Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo octavo — Fuera de juego #2
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Capítulo octavo — Fuera de juego #2

—Un poco más —dijo Iker, detrás del objetivo, en su mundo—. Se me están quedando fríos. Por favor. Es San Valentín.

Y entonces pasó. No sé quién se movió. Lo he reconstruido cien veces y no sé quién se movió: si ella dejó de contar, si yo dejé de obedecer, si la distancia se acabó sola como se acaban los periodos.

Solo sé que la distancia se acabó, y que la besé, o me besó, y que fue un beso de tres segundos que no estaba en ningún storyboard, que no era de sesión, que no era de campaña, y que Iker —hay que darle el mérito— siguió disparando exactamente dos fotos antes de entender que aquello ya no era suyo y bajar la cámara.

Tres segundos. En el tercero, al final del pasillo, sonó un chirrido de zapatillas de deporte frenando en seco.

Nos separamos tan rápido que se me golpeó el hombro contra la pared. Al final del pasillo, recortada contra la luz de la entrada, con la mochila colgando de un tirante y la bufanda de dinosaurios mal puesta, estaba Vera.

Mi hija. En la Pista Norte. Un miércoles.

Los miércoles son el día de la cena. Los miércoles Cris me la trae a las siete, y ese miércoles, con la sesión, yo había quedado con Cris en que me la entregaran en el pabellón en vez de en mi portal, porque terminaba a las siete y no llegaba a casa.

Lo había organizado todo tan bien. Le había dicho al conserje que la dejara pasar, que estaríamos «haciendo unas fotos».

Mi hija había llegado diez minutos antes, había visto las luces en el pasillo, había caminado hacia las luces igual que caminan los niños hacia el mar.

Y había visto a su padre besando a una mujer que no era su madre, contra la pared del vestuario, con tres focos y un fotógrafo.

—Vera —dije.

No lloró. Eso es lo que tengo que contar primero, porque es lo que más me costó entender: no lloró, no gritó, no salió corriendo.

Se quedó quieta, con la mochila al hombro, mirándonos con una atención perfecta y terrible, la atención de los nueve años, que es la edad en la que uno entiende todo y no perdona nada todavía.

Miró a Noa. Me miró a mí. Miró los focos.

—Papá —dijo al final, con una voz pequeña y clarísima—. ¿Ya has terminado de trabajar?

No: «¿qué haces?». No: «¿quién es ella?».

Ya has terminado de trabajar. Mi hija había decidido, en tres segundos, archivar lo que había visto en la única casilla que le permitía seguir andando: la de que su padre estaba trabajando.

Yo la vi hacerlo, vi el esfuerzo entero, y se me rompió algo que no me había roto ni en Gijón.

—Sí, enana. Ya he terminado. —Crucé el pasillo, la cogí la mochila del hombro con la naturalidad de los supervivientes—. Vamos a por la cena, que hoy es miércoles y el miércoles manda.

Detrás de mí oí a Prats decir «cinco minutos y montamos el último plano» y a Noa contestar «la sesión ha terminado» con la voz de las casillas cerradas. No me giré.

Camino del bar, Vera caminaba a mi lado con la mochila recolocada —me la había devuelto a los veinte metros, «pesa», y eso me pareció el mejor síntoma de la noche— y me contó que en el cole habían hecho un experimento con hielo y sal, y que el hielo con sal se derretía antes, «y eso es malo para ti, papá, tú no eches sal».

Dijo todo aquello con la normalidad estudiada de los niños que han decidido no hablar de lo otro, y yo seguí el juego, y le expliqué lo de la sal y las pistas, y por el camino me di cuenta de que estaba poniéndome a prueba: cada frase mía normal era un punto a favor, cada silencio largo era un punto en contra. Los niños no castigan. Auditan.

Cenamos en el bar de siempre, el de la esquina de la pista, el de las tortillas.

Vera pidió patatas fritas, que era lo que pedía cuando el mundo le quedaba grande: comida de manos, comida que no obliga a mirar a nadie.

Comió despacio, mirando el plato, y yo comí mi tortilla mirándola comer, y el bar hacía sus ruidos de miércoles, y yo pensaba en todas las frases posibles y las descartaba todas, porque a los nueve años cualquier frase de adulto es un submarino: suena a lo que esconde.

—¿Esa señora es tu novia? —dijo al fin, sin levantar la vista de las patatas.

—Es complicado, Vera.

—Eso dice mamá cuando no quiere contarme algo. —Pinchó una patata—. Mamá dice que «es complicado» quiere decir que sí pero que no quieren que yo lo sepa todavía.

Cris. Cris y su honestidad de profesora, criando a una niña a la que no se le podía mentir ni con protocolo.

—Se llama Noa —dije, porque era lo único cierto que podía darle—. Es la que me lleva la rodilla. La que me pone las pegatinas.

—Ya. —Silencio largo, de patatas—. Las pegatinas.

—Las pegatinas.

Y entonces mi hija levantó la vista del plato por primera vez en toda la cena, y me miró con sus ojos de nueve años, que son mis ojos, los mismos, y me hizo la pregunta que desmontó en ocho palabras todo lo que yo creía haber escondido:

—¿Ella sabe que tu rodilla suena cuando subes escaleras?

No «¿la quieres?». No «¿va a venir a casa?

». La rodilla. Mi hija sabía que mi rodilla sonaba al subir escaleras —yo nunca se lo había dicho; lo había oído ella, con sus oídos de hija, en los portales y las cocinas—, y lo que me estaba preguntando, con toda la seriedad de su catálogo de preguntas importantes, era si esa mujer, la de las pegatinas, la que me besaba contra la pared, estaba al tanto de la verdad completa.

Si conocía el cuerpo entero que su padre traía a la relación. Si la información era simétrica.

—Lo sabe —dije—. Me la mide todas las semanas. La conoce mejor que yo.

Vera pensó esto con la gravedad de un comité.

—Entonces vale —dijo, y volvió a las patatas, y la cena siguió, y ella me contó lo de la voltereta y lo de Marcos y lo de la seño, y todo volvió a ser un miércoles, salvo que yo tenía la certeza documental de que mi hija me había aprobado un presupuesto sin saber que lo estaba haciendo, y de que yo no se lo merecía.

A los postres —flan para ella, café para mí, la liturgia intacta— hubo una última pregunta, lanzada al flan con aparente descuido:

—¿Le gustan los partidos?

—¿A quién?

—A la de las pegatinas.

—Viene a medirme —dije—. Lo de quedarse a verlos es más nuevo.

—A verlos contigo —precisó Vera, con la precisión insoportable de los filólogos de nueve años.

—Eso —admití—. Le gustan los partidos a verlos conmigo.

—Pues ya son dos cosas —dijo, y no explicó la clasificación, y terminó el flan con la cucharilla de los asuntos zanjados.

La dejé en el coche de Cris a las nueve y media.

Cris me miró por encima del techo del coche, con los ojos de la pregunta que no se hace delante de la niña, y yo asentí con la cabeza, «luego hablamos», y el coche gris dobló la esquina con mi hija en el asiento de atrás fingiendo no mirar por la ventanilla.