Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo quinto — La línea de base
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Capítulo quinto — La línea de base

Toda evaluación empieza con una línea de base, y toda línea de base es, en el fondo, una declaración de principios: decides qué mides, y al decidir qué mides decides qué es verdad.

La semana del veintidós de enero fue la semana en que decidí la verdad de Raúl Cuesta.

Veintiocho variables. Él tenía treinta y seis años, tres operaciones y un contrato en el aire; yo tenía una hoja de cálculo y ocho semanas.

La semana de la línea de base era mi terreno, mi especialidad, mi casa.

El lunes lo puse en la sala de fuerza de la Pista Norte a las ocho en punto, con la tabla de ejercicios impresa y plastificada, porque los papeles sin plastificar en las salas de fuerza duran lo que dura la ilusión de un novato.

—¿Qué es esto? —dijo, mirando la tabla.

—Su línea de base. Hoy y el miércoles vamos a medir todo lo que su cuerpo sabe hacer, para que dentro de seis semanas sepamos si lo hace mejor o peor.

—Le di la vuelta a la hoja—. Saltos, fuerza isocinética, potencia de tren inferior, estabilidad, y el jueves, en el hielo, sprints con tiempos parciales.

—Esto no es rehabilitación. Esto es la mili.

—La rehabilitación es esto, hecho con mimo. —Le tendí el cinturón de mediciones—. Empiece por el salto vertical. Tres intentos, descanso de un minuto. Puedo grabarlo con el móvil o puedo creerle. Elija.

—Grábemelo —dijo—. Que luego digo que salté cuarenta y me cree usted.

Saltó veintinueve centímetros con la pierna derecha y treinta y cuatro con la izquierda.

Simetría de salto: ochenta y cinco por ciento.

Lo anoté. Él miró el número por encima de mi hombro —tenía la costumbre de leer sus propios datos en mi pantalla, al revés, como los niños que leen el boletín del colegio antes que los padres— y dijo:

—En 2018 saltaba cuarenta y uno.

—En 2018 usted tenía veintiséis años y una sola operación. La comparación no es con 2018. Es con el Raúl de dentro de seis semanas.

—Qué consuelo tan raro —dijo, pero se fue al dinamómetro sin discutir, y ahí empecé a entender lo que Marta me había dicho de él en el parte de diciembre: «paciente de obediencia alta y declaración de dolor poco fiable». La obediencia era cierta. Lo poco fiable ya lo veríamos.

A media mañana, la sala de fuerza fue llenándose del resto del equipo, que entraba por turnos a su trabajo de gimnasio.

Observé a Cuesta en ese tránsito, porque la conducta de un jugador cambia cuando el vestuario está cerca, y el cambio es dato.

Conmigo era obediente y gris, un buen sujeto experimental.

Cuando entraron los compañeros se le subió la voz media octava y le crecieron las bromas: le dijo al portero que sus estiramientos parecían un mueble montándose solo; aguantó que un chaval de la tercera línea le llamara «abuelo» y le devolviera la tabla plastificada preguntándole si era la carta del comedor; y en un momento dado, cuando Kuba Novotný se puso en la máquina de al lado, los dos trabajaron diez minutos sin hablarse, en un silencio de viejos que valía más que la mitad de las conversaciones de la sala.

—¿El de la mili? —me dijo Kuba al pasar por mi lado, con su acento que limaba las erres—. No se crea lo que protesta. En segunda división entrenábamos en un gimnasio con tres máquinas y una rata. Él era feliz.

—La rata también era feliz —dijo Cuesta desde el dinamómetro.

—La rata se llamaba Igor. Tenías un vínculo.

El chaval de la tercera línea se rio demasiado fuerte, y en ese momento entendí una cosa que no cabía en ninguna variable de las veintiocho: que aquel hombre era el termostato de aquella sala.

Cuando él bromeaba, el grupo entrenaba mejor; cuando él paraba a explicarle algo a un chaval, el chaval lo repetía bien a la segunda.

Eso no estaba en las tablas normativas de la liga.

Todavía no sabía que iba a ser el centro de mi problema de los sábados.

La fuerza isocinética nos llevó la mañana entera.

La máquina mide el par de fuerza del cuádriceps y los isquiotibiales a velocidad controlada, y escupe curvas que para mí son como electrocardiogramas: cada pico cuenta una historia.

La suya contaba una historia conocida: cuádriceps derecho al ochenta y seis por ciento del izquierdo, isquiotibiales al noventa y uno.

El injerto de la tercera reconstrucción salió de sus propios isquiotibiales, así que ese noventa y uno era, en realidad, la parte más admirable del informe: había reconstruido el tendón donante hasta casi la simetría.

Diez meses de trabajo invisible estaban en ese número, y se lo dije.

—¿Eso es un cumplido? —Estaba sudando, con la pierna sujeta a la máquina por las correas.

—Es un dato.

—Con usted no se sabe nunca. —Descansó la cabeza contra el respaldo—. ¿Sabe qué decía mi primera rehabilitadora, en 2018? «La rodilla no sabe de números, sabe de trabajo.»

—Pues decía una tontería con ritmo. La rodilla sabe de las dos cosas. El trabajo es cómo se cambian los números.

Se quedó mirándome con la cara de quien archiva una frase para usarla después, y volvió a la máquina. Al final de la sesión, cuando ya recogía, dijo una cosa que no esperaba:

—Dolor de hoy: tres sobre diez al flexar más de cien grados. Dos en la sentadilla. Cero andando. —Lo dijo de carrerilla, como quien declara en aduana—. Lo digo porque la cláusula tercera me obliga, no porque me apetezca. Que conste.

—Consta —dije, y lo anoté en la casilla de dolor declarado, y me costó no sonreír, porque los pacientes de «declaración poco fiable» no suelen ponérselo tan fácil a la estadística.

El martes, en la sala de hielo 2 de la clínica, hicimos la primera sesión de las tres semanales de crioterapia y control.

Perímetro: 41,0, 38,5, 36,0. Un milímetro menos en el primer punto que la semana anterior.

La inflamación basal estaba cediendo, lentamente, como ceden las cosas que se ganan con paciencia.

Mientras el frío trabajaba, él habló. Lo hacía siempre en los quince minutos de hielo, había aprendido ya: como no podía mover la pierna, movía la lengua, y los quince minutos se le hacían más cortos a los dos.

—¿Y usted? —dijo de repente, a mitad de una disertación suya sobre la calefacción del pabellón—. Llevo una semana dando datos como un cajero y no sé de usted nada que no esté en una placa de la puerta.

—No soy parte del experimento.

—Toda persona que mide es parte del experimento. Eso lo dice hasta la física. —Llevaba el cronómetro en la mano, como siempre—. ¿De dónde es?

—De Madrid. De Aluche.

—¿Familia de rehabilitadoras?

—Familia de fútbol. —No sé por qué se lo dije; no se lo digo a nadie—. Mi padre jugó en Segunda B. Delantero.

—¿Jugó? Pasado.

—Se rompió la rodilla. Con treinta y cuatro. —Miré el cronómetro: quedaban seis minutos—. Los médicos de la época le fueron diciendo que iba bien. Iba mal. La diferencia entre las dos frases fue su carrera.

Él no dijo «lo siento», y se lo agradecí en silencio. El «lo siento» es la moneda de cambio de las condolencias rápidas; los que han estado mucho tiempo en camillas aprenden que hay frases mejores. Lo que dijo fue:

—¿Qué equipo?

—Equipos de barrio. De esos de Segunda B que ya no existen o existen con otro nombre. —Sonreí a pesar mío—. Usted no es de los que saben de fútbol de barrio.

—Soy de Vicálvaro —dijo él—. Sé de fútbol de barrio más que de la liga de hockey.

De crío iba con mi padre a los campos de tierra del sur de Madrid, los domingos, a gritar a delanteros que cobraban menos que el autobús que los traía.

Si su padre jugó por ahí en los noventa, es posible que yo le gritara algún gol desde una grada de cemento.

La posibilidad se quedó flotando en la sala de hielo, absurda y bonita: que aquel hombre, seis años mayor que yo, hubiera visto jugar a mi padre en un campo de tierra cuando los dos éramos otros.

La estadística la hacía improbable; la poesía la hacía imposible de descartar.

No la calculé. Hay cuentas que no se hacen para que sigan siendo bonitas.

Se quedó callado. El silencio de él era distinto del de otros hombres: no era incomodidad, era atención. Al cabo de un rato dijo, muy bajo:

—Por eso lo de no redondear.

—Por eso lo de no redondear.

—Bueno —dijo, mirándose la rodilla envuelta en la venda—. Pues ya tiene usted un caso difícil. Yo redondeo hasta las horas de sueño.

—Ya lo sé. Por eso le mido el sueño con pulsera y no con preguntas.

Me miró con algo que en un sujeto menos disciplinado habría sido ofensa y en él era pura admiración profesional.

—Es usted de las mías —dijo—. De las que no confían. Me tranquiliza enormemente.

El miércoles fue la estabilidad y la propiocepción.

La propiocepción es la capacidad del cuerpo de saber dónde está sin mirarse, y en una rodilla tres veces reconstruida es lo último que vuelve y lo primero que traiciona.

Lo puse sobre la plataforma inestable, con los ojos cerrados, los brazos cruzados, manteniendo el equilibrio sobre la pierna derecha.

—Treinta segundos —dije—. Si abre los ojos, empezamos de nuevo.

—Esto es tortura.

—Esto es neurociencia. Calle y aguante.

Aguantó veintisiete segundos en el primer intento, treinta y dos en el segundo, cuarenta y uno en el tercero.

Con los ojos cerrados no podía leer mi pantalla, así que le iba diciendo los tiempos en voz alta, y noté que los recibía igual que los niños reciben las notas: conteniendo la cara.

En el cuarto intento, con los ojos cerrados y el equilibrio tambaleándose, dijo:

—¿Sabe lo que veo cuando cierro los ojos?

—El interior de sus párpados.

—La pista de Gijón. —No bromeaba; la voz le había cambiado de registro—.

El momento exacto. No el dolor: el sonido.

La rodilla hace un ruido cuando se rompe, ¿lo sabía?

Como una rama verde. Lo oyes dentro, no por los oídos.

—Abrió los ojos, recuperó el equilibrio, siguió de pie—. Treinta segundos más. Vamos.