguantan, no se ganan.
Y una cosa más. —Nos miró a todos, y la mirada se quedó medio segundo de más en los que éramos de la casa vieja—.
Ya sabéis quién juega con ellos. El dieciséis.
No quiero teatros. Es un rival más, se le respeta como a un rival y se le defiende como a un rival.
Lo demás, el que tenga que hablarlo, que lo hable después, en el túnel, como se ha hecho toda la vida.
Aitor asintió desde el otro extremo de la mesa.
El capitán había sido de los más golpeados por lo de septiembre —él y Tata se criaron juntos en esto, venían del mismo hielo barato— y en toda la semana no había dicho una palabra del partido más allá de la táctica.
Los capitanes también tienen cuadernos de cuentas; solo que los llevan en la cara.
Llegamos a La Cerdanya a las ocho menos cuarto, con la noche ya puesta y el frío de altura entrando por las juntas del autobús. En el hotel, hielo quince minutos. No veinte. Quince.
La cena fue en el hotel, pasta y pechuga de contrato, y después cada uno se repartió por los pasillos según la costumbre: los jóvenes a las consolas, los de en medio al póker de céntimos, Kuba a su libro.
Yo me quedé en la recepción un rato, mirando por el ventanal la montaña negra recortada contra las estrellas.
A mil doscientos metros las estrellas son otra cosa, más numerosas y más frías.
Pensé en la primera vez que subí a jugar aquí, con veintipocos, cuando el equipo de La Cerdanya nos daba un baño por temporada y nosotros volvíamos al autobús contentos de haber marcado.
Pensé en todo lo que había cambiado y en lo poco que había cambiado: el frío era el mismo, el olor del hotel de montaña era el mismo, y yo era el mismo hombre con tres rodillas distintas.
La tercera se portó bien toda la noche, que era su manera de decirme que perdonara el paisaje.
La pista de La Cerdanya está a mil doscientos metros de altitud y tiene fama de dos cosas: de ser fría de verdad, de ese frío que te limpia los pulmones, y de tener el mejor hielo de la liga. Las dos famas son ciertas. Sebas, que no viaja nunca, me había dicho el jueves, casi confidencial:
—Cuando pises ese hielo, fíjate en el canto.
—Y abrió su libreta, y leyó, sin mirarme, la línea que había escrito hacía años, en la primera visita del club a aquella pista: «El hielo de la montaña no se hace, se deja.
El nuestro lo convencemos cada mañana; el suyo no necesita convencer a nadie.
Es más honesto que el nuestro, y me fastidia admitirlo.
» —Cerró la libreta—. Saluda al hielo de mi parte.
El sábado, antes del partido, saludé al hielo. Tenía razón Sebas: sonaba distinto. La cuchilla entraba sin discusión, como en casa de alguien que te esperaba.
Y luego estaba lo otro. Lo que llevaba toda la semana creciendo en el vestuario sin que nadie lo nombrara del todo: Óscar Beltrán, Tata, jugaba ese partido. Con ellos.