Capítulo tercero — Protocolo de convivencia pública #2
Cláusula tercera. La parte B entregará a la parte A la totalidad de sus datos de entrenamiento y salud, sin omisiones, y se someterá con plena obediencia al programa que la parte A establezca, incluyendo descansos, retiradas de ejercicios y límites de minutos.
Cláusula cuarta. Ninguna de las partes confundirá los datos con los sentimientos. La presente relación es un instrumento profesional. Queda expresamente prohibido interpretar como afecto las conductas exigidas por este protocolo.
Cláusula quinta. El protocolo finaliza con el periodo de observación, el 15 de marzo de 2029, sin que de su ejecución se derive obligación, deuda ni derecho alguno para ninguna de las partes.»
Cuando terminé, él se quedó mirando el papel un rato largo. En la mesa de al lado, dos auxiliares hablaban de un turno. La máquina tragó una moneda y escupió un cortado.
Y entonces Raúl Cuesta se echó a reír. No de la risa de la cláusula cuarta, prohibida, sino de una risa baja, de estómago, de hombre al que le acaban de contar el chiste más caro del año.
—Perdóneme —dijo—. Es que tengo treinta y seis años, una rodilla de segunda mano y una hija de nueve, y acabo de firmar mi primer contrato de novia. —Se frotó la cara—. Hay que ver lo que hace uno por no jubilarse.
—Técnicamente no es un contrato de novia. Es un protocolo de convivencia pública.
—Noa. —Me miró por encima del papel, y por primera vez me llamó por mi nombre en serio, sin probarlo—.
Usted escribe «convivencia pública» donde el resto del mundo escribe «novia de mentira».
Lo cual, dicho sea de paso, confirma mi teoría de que es usted la persona más rara que ha entrado nunca en mi vida, y mire que he compartido vestuario con checos.
—¿Firma o no firma?
—Antes, preguntas. —Enderezó la espalda; la broma se le fue de la cara y quedó el hombre que negocia—. Cláusula primera: actos de patrocinio. ¿Incluye medios? ¿Entrevistas?
—Si el club los pide, sí. Los cubre la cláusula segunda: misma versión.
—Cláusula segunda: Navidad. —Tamborileó el papel—. En Navidad yo estaba con mi hija y mi exmujer, cenando como una familia de catálogo roto. Si alguien lo comprueba, salta.
—Nadie lo comprobará. La versión no da fechas concretas; «durante las vacaciones» es deliberadamente difuso.
—Lo tenía previsto; se lo expliqué con la tranquilidad de dos noches puliendo escenarios—.
Las mentiras pequeñas se caen; las difusas aguantan.
No necesitamos coartada, necesitamos ambigüedad.
—Qué siniestro —dijo, admirado—. Siga.
—Cláusula tercera: sus datos. Todos. El sueño, la carga, el dolor declarado.
Y obediencia plena al programa. —Le sostuve la mirada, porque esta era la cláusula que me importaba de verdad, la clínica, la que salvaría su rodilla aunque salvara su contrato—.
Si le digo que se salta un sprint, se lo salta.
Si le digo que un partido no se juega, no se juega.
Sin discusión, sin «es que el equipo», sin heroísmos.
Es la cláusula que usted peor va a cumplir, y lo sabe.
—La cumpliré —dijo, y mintió tan bien que casi me lo creí—. ¿Y la cuarta? —Su dedo se paró en la frase de los sentimientos—. Esta es suya, ¿verdad? La escribió para usted.
—La escribí para las dos partes. —No parpadeé; había ensayado también esto—.
Los datos mienten cuando quien los mide quiere que digan otra cosa.
Si yo empiezo a sentir algo, mis números dejan de ser de fiar.
Si usted empieza a sentir algo, empieza a ocultarme síntomas para no preocuparme.
Las dos cosas ya han pasado en la historia de la rehabilitación deportiva, con peores personas que nosotros.
La cláusula cuarta es la válvula que mantiene limpio el resto del sistema.
—Un sistema —repitió—. Escúchela usted misma. «La válvula que mantiene limpio el resto del sistema.» —Negó con la cabeza, sonriendo—. Noa, yo tengo un cuaderno donde apunto lo que me dice la rodilla cada mañana. Pensaba que era el único enfermo de la relación. Veo que no.
—¿Firma o no firma?
Se quedó callado. Miró por la ventana de la cafetería, que daba al aparcamiento, donde la luz de enero se estaba yendo a toda prisa, y cuando volvió a mirarme tenía la cara del que va a decir la única parte que le importa.
—Una condición. Una sola, y no es negociable. —Lo dijo sin agresividad, con la calma del firmante veterano—. Sábados y domingos, fuera. Esos días no soy suyo. Son de mi hija.
—¿Su hija?
—Vera. Nueve años. —Lo dijo como se dicen las coordenadas de lo único firme del mapa—.
La tengo dos fines de semana de cada cuatro y todas las tardes de los miércoles.
En esas horas no hay protocolo, no hay cámaras, no hay pareja pública, no hay nada.
Si marketing quiere una foto un sábado, la respuesta es no, y la respuesta la da usted, que para eso será mi novia y mi escudo.
—Hizo una pausa—. Y otra cosa, que va dentro de lo mismo: ella no puede saber nada de esto.
Ni la mentira ni la verdad. Es una niña. Los adultos nos rompemos solos.
Pensé en la cláusula primera, en el calendario del anexo. Todos los actos caían entre semana o tenían horario negociable. La restricción no rompía el sistema.
—Aceptado. Lo añado como anexo segundo: «La parte B dispone de exclusividad de agenda en los periodos de custodia de su hija, sin obligación de justificación.» —Tomé nota en el margen—. ¿Algo más?
—Sí. —Firmó entonces, en la última página, despacio, con su letra legible de médico a la inversa, y me tendió el bolígrafo—.
Que conste que firmo porque confío en que usted es la única persona de este edificio que me va a decir la verdad aunque duela.
Si me entero de que me ha redondeado algo, el protocolo se rompe antes que la cláusula quinta. Eso tampoco es negociable.
Firmé yo también. Noa Bermejo, parte A. En la casilla de la fecha escribí doce de enero de dos mil veintinueve, y tuve la sensación física de haber rellenado un formulario cuya casilla de salida todavía no existía.
Nos separamos en la puerta con la solemnidad de dos funcionarios que acaban de sellar un expediente: sin apretón de manos —los dos lo pensamos y los dos lo descartamos en el mismo segundo, lo cual ya era un dato—, con la cita del día veinte para el primer acto y el protocolo fotocopiado en dos carpetas idénticas.
En el metro, camino de casa, releí mi copia entera con atención de correctora.
No encontré ninguno. Esa era la prueba definitiva de que había cometido uno enorme: los documentos sin errores son los que guardan el error en la arquitectura, y yo, que había pasado la semana revisando cláusulas, había olvidado revisar la única variable que nunca está en el papel. La persona que firma.
El fin de semana empezó el experimento sin sujeto, porque el sujeto era intocable hasta el lunes, según el anexo segundo.
El sábado hice lo que hago los sábados: compra, lavadora, dos horas de estadística con los datos de la semana.
Monté la estructura de la evaluación en una hoja de cálculo nueva: veintiocho variables, ocho semanas, una fila por sesión.
En la pestaña de observaciones escribí la primera línea del diario del protocolo: «Día 1.
Firmado. Sujeto colaborador. Anexo de custodia aceptado sin coste para el sistema. »