Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo quinto — La línea de base #2
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Capítulo quinto — La línea de base #2

No dije nada. Le di treinta segundos más, y después otros treinta, y en mi libreta, debajo de los tiempos, escribí una línea que no era propiocepción: «el sujeto habla de la lesión en pasado y del sonido en presente».

Hay lesiones que se curan en el tendón y se quedan vivas en el oído interno.

La literatura lo llama memoria somática.

Yo lo llamo, desde aquel miércoles, la pista de Gijón.

El jueves, el hielo. Le medí los sprints en la Pista Norte antes del entrenamiento del equipo, con el pabellón vacío y Sebas terminando de repasar la superficie.

Tres series de cinco sprints de treinta metros, con tiempos parciales a los diez y a los veinte.

La rodilla le dio seis coma cuatro, seis coma dos, seis coma tres en las tres series: regular, previsible, honesta.

La salida en reversa, en cambio, le costó un mundo silencioso: no dijo nada, pero en el tercer sprint vi el hombro bajar los dos milímetros que ya conocía, y paré la serie.

—¿Por qué paramos? —jadeó, apoyado en las manos sobre las rodillas.

—Porque el parcial en reversa le sale siete décimas peor que el lunes y el hombro está compensando.

—Son siete décimas.

—Son siete décimas y un hombro. —Le enseñé el cronómetro—. La cláusula tercera me da autoridad para parar series. Hemos terminado por hoy.

Se enderezó, y durante un segundo pensé que iba a discutir. Hay una mirada que ponen los veteranos cuando les cortas una serie: la de la guerra que no se ha declarado todavía. Él la puso, la mantuvo un segundo y medio, y luego la retiró.

—Cláusula tercera —dijo, como quien se rinde ante un papel—. Usted manda. Pero que conste que esto es lo que más odio de este protocolo.

—Que conste —dije. Y anoté: «sujeto coopera con resistencia expresiva y obediencia total», que es la mejor categoría de sujeto que existe.

Mientras se secaba el sudor en el banco, Sebas pasó con su carro de útiles y le guiñó un ojo.

—Esta te mide hasta los silencios —le dijo—. A mí me mide el hielo, a ti te mide el cuerpo. En esta casa todos tenemos alguien que nos lleva la contabilidad, Cuesta. Lo raro sería que te gustara.

—No me gusta —dijo él.

—Se nota muchísimo —dijo Sebas, y se fue arrastrando el carro, y yo fingí no haber oído nada, porque las conversaciones de la Pista Norte tienen su propio protocolo y yo todavía estaba aprendiendo el idioma.

Aquella tarde imprimí la primera curva completa.

La línea de base quedó cerrada con veintiocho variables medidas, y la colgué en el tablón de la sala de hielo 2, junto a la máquina de compresión.

Y entonces hice una cosa que no estaba en ningún procedimiento: saqué de mi carpeta una hoja de pegatinas redondas, de las de colores, y pegué una verde en la esquina de la gráfica, sobre el número de los isquiotibiales. Noventa y uno por ciento.

—¿Qué es eso? —preguntó él, que salía de la ducha.

—Un hito. Los hitos se marcan. —Le enseñé la hoja de pegatinas—. Verde: objetivo cumplido. Amarilla: en progreso. Roja: retroceso. Funciona con los niños, con los adolescentes y con los veteranos, aunque los veteranos no lo admitan.

—¿Está poniéndome pegatinas como a un crío de primaria?

—Estoy poniendo pegatinas a su cuádriceps. Usted es un daño colateral. —Pegué una amarilla sobre el salto vertical—. Este va en progreso. Cuando la simetría llegue a noventa, le doy la verde.

Miró la gráfica con las dos pegatinas, y le pasó una cosa rara en la cara: se le mezcló la burla con otra cosa, y la otra cosa era emoción, disimulada enseguida.

—En 2018 me daban diplomas —dijo—. En 2023, medallas de chocolate. Las pegatinas son un paso atrás en mi carrera.

—Las pegatinas se las ha ganado. Los diplomas se los regalaban. —Apagué la luz de la sala—. Descanse. El sábado no lo quiero ver ni en foto.

—El sábado es de mi hija.

—Lo sé. Está en el anexo.

Se quedó un momento en la puerta, con la bolsa al hombro, mirándome como se mira una pregunta que no se va a hacer, y se fue.

Aquella noche, en mi cuaderno, escribí: «Semana 1/8.

Línea de base completa. Sujeto en la categoría óptima.

Sistema funcionando.» Y debajo, sin pensarlo demasiado: «Las pegatinas funcionan en los veteranos mejor que en los niños. »

Esa misma noche me llegó un mensaje suyo. Era una foto de la gráfica del tablón, tomada a las diez y pico, cuando el pabellón ya debía de estar cerrado: se había quedado después de la ducha para fotografiarla. Debajo de la foto, una sola línea:

«La amarilla del salto me la gano antes de febrero. Guárdeme la verde.»

Miré la foto un rato. Un hombre con la temporada y el contrato colgando de un comité, tres veces operado, había vuelto a la sala vacía para hacerle una foto a una pegatina de colorines. La respuesta correcta, la de la cláusula cuarta, era no contestar, o contestar con un dato. Escribí:

«La verde no se guarda. Se gana. Condición: simetría noventa en salto bilateral. Datos del jueves: ochenta y cinco. Le queda un seis por ciento.»

Tardó un minuto:

«Recibido. La semana que viene, ochenta y siete.»

Archivé la conversación sin archivarla, que es lo que se hace con las cosas que no deberían importar: se dejan en el teléfono, sin borrar, fingiendo que están en el mismo limbo en que están en la cabeza.

En la pestaña de observaciones de la hoja de cálculo, aquella noche no escribí nada de la foto.

Escribí: «motivación del sujeto: alta», que era verdad, y que no era ni la mitad de la verdad.

El viernes por la mañana, antes de ver a Vallejo, ordené los números de la semana en el formato de informe.

Veintiocho variables, cuatro sesiones, una gráfica de tendencia que empezaba a tener forma de promesa.

El club, de fondo, atravesaba una de esas semanas buenas que huelen a enero: dos victorias seguidas, la segunda el miércoles por la noche, y el pabellón empezaba a llenarse de ese ruido optimista que solo tienen los equipos pequeños cuando la tabla les sonríe.

Cuesta había jugado once minutos el miércoles, dentro del límite, y su rodilla no había declarado nada al día siguiente.

El sistema funcionaba en todos los frentes.

El viernes le llevé a Vallejo el primer informe semanal. Los informes de observación se entregan en mano, con cinco minutos de comentario verbal, porque Vallejo no confía en los adjuntos.

Me recibió de pie, con la carpeta gris sobre su mesa como un tercer asistente. Vallejo tiene cincuenta y cinco años, veintiocho de oficio y la costumbre de escuchar con los ojos en el papel y no en la cara, de modo que nunca sabes si te está aprobando o procesando tu destitución.

Le expliqué la línea de base, las fortalezas, las dos alertas —la reversa y el hombro— y la proyección. Escuchó sin interrumpir, que es su manera de escucharlo todo.

—La simetría de isquiotibiales me gusta —dijo—. Noventa y uno después de tres donaciones es trabajo de meses. ¿Quién se lo reconstruyó la segunda vez?

—El equipo de la doctora Sanz. Y la rehabilitación fue de Marta Cifuentes.

—Marta vale su peso en resonancias. —Pasó una página—. ¿Y él? ¿Cómo es como paciente?

—Obediente. Más de lo que dice su historial. Declara el dolor sin que se lo pregunte, cosa rara en veteranos, y acepta los límites con una solemnidad que a mí me da risa y que no le voy a confesar. —Dudé un momento—. Es buen sujeto de estudio. Mejor de lo que el expediente sugería.

—El expediente sugiere una cosa sola, Bermejo: tres reconstrucciones y treinta y seis años. Todo lo demás lo ponemos nosotras. —Me miró por primera vez—. ¿Cuál es su impresión? No el dato. La impresión.

—Que la rodilla es mejor de lo que la aseguradora cree —dije—. Y que el hombre es más complejo de lo que mi informe sabe medir.

Asintió, despacio.

—Las impresiones no entran en el comité. Los números, sí. Traígame números de esos que no admiten dos lecturas. —Y entonces, con el informe en la mano, preguntó—: ¿Sesiones completadas esta semana?

—Cuatro de cuatro —dije.

Y ahí pasó. Pasó en una décima de segundo, sin testigos, sin sonido: la primera sesión de la semana, la del lunes, no había sido completa.

Él se había ido veinticinco minutos antes, porque Vera tenía la función de invierno del colegio a las nueve y media, y los padres que van a las funciones de invierno no llegan tarde.

Yo misma le había dicho que se fuera. Y en la casilla de «sesiones completadas» de mi informe, la sesión del lunes figuraba como completa.

Un redondeo de nada. El porcentaje de cumplimiento semanal salía en cien en lugar de en noventa y seis.

Cuatro puntos porcentuales de amabilidad.