Último periodo (Los del hielo 3) Capítulo segundo — El abuelo #2
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Capítulo segundo — El abuelo #2

—Fotos, eventos, sonrisas. Lo de siempre, pero esta vez con nota.

—Balaguer me miró por primera vez sin mirar la carpeta, y en su cara de columnas apareció algo casi humano—.

Raúl, yo firmé lo de Tata en septiembre.

No me tembló la mano, pero se me quedó temblando un mes.

No quiero firmar lo tuyo. Ayúdame a no firmarlo.

—Una cosa más —dijo JR—. Marketing ha estado preguntando por ti desde diciembre.

La clínica quiere historias con nombre y apellidos para la campaña, y un veterano que vuelve de la tercera operación es, para ellos, materia prima.

No sé todavía qué forma va a tomar eso, pero va a tomar alguna.

Cuando llegue, no la esquives. Sé que no es tu pista favorita.

—Nunca he esquivado un entrenamiento —dije.

—Esto no es un entrenamiento. Es peor: es gente con cámaras. —Le tembló la comisura, que en JR es el equivalente a una carcajada—. Aguanta, abuelo.

Era la primera vez que JR me llamaba así, y lo dijo sin lástima, en tono de pase en profundidad. Lo recibí como tal.

JR me acompañó a la puerta, y antes de que saliera me dijo, bajito, la frase completa:

—El hielo no perdona, pero la gente sí. Acuérdate de las dos partes, hijo. La gente suele acordarse solo de la primera.

Aquella noche era miércoles, y los miércoles son el día de la cena.

Está escrito en un papel con membrete de abogado, en una cláusula que yo mismo pedí: cada miércoles, Cris me trae a Vera a las siete y la recoge a las nueve y media, llueva, nieve o jueguen los de mi vida.

Los papeles de los abogados suenan fríos, pero ese papel es el que me garantiza que mi hija y yo no nos convertimos en dos personas que se saludan por videollamada.

Cenamos en el bar de Loli, dos calles abajo de mi portal, el de siempre.

Vera pidió lo de siempre —tortilla con cebolla, que en su clasificación personal está «en el puesto uno de las tortillas, empatada con la de la abuela», y eso es un título que la abuela defiende con uñas— y me contó el día como lo cuenta siempre: por categorías.

Lo mejor: que en gimnasia había conseguido la voltereta hacia atrás con ayuda.

Lo peor: que Marcos le había escondido el estuche.

Lo raro: que la seño tenía una voz nueva, «como de muñeca vieja», y resultó que era afonía, no un muñeco, y que a ella le había dado un poco de pena decepcionarse.

Yo la escucho con toda la cara. Aprendí hace años que con los niños no hace falta decir cosas inteligentes; hace falta estar, que es el verbo más difícil de conjugar cuando tu trabajo te lleva en autobús por media España y tu cuerpo te cobra peaje en cada escalera.

Los dos últimos años, los de la rehabilitación larga, fui el padre más presente de mi calle: la llevaba al cole, la recogía, hacíamos deberes en la mesa de la cocina con mi pierna estirada sobre una silla.

No se lo digo a nadie, pero hubo tardes en que la rodilla y yo llegamos a un acuerdo: ella me daba una tarde tranquila y yo no le pedía la mañana siguiente.

Vera no lo sabe. Vera cree que papá estuvo en casa una temporada porque los papás hacen esas cosas.

—Papá —dijo, con media tortilla en la boca—. ¿Este sábado hay partido en casa?

—En casa, sí.

—¿Y juegas?

—Si el míster me pone, juego.

Frunció el ceño con una concentración de nueve años que le arruga la nariz entera.

—Es que en el grupo de las mamás del cole una dijo que igual ya no juegas más.

—En el grupo de las mamás del cole se dicen muchas cosas, Vera.

—¿Pero es verdad?

Ahí estaba. Los niños no preguntan por el dolor ni por la renovación ni por la prima del seguro; preguntan por la única columna que les importa. Le limpié una miguita de la comisura con el pulgar y elegí la verdad de tamaño infantil, que es la única talla de verdad que les queda bien.

—Todavía juego, enana. Estoy viejo para esto, eso es verdad, y hay señores con calculadoras que lo están estudiando. Pero mientras me dejen, yo juego. Y cuando no me dejen, te lo diré yo el primero. Trato hecho.

—Trato hecho —dijo, y chocamos los puños por encima de la tortilla, que es nuestro notario.

Cris llegó a las nueve y media en punto, porque Cris llega en punto a todo menos a las despedidas, y se llevó a Vera envuelta en su bufanda de dinosaurios.

Nos deseamos buenas noches con la cortesía entrenada de dos personas que un día se quisieron mucho y decidieron dejar de hacerlo antes de hacerse daño de verdad.

Cuando el coche dobló la esquina me quedé un momento en la acera, con el frío subiéndome por la rodilla, y pensé en la columna de Balaguer y en qué celda de esa columna cabía una niña con bufanda de dinosaurios.

En ninguna. Las cosas que más pesan nunca caben en las columnas. Eso también lo aprendí del hielo.

El jueves tenía rehabilitación en Santa Brígida a las diez.

Mi rehabilitadora nueva —la de la carpeta con la raya amarilla, la que no redondea— me midió en silencio durante cuarenta minutos: cinta métrica en los tres puntos morados que yo mismo me marco, goniómetro, dinamómetro de mano para las compensaciones, preguntas con casillas.

Contesté las casillas con la verdad, que es una costumbre nueva; con la segunda reconstrucción aprendí que mentirle a un fisioterapeuta es como mentirle al hielo: no se entera hoy, pero se entera.

—Puedo subir luego a la cuarta —le dije mientras recogía los aparatos—. El fichaje está ingresado. El del hombro.

—Lo sé. Ferrer. —Miró su pantalla—. Marta duerme allí, dicen.

—Dicen bien.

No añadió nada, y me gustó que no añadiera nada. Los pasillos de las clínicas son mercados de cotilleos y ella no compraba.

Subí a la cuarta planta a las once menos cuarto con dos cafés de la máquina de la cafetería, uno en cada mano, equilibrándolos con la destreza de media vida llevando cosas con las dos manos en pasillos estrechos.

La cuarta planta es hospitalización, y tiene ese silencio espeso de los sitios donde la gente duerme a horas raras.

En el ascensor me crucé con dos periodistas a los que un vigilante bajaba con educación y firmeza; uno llevaba un ramo de flores con cara de haber entendido que el ramo no iba a subir.

Pol estaba en la habitación del fondo, la de las vistas al aparcamiento, incorporado en la cama con el brazo derecho en cabestrillo y cara de haber perdido una pelea con el techo.

Marta estaba sentada en el sillón, con el portátil sobre las rodillas y el moño de hacía dos días, y cuando entré hizo con la cabeza el gesto de las muchas horas en una habitación: medio saludo, medio «gracias por venir, sálvame».

—Mira quién ha subido —dijo Pol. Tenía la voz pastosa de la anestesia que se acaba de ir, pero los ojos eran los de siempre, los de la partida—. El abuelo. Con café. Traigan un altar.

—Dos cafés —dije, dejando uno en su mesilla y dándole el otro a Marta—. Uno es para ella. Tú tienes el tuyo.

—¿Ves? —Pol miró a Marta—. Esto es un hombre de verdad. No como ciertas personas que me operan y luego me racionan la cafeína.

—Cierta persona te salvó el hombro —dijo Marta, sin levantar la vista del portátil—. Y la cafeína interfiere con la medicación. Si quieres te lo explico con el folleto.

—No me hables con folletos, mujer, que estoy débil.

Se querían de una manera que se veía desde la puerta, y que ninguno de los dos iba a decir en voz alta delante de un testigo, así que hice lo que se hace en esos casos: hablar de tonterías para rellenar la habitación.

Les conté lo de la caldera, lo del entrenamiento, que los chavales habían ganado el sábado.

Pol escuchaba y de vez en cuando hacía una apuesta en voz alta sobre cuántas semanas tardaría él en volver, y Marta le corregía el número a la baja con precisión de farmacia, y él protestaba, y ella subía medio grado la voz, y era la conversación más viva que había oído en semanas.

A la media hora, Pol se quedó callado mirando su cabestrillo. El silencio en él era un idioma raro; tardé un momento en entender que estaba diciendo algo.

—Es raro, ¿no? —dijo al fin—. Llevo toda la vida apostando con el cuerpo y siempre ganaba. Y de repente el crupier te mira y te dice que esta mano la juegas con una carta menos.