Capítulo quinto — La línea de base #3
Vallejo asintió, firmó la hoja y me la devolvió.
Yo volví a mi mesa, abrí el archivo y me quedé mirando la casilla.
El cursor parpadeaba en el «completada».
Tres segundos, los conté. Cambiarla era diez segundos de trabajo y ninguna consecuencia: un noventa y seis es un dato excelente, nadie habría dicho nada.
No la cambié.
No voy a adornarlo. No la cambié porque el informe era más bonito con el cien, y porque el informe más bonito era mejor para él, y porque ya entonces, en la semana uno, antes de cualquier beso y de cualquier confesión, mi pulso ya había empezado a hacer lo que el pulso de mi madre hacía con los partes de mi padre: redondear hacia arriba.
En mi cuaderno privado no escribí nada de eso.
En la hoja de cálculo, la casilla quedó en «completada», y esa fue la primera vez en tres años de carrera en Santa Brígida que un número mío no era del todo cierto.
Pesaba cuatro centésimas de informe. Me pesó toda la noche.
El sábado, con él fuera de cobertura —fin de semana de custodia, anexo segundo, intocable—, me encerré en casa con los datos y empecé la parte que de verdad decidía el expediente: el modelo de proyección.
Para evaluar el «valor de renovación» no basta con medir al jugador; hay que proyectarlo, y proyectar es comparar.
Abrí la base de datos de la liga, extraje los registros de defensas de veintiséis a veintinueve años y empecé a montar el grupo de control.
Y a las dos horas me encontré con el problema.
No un problema de datos: un problema de arquitectura.
Todas las tablas normativas, todas las curvas de referencia, todos los modelos de rendimiento que la literatura me ofrecía comparaban a Cuesta con un defensa de veintiocho años.
Velocidad de sprint: percentil trece respecto a los de veintiocho.
Potencia de salto: percentil veintidós. Minutos disponibles por temporada: percentil treinta y uno.
Si yo presentaba aquello, la conclusión se escribía sola: hombre viejo, números de cola de distribución, no renovar.
Me quedé mirando la pantalla mucho rato, con la taza de té enfriándose.
Los percentiles eran correctos. La matemática era irreprochable.
Y la conclusión era falsa, de una falsedad elegante y perfectamente defendible, que es la peor especie de falsedad que existe: la que no necesita mentir en ninguna celda, porque ya mintió al elegir el marco.
Pero es que la pregunta estaba mal construida.
Ningún club del mundo renueva a un defensa viejo para que corra como uno de veintiocho.
Lo renueva —si lo renueva— para otra cosa: para lo que aporta cuando NO corre, para lo que enseña, para lo que ordena.
El grupo de control correcto no era «defensas jóvenes».
Era, quizá, «defensas jóvenes que juegan con él»: ¿rinden mejor a su lado que lejos de él?
Esa tabla no existía. Ninguna literatura la calculaba, porque a la ciencia del deporte no le interesan los veteranos, le interesan los prospectos.
Tendría que construirla yo, desde cero, con datos de una temporada y un equipo.
Abrí entonces los registros del club, los que Sara guardaba con celo de archivera: alineaciones, emparejamientos, minutos compartidos.
Y empecé a cruzar, a mano, partido a partido, una primera pregunta sencilla: cuando el chaval de la tercera línea —veintiún años, segunda temporada— jugaba emparejado con Cuesta, ¿cometía más o menos errores de posición que cuando jugaba con otro?
Los datos eran pocos y ruidosos, pero la dirección empezaba a insinuarse: menos.
Bastantes menos. Saqué la calculadora, saqué el tamaño del efecto, me salió un número tímido pero consistente, y me pillé sonriendo sola en mi salón como si me hubiera tocado algo.
Escribí dos páginas de notas sobre aquello. El título provisional era «el valor cambia de forma», y había una frase que subrayé dos veces: «la pregunta no es cuánto ha perdido, sino qué es lo que ahora produce». Era un buen enfoque. Era honesto, era sólido, era defendible delante de un comité.
No lo puse en el informe.
Lo dejé en mi cuaderno privado, entre la tarjeta de mi padre y las pegatinas, y cerré el fin de semana con dos cosas guardadas en el mismo cajón: una casilla maquillada y una idea buena que no me atrevía a firmar.
En la hoja de cálculo oficial, la semana uno quedó archivada como un diez sobre diez.
En mi cuaderno quedó una línea que todavía no entendí del todo cuando la escribí:
«El grupo de control decide la conclusión antes de medir nada. Acuérdate de preguntarte quién eligió el mío.»
Debajo, después de un rato, añadí la nota de cierre del día, esa línea de bitácora que me pongo a mí misma cuando el trabajo me ha dado más vueltas de las previstas: «Semana 1/8 cerrada.
Informe oficial: limpio. Cuaderno privado: dos asuntos pendientes.
Ninguno de los dos figurará jamás en una hoja de cálculo, y los dos son ya los más pesados del expediente. »