Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan #3
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Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan #3

La periodista hizo un sonidito encantado y pidió que lo desarrollara, y yo desarrollé: que uno se acostumbra a que la rodilla sea de los médicos, del seguro, del club, del calendario, y que de repente hay alguien que la mide cada semana y te la devuelve anotada, y entonces recuerdas que era tuya.

Que llevas toda la vida pagándole el alquiler a una rodilla y resulta que eras el propietario.

Cuando acabé, hubo el silencio bueno, el de las piezas que se van a emitir enteras. La periodista apagó el micro. Prats, detrás de la cámara, tenía la cara de los niños en la mañana de Reyes.

Y a mi izquierda, Noa Bermejo, la mujer que medía todo, tenía el bolígrafo inmóvil sobre la libreta, a medio camino de una palabra que no llegó a escribir.

Lo vi de reojo, igual que se ve de reojo un disco que viene por el punto ciego.

Un segundo. Luego escribió algo, cerró la libreta y recuperó la sonrisa pública, pero ese segundo quedó registrado en algún instrumento mío que no sé nombrar.

A las tres terminó todo. Prats nos despidió en la puerta con las dos manos en mis hombros, cosa que solo se hace con los jugadores que caen bien o con los activos que cotizan al alza.

—Esto ha funcionado mejor que en el PowerPoint —dijo—. El vídeo de la entrevista lo cortamos esta semana. Raúl, lo de «la rodilla tiene dueño» es cabecera de campaña. Te van a poner esa frase en la boca hasta en la sopa.

—Fue improvisado.

—Lo mejor siempre lo es. —Y entonces bajó la voz un tono, y nos miró a los dos con la sonrisa del PowerPoint mejor guardado—.

Y preparaos, que lo próximo es más grande.

Catorce de febrero. San Valentín. Sesión fotográfica y de vídeo de la campaña, edición especial: «Historias de parejas que se cuidan».

Parejas de verdad del mundo de la rehabilitación.

Los protagonistas vais a ser vosotros dos.

Sentí, más que vi, el modo en que Noa se quedó quieta a mi lado.

—¿Parejas que se cuidan? —dijo ella.

—Él te cuida la rodilla, tú le cuidas el ánimo —dijo Prats, encantado con su propia frase—. Cercanía, complicidad, lo de siempre pero de verdad. El fotógrafo es bueno, el mejor que trabaja con nosotros. Os va a pedir que os miréis mucho.

Se fue con su pinganillo y su próxima batalla, y nosotros nos quedamos en la puerta de la clínica, en el frío limpio de enero, con el photocall desmontándose a nuestras espaldas.

—Catorce de febrero —dije—. Menos de un mes.

—Veinticinco días —dijo Noa, que por supuesto ya lo había calculado—. La cláusula primera lo cubre. Está en el anexo.

—Noa.

—¿Sí?

—El fotógrafo va a pedir que nos miremos mucho.

Me miró entonces, de verdad, con la sonrisa pública apagada, y vi exactamente el mismo cálculo que yo estaba haciendo: que hasta hoy el protocolo había sido manos en la espalda y frases ambiguas, y que el catorce de febrero el objetivo de la cámara iba a pedir distancias mucho más cortas.

—Ya lo gestionaremos —dijo al fin, con la voz de casillas, pero escribió algo en la libreta antes de subirse al metro.

Yo me fui andando a Vicálvaro, diecisiete minutos, y en el quiosco la rodilla me presentó la factura del día, que era considerable, y yo se la pagué sin protestar, porque había valido la pena.

El trayecto me dio para ordenar la jornada, que es lo que hago cuando ando: el cuerpo a su paso, la cabeza archivando.

Habíamos debutado. La función había salido bien, mejor que bien: Prats contento, la clínica con su historia, las fotos hechas, la rodilla facturando dentro de lo razonable.

El protocolo funcionaba. En mi libreta mental de la temporada, el día se archivaba en la columna de los días que cuentan para la renovación, y esa era la única columna que debía importarme.

Lo que no conseguí archivar fueron dos segundos.

El primero: Noa con el bolígrafo quieto después de lo de Hugo.

El segundo: Noa con el bolígrafo quieto después de lo de la entrevista.

Yo no soy un hombre de intuiciones; soy un hombre de repeticiones, y cuando algo se repite dos veces en un día, en mi oficio eso ya no es casualidad, es sistema.

No sabía qué sistema era. Solo sabía que la mujer que medía todo con bolígrafo había dejado de medir dos veces, las dos veces por mi culpa, y que el dato me producía una satisfacción indebida, de la que no se declara en ninguna casilla.

En el portal, antes de subir, me llegó un mensaje de ella. Seco, de agenda, Bermejo pura:

«Lunes 8:00, sala de hielo 2. Traiga la rodilla. La dueña soy yo hasta el 15 de marzo.»

Se me escapó la risa en el descansillo. Le contesté:

«Recibido. Dice la rodilla que ya tiene dueño. Usted misma lo declaró hoy.»

Tardó once minutos en contestar. Lo sé porque miré el reloj tres veces, y eso tampoco cabe en ninguna casilla.

«Eso lo declaró usted. Yo solo tomé nota. Descanse.»

Esa noche, en el cuaderno de cuentas, escribí el parte: rigidez alta, hinchazón subiendo, hielo veinte minutos. Y debajo, en la línea donde nunca escribo nada que no sea cuerpo, escribí una frase que no venía a cuento:

«Hoy ha dicho un niño que las rodillas hay que tenerlas en buenas manos. No sé en qué manos tengo yo las mías. Pero sé quién me las mide.»

La releí. No la borré. Ese fue el primer apunte del cuaderno que no era un dato, y yo, que llevo la contabilidad de mi cuerpo desde los veintiséis, supe perfectamente que estaba abriendo una cuenta nueva.