Capítulo tercero — Protocolo de convivencia pública #3
Por la noche, con la lavadora centrifugando, me encontré haciendo una cosa que no hacía desde hacía meses: abrir el cajón de arriba del escritorio, el de las cosas sin clasificar.
Ahí está la ficha de mi padre. Es una tarjeta de jugador de la temporada 1993-94, de las que se daban en los campos de Segunda B, cartón flexible ya curvado por los años: un delantero de veintipocos con el pelo más negro de lo que yo lo conocí, sonriendo con la camiseta de un equipo que ya no existe.
Al dorso, sus números. Treinta y dos partidos, once goles.
Dos años después le escribieron a otro número, a lápiz, en la casilla de observaciones de otro informe, en otra carpeta: «evolución favorable».
Lo escribieron muchas veces, con distintas firmas, mientras su rodilla se iba cerrando como una puerta lenta.
A mi padre le redondearon la rodilla hasta que se le acabó la carrera.
Tenía treinta y cuatro años, cuatro más de los que tengo yo hoy, y ningún informe dijo nunca la verdad entera: que cada «evolución favorable» era un redondeo hacia arriba, y que la suma de todos los redondeos era una sentencia.
Yo estudié rehabilitación por esa tarjeta. Elegí este trabajo, esta especialidad, esta manía de las celdas y las cintas métricas, por la certeza infantil de que a mi padre le había fallado una cosa concreta: nadie le midió la verdad. De modo que yo mediría. Siempre. A todos. Sin excepción.
Guardé la tarjeta en el cajón y cerré. El viernes había firmado un papel cuya cláusula cuarta prohibía confundir los datos con los sentimientos, redactada por mí, con toda la convicción de la que soy capaz.
Lo que no escribí en ningún margen, ni a lápiz, es que la cláusula cuarta no era una regla para Raúl Cuesta.
Era un juramento para Noa Bermejo, y los juramentos uno los firma donde nadie los ve.
El domingo por la tarde encontré su sudadera de entrenamiento doblada en una silla de la sala de hielo 2, olvidada del jueves.
Podía haberla dejado en recepción. En vez de eso miré su dirección en la ficha —Vicálvaro, diecisiete minutos andando de la Pista Norte, decía su propio comentario en la casilla de observaciones, escrito por Marta meses atrás— y me dije que devolverla era un gesto de cortesía profesional, barato y razonable.
Lo anoto aquí porque en mi cuaderno quedó escrito exactamente así: «gesto de cortesía profesional, barato y razonable», y porque la frase, releída después, es la primera mentira estadística del expediente.
En el metro, de camino, ensayé la entrega.
Soy de esas personas que ensayan las conversaciones pequeñas, porque las grandes ya vienen ensayadas de fábrica.
Versión uno: llamo al portero, subo, entrego, me voy.
Tiempo estimado: tres minutos. Versión dos: no contesta, dejo la sudadera con un vecino.
Versión tres: no hay vecino, la dejo en el buzón, que era grande.
En ninguna de las tres versiones figuraba quedarme parada en la acera de enfrente durante cuatro minutos mirando a un padre jugar con su hija.
La estadística de mi propio comportamiento empezaba a tener valores atípicos, y llevaba el experimento dos días.
Vicálvaro un domingo a las siete es un barrio que recoge los bártulos del fin de semana: columpios vaciándose, terrazas plegando sillas, familias volviendo a casa con la cena hecha.
Su calle era estrecha, de portales con macetas, y su portal el de un edificio de ladrillo de los setenta, sin ascensor, segundo.
Lo supe porque en el buzón ponía «Cuesta / 2ºA», escrito con una etiqueta de rotulador ya borrosa.
Y lo supe, sobre todo, porque enfrente del portal, en la acera de enfrente, estaba él.
No me vio; yo estaba a treinta metros, junto a una furgoneta aparcada, con la sudadera en la mano como una prueba de cargo.
Él estaba de espaldas a la calle, de cara a una mujer unos años mayor que yo que cerraba la puerta de un coche gris, y entre los dos, una niña.
Coleta alta, bufanda de dinosaurios, una mochila colgando de un solo tirante, como se cuelga a los nueve años.
La mujer dijo algo, él asintió, la niña dijo algo más, y entonces Raúl Cuesta —el hombre que cronometraba su hielo al segundo, el que caminaba midiendo cada paso delante de los demás, el que había firmado un contrato de novia con cara de funeral— se agachó, la cogió en volandas y la levantó por encima de la cabeza dándole una vuelta entera, y la niña soltó una carcajada que cruzó la calle por encima del tráfico y me dio de lleno.
La puso en el suelo con cuidado, con ese cuidado de milímetro que yo le había medido en la sala de hielo, solo que ahora no era gramática de lesionado: era otra lengua entera.
La niña se subió al coche. Él se quedó en la acera con la mano levantada hasta que el coche gris dobló la esquina, y luego se quedó un momento más, mirando la esquina, con las manos en los bolsillos y la espalda de un hombre que vuelve solo a un segundo sin ascensor.
Yo no crucé la calle. Me quedé quieta junto a la furgoneta hasta que su portal se cerró, y después me fui andando hasta el metro con la sudadera doblada bajo el brazo, dándole vueltas a una sola cosa: el hombre del cronómetro y el hombre de la carcajada no eran el mismo hombre, y yo acababa de firmar un protocolo con uno solo de ellos.
Aquella noche, en mi hoja de cálculo, abrí una pestaña nueva. Le puse de título, por costumbre, con el formato de siempre:
«Variable no prevista: hija.»
Y debajo, antes de cerrar el ordenador, una segunda línea que no tenía formato de nada:
«Riesgo: que el protocolo mida todo menos esto.»