Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan
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Capítulo cuarto — Historias que rehabilitan

El sábado veinte de enero, la rodilla dictaminó a las seis y cuarto de la mañana que el día se presentaba largo, y por una vez acertó de pleno.

Rigidez: media-alta. Hinchazón: baja. Previsión: jornada de pie, en público, con cámaras, sonriendo.

En mi cuaderno de cuentas, los días así se abren con un signo menos.

La jornada de puertas abiertas de Santa Brígida empezaba a las diez, pero el protocolo —ya no digo «el contrato», porque Noa me corrigió una vez y me duró la bronca— exigía llegar a las nueve menos cuarto «para coordinación de pareja».

Allí estaba ella, en la puerta de la clínica, con una carpeta distinta de la gris —esta era azul, de cartón fino, y yo ya había aprendido que los colores de sus carpetas eran un idioma— y con un vestido azul oscuro que yo no le había visto nunca, porque yo solo la había visto de bata o de chándal de trabajo.

—Puntual —dijo, mirando el reloj—. Bien. Camine conmigo.

—Buenos días a usted también, señorita Bermejo.

—Raúl. —Se paró en seco—. A partir de hoy, en cualquier sitio donde pueda haber un oído, soy Noa y usted es Raúl, y nos tutéis —se corrigió— nos tuteamos desde hace meses. Si me llama «señorita Bermejo» delante de una cámara, la cláusula segunda se cae entera.

—Perdón, Noa. —Me costó medio segundo—. Es que con ese vestido parece otra persona.

—Soy la misma persona con mejor ropa. Concéntrese.

—Abrió la carpeta azul—. Coreografía. Regla uno: el contacto físico lo inicio yo, siempre, así no hay sorpresas.

Mano en la espalda, brazo, como mucho mano cogida si hay foto de pareja.

Regla dos: si le preguntan algo que no sepa contestar, me mira, y esa es mi señal para entrar yo.

Regla tres: nada de bromas sobre la rodilla delante de marketing.

Para ellos usted es una historia de superación, no un gracioso.

—Llevo trece años siendo gracioso delante de cámaras.

—Lleva trece años siendo jugador delante de cámaras. Hoy es usted otra cosa. —Cerró la carpeta—. Hoy es usted mi pareja. Compórtese como tal.

—¿Y cómo se comporta su pareja?

Me miró de arriba abajo, con el mismo repaso de un segundo con el que me evaluó el primer día, y dijo:

—Menos chistes, más rodilla recta. Vamos.

La seguí hacia dentro, y en los cuatro pasos que me llevó alcancé a pensar que aquella mujer había convertido fingir una relación en un procedimiento con reglas numeradas, y que lo raro no era que lo hubiera hecho, sino que a mí me tranquilizaba.

Las reglas son el idioma en el que confío desde los dieciséis años.

Fuera de las reglas, uno improvisa; dentro, uno se limita a cumplir.

Aquella mañana yo era un jugador cumpliendo el plan de partido de otra persona, y el plan era sencillo: sonreír, seguirle el paso, no hacer bromas de rodilla delante de marketing.

Lo único que el plan no detallaba era qué hacer con la parte del cerebro que se pasó la mañana registrándolo todo igual.

La rodilla tiene cronómetro; yo tengo otra cosa, y no sé quién la programó.

El hall de la consulta externa lo habían convertido en otra cosa.

Donde de lunes a viernes hay enfermos esperando su número, había tarimas bajas, focos, un photocall con el logo de la clínica repetido en diagonal, mesas con folletos y zumos, y un guirigay de técnicos, enfermeras de gala y niños con muletas nuevas.

Ernesto Prats, al que yo conocía de dos actos anteriores y de que siempre llevaba el traje mejor planchado de la sala, dirigía la operación con un pinganillo y la sonrisa permanente de los de su gremio.

Nos vio llegar y nos cazó antes de que pudiéramos orientarnos.

—¡Mis protagonistas! —Nos miró juntos y asintió con la satisfacción del que comprueba que el vestuario del anuncio le queda bien a los modelos—. Química. Eso es, química. No hace falta que finjáis nada, sed vosotros mismos.

—No vamos a fingir nada —dijo Noa, con la cara más recta que le he visto en la vida.

—Mejor todavía. —Prats nos guió hacia la tarima—.

El orden es: apertura, historias, descanso, prensa, entrevista grabada.

Vosotros salís en el bloque de historias, los últimos, y os quedáis en la tarima para la foto de grupo.

Raúl, procura no estar todo el rato apoyado en la misma pierna, que en las fotos se nota.

—Llevo apoyándome en la misma pierna desde febrero —dije—. Es mi pose.

—Pues alterna, campeón. —Y se fue con el pinganillo echando humo.

—Alterna —repitió Noa, mirándome la pierna—. Está pidiéndole a la física que colabore con el marketing.

—La física y yo tenemos un acuerdo: ella no me pide milagros y yo no le pido simetría.

«Historias que rehabilitan», decía el photocall.

La jornada era eso: pacientes que contaban su historia.

Un niño de once años, operado de la cadera, que volvía a jugar al fútbol.

Una corredora con prótesis de carbono que se había hecho medio maratoniana después de perder la pierna en un accidente.

Un abuelo de verdad, setenta y tantos, que había vuelto a bailar con su mujer después del ictus.

Y nosotros. «El veterano de los Árticos y su rehabilitadora», decía el programa de mano, y alguien de marketing, con un instinto que había que pagarle, había añadido una línea más: «una historia de equipo dentro y fuera del hielo».

—Esa línea la escribí yo —me dijo Noa, siguiéndome la vista—. Ambigüedad, ¿recuerda? No dice que seamos pareja. Solo lo sugiere con todas sus fuerzas.

—Qué siniestro —dije, devolviéndole la del otro día.

—Qué eficaz —dijo ella, y se colocó a mi lado izquierdo, que era mi lado bueno para las fotos, dato que figuraba en alguna pestaña de su hoja de cálculo, estoy seguro.

Las primeras dos horas fueron lo que mi rodilla llamaría después, en su informe de la noche, «el atracón de estar de pie». Cuarenta minutos de pie en la tarima mientras los pacientes contaban sus historias y nosotros hacíamos bulto solidario.

Hay que decir algo de esos cuarenta minutos, porque fueron de verdad.

El niño de la cadera contó su año con la voz temblando solo al principio, y al final dijo que quería ser traumatólogo «para devolverlo», y el hall entero se vino abajo de una manera bonita.

La corredora de la prótesis enseñó su medalla de la media maratón y dijo que corría «por los dos», y un técnico de sonido tuvo que hacerse el ocupado con un cable.

El abuelo del ictus, que se llamaba Ginés, dijo que llevaba cincuenta y un años casado y que su mujer le había enseñado a bailar dos veces: «de joven, porque era un ceporro, y de viejo, porque se me olvidó».

Su mujer, en primera fila, levantó la mano y dijo «y volvería a enseñarte», y ahí ya no hubo cable que disimulara nada.

Yo hice mi trabajo: estar de pie, aplaudir, emocionarme en los sitios correctos.

No me costó. Lo único que no era verdad de mí aquella mañana era la etiqueta de mi historia; el resto, la afición, la clínica, el orgullo de ese hielo y de esa gente, era todo de verdad, y notaba a Noa desconcertada por eso, igual que se nota cuando un colega estricto descubre que el sujeto del experimento coopera por gusto.

Cuando nos tocó a nosotros, Noa habló tres minutos.

Tres minutos exactos, los conté con la cabeza, y fueron una clase magistral de la ambigüedad: «trabajamos juntos desde enero», «la recuperación es un deporte de equipo», «él es el paciente más disciplinado que he medido».

Ni una mentira. Ni una verdad entera. El público escuchó lo que quiso escuchar, que es lo que el público hace siempre, y aplaudió mucho, y Prats, al borde de la tarima, hacía anotaciones con la energía de un hombre que ya veía la campaña entera montada.

Después vinieron veinte minutos de fotos con familias: yo sonriendo con brazos de críos alrededor del cuello, Noa al lado con la mano en mi espalda baja, exactamente donde duele después de cuarenta minutos de pie, y hay que reconocer que no sé si lo hacía por la coreografía o porque lo sabía.

Las dos cosas, probablemente; ya empezaba a entender que ella solapaba funciones por sistema.

A mitad de las fotos, la rodilla presentó la primera reclamación seria: una punzada en la cara interna al girar para el photocall, de las que no anuncian desastre pero sí factura.

Noa no me miró. No cambió la sonrisa. Simplemente, entre foto y foto, dijo en voz baja, sin mover los labios, como las ventrílocuas:

—Peso al sesenta por ciento en la izquierda. Ahora.

Obedecí. La punzada bajó de intensidad.

—¿Cómo lo has visto?

—Le he medido el hombro derecho tres veces esta semana. Cuando le duele, baja dos milímetros más. —Sonrió para la siguiente foto—. En la cláusula tercera usted me prometió todos sus datos. Considere esto una forma de cobro.

Aprendí cosas de ella en esas dos horas, cosas que no salen en una evaluación funcional.

Que con los niños se agachaba hasta poner los ojos a su altura, siempre, aunque el vestido no ayudara.

Que recordaba nombres: al segundo zumo ya sabía cómo se llamaba cada niño-paciente y la madre de cada niño-paciente.

Que su sonrisa pública era distinta de la privada —la pública era perfecta y la privada, la de la sala de hielo, era un milímetro torcida— y que yo era capaz de distinguirlas, lo cual no figuraba en ninguna cláusula y me pareció, sin saber muy bien por qué, un dato que debía guardarme para mí.