Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan #2
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Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan #2

Aprendí también una cosa de mí, y la aprendí viéndola trabajar: que yo había pasado trece años de actos oficiales contando los minutos hasta el final, y que aquella mañana, por primera vez, no los contaba.

No por la campaña ni por la renovación: porque ella convertía cada pausa en una miniconsulta —«¿cómo va eso?

», murmuraba entre foto y foto, y yo contestaba con un número, y ella asentía, y el acto seguía—, y estar medido por ella se había convertido, sin que yo lo aprobara en ninguna reunión, en mi manera preferida de estar en público.

El cuerpo lleva la cuenta de esas cosas antes que la cabeza; la mía ya estaba al tanto.

A las once y media llegó el bloque de prensa, y con la prensa llegó Sara Urién.

A Sara la conozco desde que el club era una idea de JR con un PowerPoint; la ficharon de la prensa deportiva cuando los periódicos echaron a la mitad de la profesión, y desde entonces es la que hace que un equipo de mil doscientas localidades salga en los telediarios.

Lleva el club en el móvil y el móvil pegado a la palma, y tiene un olfato para la noticia que yo compararía con el de los perros de los aeropuertos: no se le pasa una.

Antes de llegar a nosotros hizo su ronda: saludó a Prats con la familiaridad de la simbiosis profesional, cambió dos frases con la corredora de la prótesis para un posible reportaje, y se sacó un selfie con Ginés y su mujer que, estoy seguro, acabó en alguna red con un texto medido al carácter.

Vi trabajar a Sara cinco minutos y pensé, como pienso siempre, que el club le pagaba poco para lo que valía, y que afortunadamente ella no lo sabía, o lo sabía y se quedaba igualmente, que era peor para nuestro presupuesto y mejor para todo lo demás.

Nos vio en el photocall, hizo su trabajo —tres fotos oficiales, un vídeo corto para las redes del club— y luego se acercó con la libreta colgando de la mano, que en ella es señal de que la libreta no hace falta porque ya ha tomado nota de todo con los ojos.

—El abuelo —me dijo—. De traje. La última vez que te vi de traje fue en la boda del preparador físico.

—El traje es de entonces.

—Se nota. —Sonrió, y luego la sonrisa se le convirtió en otra cosa, en la cara del perro del aeropuerto—. Y tú debes de ser Noa. La rehabilitadora. Llevo queriendo conocerte desde diciembre.

—Desde diciembre no —dijo Noa, con su mejor voz de casillas—. Llevo el caso desde enero.

—Ya. —Sara la miró, me miró, miró la mano de ella en mi espalda, y asintió despacio, como quien archiva—. ¿Sabéis lo que os digo? Que esto huele a nota de prensa.

—Somos una nota de prensa —dijo Noa sin pestañear—. La jornada de puertas abiertas. Cobertura completa en la web del club el lunes.

—Eso no es lo que huele —dijo Sara, alegre—. Pero bueno. Ya hablaremos. Raúl, la próxima semana te cito para una entrevista en la web. Los dos. —Y se fue flotando hacia el siguiente objetivo antes de que pudiéramos contestar.

—Esa mujer es un peligro —dije.

—Esa mujer es una variable —me corrigió Noa, y sacó de no sé dónde una libretita y escribió cuatro palabras. Estoy casi seguro de que fueron «variable no prevista: prensa», pero no alcancé a verlo.

El momento que desordenó el día llegó a las doce menos veinte, y no venía en el guion.

Venía en silla de ruedas, con una escayola rosa en la pierna izquierda y una camiseta de los Árticos dos tallas más grande, y empujaba la silla su hermano, de unos trece, con la misma camiseta y la misma cara de ilusión.

Se llamaban Hugo y Gabi —el niño y el hermano— y eran de La Grada Norte, de la peña de verdad, de los sesenta que no fallan un partido aunque nieve.

Hugo tenía diez años y una rotura de meseta tibial de esquiador principiante, y cuando me vio se le puso la cara como el marcador en el último minuto.

—¡Cuesta! —chilló, y la sala entera se giró—. ¡Abuelo! ¡Hielo en las venas!

—¡Hielo en las venas! —le contesté, con el puño arriba, que es como se contesta eso desde que el club existe.

Me hice fotos con ellos, les firmé la escayola rosa —«para Hugo, que se rompe como los mayores»— y aguanté el interrogatorio de diez años: que cuándo volvía Pol, que si era verdad que a Iván le chillaban en la grada y él nunca se enteraba, que si íbamos a ganar la liga.

Contesté lo que se contesta a los diez años, que es la verdad con el volumen ajustado.

Y cuando ya se iban, Hugo se giró en la silla, miró a Noa, miró mi mano —que en ese momento, por pura coreografía de foto, le rozaba el brazo— y le dijo a su hermano con la discreción de un altavoz:

—¿Ves? Te dije que era la novia.

Hubo risas de los mayores alrededor. Noa sonrió con la sonrisa pública, la perfecta, y dijo:

—Soy la que le mide la rodilla. Eso es casi más íntimo.

—Más —dijo Hugo, solemne, como quien aprueba una transacción—. Mi madre dice que las rodillas hay que tenerlas en buenas manos.

El hermano empujó la silla hacia los zumos y Hugo se fue haciendo gestos de portería con los brazos.

Yo pensé en Vera, a la que al día siguiente tenía que recoger para el fin de semana, y en lo que le diría si alguna vez veía aquellas fotos: nada, me dije, porque Vera no lee las webs de las clínicas y porque para entonces la historia habría pasado.

Así se miente uno a sí mismo, con previsiones.

Lo apunté en la cuenta de cosas que ya no me creía del todo.

Mi madre dice. Las frases de los críos no tienen filtro y por eso mismo llevan la verdad colgando. Me quedé con la frase dando vueltas, y en la vuelta número tres me di cuenta de que Noa también la estaba rumiando, porque tenía el bolígrafo quieto en la mano, cosa rarísima en ella.

A la una, Prats nos reunió para la entrevista grabada, la pieza seria del día. Una cámara, un foco, una periodista de la propia clínica con preguntas pactadas. Yo había sobrevivido a cientos de aquellas: se contesta con titulares, no con verdades, y todo el mundo contento.

Las cuatro primeras fueron de manual. Cómo estaba la rodilla: «respondiendo, que es lo que se le pide a una rodilla a estas alturas».

Cómo estaba el equipo: «en la pelea, que es donde le gusta estar a este club».

Si me veía en playoffs: «me veo entrenando el lunes, que es lo más lejos que me dejan mirar los médicos», y aquí Noa asintió con solemnidad de notaria del parte, y la periodista rio, y yo pensé que la función iba sobre ruedas.

La cuarta fue para ella, y contestó con un número: dijo que en dos semanas de trabajo la simetría de fuerza de mi pierna había pasado del ochenta y cuatro al ochenta y nueve por ciento, y que eso, en una tercera reconstrucción, era «un dato excelente, no un milagro: trabajo».

Me gustó cómo sonó. Me gustó menos darme cuenta, medio segundo después, de que me había gustado más el tono que el número.

Íbamos por la quinta pregunta —la rehabilitación, el equipo, la afición, las ganas de los playoffs— cuando la periodista se salió medio paso del guion:

—Y en lo personal, Raúl: ¿qué ha cambiado Noa en tu vida?

Noté a mi izquierda el microsegundo en que Noa preparaba su señal, la entrada de la regla dos, la respuesta ambigua diseñada en la carpeta azul.

Debí dejarla entrar. Lo supe entonces y lo sé ahora.

Pero llevaba dos horas sonriendo con frases ajenas, y la pregunta cayó en el sitio exacto donde la frase de Hugo había dejado el hueco, y contesté sin guion, con la verdad mal medida:

—Me recuerda que la rodilla tiene dueño.